El olor a cera de vela y a flores recién cortadas llenaba nuestra pequeña casa, un aroma que yo misma había creado para celebrar nuestro décimo aniversario, pero Ricardo aún no llegaba. Miré el reloj de la pared, sus manecillas se movían con una lentitud tortuosa, marcando las diez de la noche, dos horas después de lo que habíamos acordado. El estofado que había preparado con tanto esmero se enfriaba en la estufa, igual que la ilusión en mi pecho. Diez años, una década de mi vida entregada a él, a su carrera como mariachi, a sus sueños que hice míos.
Cuando la puerta finalmente se abrió, no fue el hombre que yo esperaba el que entró, su traje de charro estaba impecable como siempre, pero su aliento olía a tequila y su ropa, a un perfume de mujer que no era el mío, un perfume dulce y barato que se aferraba a él como una segunda piel. Mi corazón se detuvo.
"Perdóname, mi amor, se me complicó la presentación", dijo, su voz un poco arrastrada por el alcohol y la culpa.
No respondí, solo me quedé mirándolo, analizando cada detalle, cada mentira no dicha que flotaba entre nosotros.
"¿Qué pasa, Sofía? ¿Por qué me miras así?"
"Hueles a ella, Ricardo."
Su rostro palideció, la sonrisa ensayada se desvaneció, "¿De qué hablas?"
"Hueles a Ximena."
Ximena, su "hermana del alma", la mujer que había llegado a nuestro pueblo hacía un año y que, desde entonces, se había vuelto la sombra de mi esposo.
Ricardo bajó la mirada, incapaz de sostenerme los ojos, se pasó una mano por el cabello, un gesto nervioso que yo conocía demasiado bien.
"Sofía, yo… fue un accidente."
Un accidente. La palabra resonó en el silencio de la cocina, fría y cortante.
"No sé cómo pasó", continuó él, su voz era un murmullo de autocompasión, "Bebimos de más después de la serenata, ella estaba triste, se sentía sola, y simplemente… sucedió."
Me apoyé en la mesa, sentía que las piernas no me sostenían, el banquete de aniversario sobre el mantel blanco de pronto me pareció una burla cruel.
"¿Sucedió?", repetí, mi voz temblaba de una ira que no sabía que poseía, "¿Así de simple?"
"Ella se siente terrible, Sofía, dice que perdió lo más valioso que tenía, su pureza, que ningún hombre la querrá ahora."
La imagen de Ximena, con sus ojos de venado asustado y su perpetua pose de víctima, apareció en mi mente. Siempre había sabido que era una manipuladora, pero nunca imaginé que Ricardo caería tan bajo.
"¿Su pureza?", solté una risa sin alegría, "¿Y qué hay de mí, Ricardo? ¿Qué hay de nuestros diez años de matrimonio? ¿Eso no vale nada?"
Él levantó la vista, y en sus ojos no vi arrepentimiento, sino una determinación que me heló la sangre.
"Tengo que responder por ella, Sofía."
"¿Responder?"
"No puedo dejarla así, desamparada, la comunidad me juzgaría, a ella la destruirían, es mi responsabilidad ahora."
Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies, cada palabra suya era un clavo más en el ataúd de nuestro matrimonio. Él no estaba eligiendo entre un error y su esposa, estaba eligiendo entre la reputación de Ximena y yo. Y yo estaba perdiendo.
"Quiero el divorcio, Ricardo."
La frase salió de mis labios antes de que pudiera pensarla, un acto reflejo de autopreservación.
"No digas tonterías", respondió él, frunciendo el ceño, como si yo fuera una niña haciendo un berrinche, "No vamos a tirar diez años a la basura por un error, esto se puede arreglar."
"No hay nada que arreglar", dije, mi voz ahora firme, "Se acabó."
Él negó con la cabeza, terco, "No te voy a dar el divorcio, Sofía, eres mi esposa."
En ese instante, mi celular vibró sobre la mesa, una luz solitaria en la creciente oscuridad de mi vida. Lo tomé con mano temblorosa. Era un mensaje de un número que no tenía guardado, pero cuyo nombre reconocí al instante.
Miguel Ángel.
Hacía años que no sabía nada de él, mi exnovio, el charro noble que había amado antes de que Ricardo apareciera en mi vida. El mensaje era simple, solo dos palabras.
"¿Estás bien?"





