Mi destino lleva tu nombre

—¿Nina? ¿Te encuentras bien? —preguntó Nati, haciendo señas—. ¡Te hablo desde hace un rato!

—Disculpa, creo que me perdí en mis pensamientos. —Me levanté de improviso, ocultando una serie de papeles dispersos sobre mi cama—. Pensaba en una novela que debía terminar. ¿Qué me decías?

—¡Ay, hermana! —exclamó divertida—. Con Gastón iremos al centro de la ciudad, ¿necesitas algo?

—No, gracias —respondí pensativa—. No demoren mucho, que la comida estará pronto.

Nati me observó con sorpresa.

—Tenemos todo resuelto con Gastón —Su voz era pausada—. Llegamos pronto. Otra cosa, ¡despierta!, porque desde que llegaste, andas arriba de la luna.

Solo atiné a sonreír y a asentir.

Como siempre, mi hermana respetaba mis silencios y mis miradas. Nunca preguntaba, menos cuestionaba, de no ser necesario. Teníamos un lenguaje propio. Ella sabía cuándo entrar y cuándo debía mantenerse al margen, y aunque la confianza era única entre nosotras, sentía que todo lo que estaba viviendo, era algo que necesitaba conservarlo solo para mí.

Me dediqué a organizar mi maleta. Aquella que sería mi compañera durante un poco más de un mes. Viajaría hacia mi paraíso, hacia ese lugar que me ayudaría a despejar, como a la vez confirmar qué tan importante estaba siendo Andy para mi vida.

Hacía una semana que no nos habíamos visto. Una que me había entregado esa carta, esa que tenía guardada como una especie de clave secreta. La que me había pedido que la leyera solo cuando estuviera a bordo, en la comodidad de mi asiento, como una bienvenida y despedida, lo que me era difícil de comprender hasta ese momento.

¿Era posible imaginar la ansiedad que me carcomía los días previos a mi viaje? Sentía que los dedos se me iban directo hacia el interior de ese sobre. Era como si me estuviera sacando la lengua y probando hasta dónde yo sería capaz de aguantar.

Esa dura semana, al menos sin contar de su compañía y que, si bien era cierto, era solo una amistad, me perdí entre la playa, el campo, salidas al cine y el abrir y cerrar de supuestas lecturas y escritos que quedaron inconclusos, de manera que en cada hoja aparecía su rostro. La inquietud me impulsaba a la tentación de buscar en mi cartera esa mini cajetilla de cigarrillos mentolados que me relajaban haciendo malabares con el humo.

Y así lo hice, pero fue peor; era recordar el movimiento de sus labios, cuando estos hacían ondas simulando a un Gandalf en pequeña dimensión. Era rememorar cómo aspiraba, sigilosa y complacida, cada fumarada como si intentara edificar una estatua.

Y, aun así, mi mente no se lograba desconectar, ni siquiera con la ansiedad propia del viaje, cuando antes contaba los días, dejando el calendario lleno de pequeñas anotaciones en rojo, descartando números, además que Andy me alentaba a que plasmara cada recuerdo y vivencia en esta aventura, por más que a la vez sus ojos solo me dijeran: «no quiero que te vayas».

Tenía que animarme. Necesitaba dejar atrás ciertas situaciones que no eran de pesar, sino de desprenderme de emociones fuertes que ya estaban superadas, igualmente necesitaba sacudirme como un perro y botar todo lo que alguna vez se había vuelto demasiado intenso, aunque no de placer.

Y unas merecidas vacaciones. No solo de mi trabajo que, más que eso, era un divertimento, ya que lo disfrutaba y me brindaba grandes satisfacciones, pero que también tenía sus consecuencias, pues el estrés típico, ciertos dolores a la espalda por pasar largas horas frente al computador me tenían algo compungida. Asimismo, me daba autoridad para olvidarme un poco de la cotidianeidad del laburo y hasta incluso de la escritura, mas no así de quien se me estaba calando con tanta firmeza en el corazón.

☘☘☘☘☘☘

Cada vez que viajaba no existía tiempo perdido, pues entre las invitaciones de mis padres a comer, a viajar y a pequeñas, sin embargo, maravillosas localidades dentro de la región, estaban las parrilladas y las visitas de mis amistades, que apenas se enteraron de mi ida,  ya estaban organizando festejos y una que otra expedición a las catedrales de mármol que habíamos planeado junto a uno de mis mejores amigos: Lucas.

Para ese entonces, Lucas tenía veintinueve. Era mi único amigo en el sur y con el cual podía hablar desde farándula hasta el último invento realizado por la ciencia. Lo había querido desde que lo vi cruzar la puerta de la biblioteca de la ciudad. 

Al parecer, fue atracción textual a primera vista, ya que yo estaba intentando leer un libro de Irving Wallace, pero me quedé mirándole como si hubiera visto al mismo protagonista de la novela, lo que Lucas al darse cuenta se acercó y comentó: Deberían hacer una película de ese libro.

La primera semana, al saber que ya tenía mi pasaje, lo había llamado y confirmado. Sin pensar todo lo que pasaría después. Pero era mejor, pues creí que él sería el más apropiado para aconsejarme, pues entre las  mujeres solíamos ser más pasionales, y al menos Lucas, siendo chico, siempre era más objetivo como práctico, y precisamente era eso lo que yo necesitaba.

Y dentro de mis recuerdos de lo vivido, y de lo que me había callado, intentando de equilibrar mis emociones, mi celular comenzó a sonar, logrando sacarme de mi turbación.

Era Andy, de manera que me hizo nuevamente tambalear.

—¿Aló?

—¿Nina?

—¡Andy! —contesté con sorpresa—. ¿Cómo estás?

—Hola, corazón. Bien, ¿y tú?

«Cuando me decía corazón me salía una risa tonta».

—Bien, bien — reí, payasa—, aquí, tratando de ordenar un poco.

—Hace un buen rato que trataba de llamarte, pero me daba ocupado.

—Ya sabes que este aparato funciona cada vez peor —comenté con cierta vergüenza—. Pero, lo importante es que ya estamos hablando.

—Espero no interrumpirte...

—¡No! —recalqué con firmeza—. Al contrario, necesitaba despejarme.

—Ah, ¡qué, bueno! —respondió con parsimonia—. Queda poquito para tu viaje.

—Mañana... —declaré con un dejo de tristeza—. Temprano.

—¿Y por qué tan desanimada? —consultó con preocupación.

«¿Le iba a decir que era porque ya la estaba echando de menos?»

—No, solo es un poco de cansancio...

—Vas a estar con tus padres —aseveró con ternura—. Y tus amigos van a estar contentos.

—Sí, sí, estoy feliz —aclaré—, solo con la ansiedad propia, ya sabes.

—Entiendo —suspiró—, no has abierto la carta, ¿verdad?

«Si hubiese sabido que había estado a un pelo de hacerlo».

—No, Andy, claro que no —repliqué firme—. Lo haré cuando tenga que ser.

—Muy bien, tesoro.

Mi corazón latía mil por hora.

—Confía en mí... ¿Ya?

—Eso está de más... —refutó—. Confío en ti, Nina.

—También yo, Andy...

—Ya, mi niña, te llamaba para despedirme y desearte un buen viaje. Que llegues sin novedad.

«Sentí una presión en el pecho».

—Gracias, en serio —agregué algo nerviosa—. Te aviso cuando llegue, ¿sí?

—¡Linda! —exclamó contenta—. ¡Gracias! Pero solo si puedes.

—Lo haré. Es una promesa.

—Cuídate mucho, corazón, y ¡disfruta!

—También te cuidas, ¿ok?

—Claro que sí —afirmó—. Te quiero, muchachita.

—También te quiero.

—Hasta pronto...

—Chau, Andy...

No pude contener las lágrimas, pues no sabía en exactitud qué me ocurría con ella. Le tenía un cariño inmenso, y era verdadero, y más aún, me tenía en una encrucijada, ya que a pesar de ser alguien que compartía lo normal y se me daba la charla de manera fácil, era muy diferente desarrollar un afecto, así de rápido por alguien, pero con ella era todo distinto. De hecho, todo era más sencillo. Y no estaba bien que mi ánimo decayera, cuando había soñado con este viaje desde hacía tanto, pues cuadrando trabajos como trabajando en otros, hubiera estado saltando en una pata de felicidad y, por sobre todo: era fin de año y yo necesitaba que este terminara lo más rápido posible porque sentía que era volver a nacer y cambiar de piel ante todo lo malo, lo no tan bueno, y por fin sentirme renovada y sin nada que quedara pendiente como me lo había impuesto de meta; comenzar todo de nuevo.

Y me tuve que seguir aguantando el sentimiento, ya que mi hermana y su novio llegarían más temprano de lo que suponía.

—¡Llegamos! —gritaron al unísono—. Nina, anda a lavarte las manos, que trajimos pizza.

Me sequé las lágrimas rápidas y me fui a lavar las manos, pero me encontré en la entrada del baño con mi hermana.

—¿Estás bien, hermana?

—Sí, súper, ¡con hambre!

—Ah... —dijo desconfiada—. ¿Estuviste llorando?

—Algo, es que estaba leyendo una novela media tristona —contesté a la ligera—. Pero todo bien.

—No tiene que ver Pali, ¿cierto?

—No, para nada.

—Es que igual se me hace raro que ustedes ya no estén juntos...

—Nati... —La miré con tranquilidad—. Eso ya es pasado...

—Ya... —contestó sin ganas—. Mira, cualquier cosa me dices. Somos hermanas, y si tengo que hablar con él...

—No —respondí tajante—. Con Pali todo está bien. Cada uno por su lado y tan amigos como siempre.

—Sí, sí, sé —Me abrazó—. Solo quiero que estés bien y, ¡oye! ¡Hagamos alguna cosita poca! ¡Que mañana viajas!

—¡Eso! —afirmé con una sonrisa— . Algo rico para comer y una película de terror.

—¡Ya! ¡Una peli de terror! —gritó, desde el comedor Gastón.

—¡Ya vamos, Gas! —contestó Nati—. Ya, vamos a comer, y una sonrisita, ¿de acuerdo?

Asentí besándola en la mejilla.

Mi congoja era sentir que el mundo que me conocía, me viera como una víctima de las circunstancias y del amor, cuando no era así. Creían que todavía tenía sentimientos hacia Pali, o que no había superado la ruptura, cuando no era ni lo uno ni lo otro, aparte, ¿por qué tenía que dar mayores explicaciones?

Lo importante es que tanto Pali y yo teníamos las cosas claras, por más historia hubiéramos tenido.

El completo es una variación chilena del perrito caliente. Consiste en un pan alargado con una salchicha en el medio, acompañada de distintos ingredientes (tomate, palta, pebre, kétchup, mostaza, mayonesa, etc.)

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