Mi Cuñada, Mi Infierno

Alejandra se levantó lentamente, una sonrisa amarga dibujándose en sus labios. Le quitó la foto de la mano y la sostuvo para que la viera con claridad.

—Eres arquitecto, Carlos. Eres bueno con los planos y los diseños. ¿Qué te parece esto?

Sus ojos se abrieron de par en par cuando finalmente procesó la imagen. Vio la pequeña forma enroscada. El parpadeo de una vida. Miró de la foto a ella, su boca abriéndose y cerrándose, pero no salían palabras. Parecía completamente perdido.

Ella no esperó su respuesta. Pasó a su lado hacia la sala y se sentó en el sofá, de espaldas a él. El cuero frío se sentía como un ancla.

Él la siguió, sus pasos vacilantes. Podía sentir un muro entre ellos, grueso y frío. Lo aterrorizaba.

—Alex —dijo, su voz apenas un susurro. Se arrodilló junto al sofá, tratando de encontrar su mirada—. Lo siento. Lo siento muchísimo. Por favor, no te pongas así. Háblame.

Alcanzó su mano, su toque una súplica desesperada.

Justo en ese momento, la puerta principal se abrió.

Camila entró, envuelta en uno de los caros abrigos de cachemira de Carlos. Sonreía, con las mejillas sonrojadas.

—Carlos, cariño, olvidé mi bolso —canturreó. Se detuvo al verlos, sus ojos captando la escena. Su sonrisa se desvaneció en una mirada de preocupación—. Oh. ¿Interrumpo algo?

Su pregunta fue una actuación perfecta de inocencia.

Carlos parecía atrapado, dividido entre la mujer que amaba y la mujer a la que estaba atado por la culpa.

Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas. —Lo siento mucho. Sé que soy una carga. Es solo que… si mi esposo todavía estuviera aquí… —Dejó la frase en el aire, una magistral pieza de chantaje emocional.

El rostro de Carlos se arrugó de dolor. Miró a Alejandra, su expresión una mezcla de disculpa e impotencia.

—Alex —comenzó, su voz tensa—. ¿Puedes… esperarme aquí? La llevaré a casa y volveré enseguida.

Alejandra lo miró, su rostro una máscara en blanco. —Está bien —dijo. Su voz era tranquila, tan tranquila que era escalofriante.

Su calma lo desconcertó más que cualquier griterío. Dudó, sintiendo una profunda sensación de pavor.

—Volveré en una hora. Lo prometo —dijo, como si eso pudiera arreglar algo.

—Está bien —repitió ella. Giró la cabeza y se cubrió con una manta, ocultando su rostro de él.

Él se fue. Oyó sus pasos, luego los de Camila, alejándose. La puerta principal se cerró con un clic. La casa quedó en silencio.

En el momento en que el silencio se instaló, la calma se hizo añicos. Una ola de agonía, aguda y feroz, le desgarró el abdomen. El dolor de su caída, del aborto, regresó con toda su fuerza.

Jadeó, acurrucándose en el sofá. Intentó pedir ayuda, pero tenía la garganta apretada. El único nombre que llegó a sus labios fue un susurro roto.

—Carlos.

Afuera, oyó la risa ligera y feliz de Camila mientras subían al auto. El sonido fue un giro final y cruel.

Recordó una vez que Carlos la había cuidado así. Cuando tuvo un simple resfriado, él se quedó despierto toda la noche, abrazándola, preparándole té. Ese hombre se había ido. Su amor, su cuidado, todo pertenecía a otra persona ahora. Pertenecía a su esposa. Su verdadera esposa.

La revelación fue el golpe final. El dolor, tanto físico como emocional, era demasiado. Su cuerpo cedió y se hundió en la inconsciencia.

Soñó que flotaba en un espacio oscuro y frío.

Cuando despertó, Carlos estaba sentado junto a su cama, su rostro grabado con preocupación. Él la había llevado hasta allí.

—Alex, estás despierta —dijo, el alivio inundando su voz—. Me asustaste. Debes haber cogido un resfriado. Te siento un poco caliente.

Casi se rió. Un resfriado. Él pensaba que tenía un resfriado.

—Tendrás un gran futuro con ella —dijo Alejandra, su voz plana—. Es muy buena cuidando a la gente.

Él no captó el sarcasmo. Sonrió, aliviado de que le hablara. —Lo es. Es una buena persona. —Le apretó la mano—. Pero es contigo con quien quiero construir un futuro. Deberíamos empezar a intentar tener un bebé pronto. Un niño o una niña para llenar esta casa tan grande.

Su cuerpo se puso rígido. El aire en sus pulmones se convirtió en ácido. Un bebé. Quería un bebé con ella, después de que acababa de matar al suyo.

—Estoy cansada —dijo, apartando la mano—. Quiero descansar.

Él pareció herido, pero asintió. —Está bien. Te dejaré dormir. —Se inclinó y le besó la frente. El contacto de sus labios en su piel se sintió como una marca de hierro candente. Luego se fue, cerrando la puerta suavemente detrás de él.

Ella no durmió. Se quedó allí, mirando al techo, repasando cada mentira, cada traición. Pensó en su hijo perdido, un fantasma que llevaría para siempre.

Más tarde, incapaz de soportar el encierro de la habitación, se levantó y salió al aire frío de la noche en el patio trasero. Necesitaba respirar.

Encontró a Camila junto a la alberca, una silueta a la luz de la luna.

Alejandra se dio la vuelta para volver a entrar, pero la voz de Camila la detuvo.

—Espera.

Camila caminó hacia ella, sus pasos sorprendentemente rápidos para una mujer muy embarazada. —Alejandra. Tenemos que hablar.

—No tenemos nada de qué hablar —dijo Alejandra, su voz fría.

—Oh, pero sí lo tenemos —dijo Camila, su voz bajando a un susurro conspirador—. Carlos te ama. Lo sé. Pero tiene un deber conmigo y con este bebé. El bebé de su hermano.

Sus ojos brillaron en la oscuridad. —No te estoy pidiendo que te vayas. Solo te pido que aceptes tu lugar. Sé su amante. Yo seré su esposa. Todas podemos conseguir lo que queremos.

La mente de Alejandra dio un vuelco. La audacia. La pura crueldad sociopática. Pensó en su propio bebé, el que nunca nacería. Pensó en este bebé, el que Camila usaba como escudo y como espada.

Una extraña sensación de paz se apoderó de ella. Era la paz de una decisión final.

—Tienes razón —dijo Alejandra, su voz uniforme—. El bebé es lo más importante.

Camila la miró, un destello de sospecha en sus ojos. No confiaba en este acuerdo tan fácil.

—Me alegro de que lo veas así —dijo Camila lentamente.

Para sellar su victoria, para demostrar su poder, Camila dio un paso más cerca. Agarró el brazo de Alejandra, su agarre sorprendentemente fuerte.

—Entonces entenderás por qué no puedo permitir que sigas molestando a Carlos.

Y entonces, en un movimiento tan rápido y calculado que fue aterrador, Camila dejó su cuerpo flácido, desequilibrando a Alejandra. Tropezó hacia adelante, su otra mano agitándose, y soltó un grito agudo mientras caía de espaldas a la alberca.

—¡Ayuda! ¡Carlos, ayúdame! ¡Me empujó!

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