Mi Corazón Renacido en los Olivares

El coche se alejó por el camino de tierra, levantando una nube de polvo que engulló la imagen de la casa.

Mi casa. O lo que yo creía que era mi casa.

En mi vida anterior, Catalina me había dicho con una sonrisa venenosa: "Isabela, el cortijo de Don Alejandro es un lugar sin retorno. Los que entran nunca vuelven a salir".

Ahora entendía que no era una advertencia, sino una promesa.

Recuerdo la última confrontación que tuvimos antes de mi partida en esa vida.

Yo estaba desesperada, suplicándole a Javier que no me enviara. Catalina, actuando como la anfitriona, me ofreció un vaso de gazpacho.

"Bebe algo, querida. Te calmará los nervios".

Cuando me negué, su máscara de amabilidad se desvaneció.

Me arrojó el gazpacho helado a la cabeza. El líquido rojo y espeso goteó por mi pelo y mi cara.

Luego, se arrojó por las escaleras, gritando mi nombre, acusándome de haberla empujado.

Javier, sin siquiera mirarme, la creyó.

Me arrastró a la bodega, un espacio oscuro y helado. Sabía de mi claustrofobia, un miedo paralizante que él mismo había provocado años atrás, encerrándome en un armario durante una de sus rabietas.

Me dejó allí.

Ahora, renacida, me sentía extrañamente tranquila. La calma antes de la tormenta.

Cuando Catalina se acercó al coche justo antes de que partiera, su rostro era una máscara de falsa preocupación.

"Isabela, pobrecita. Debes estar asustada. Bebe esto, es un agua de hierbas para calmarte durante el viaje".

Me ofreció una botella de cristal.

Reconocí el líquido. Era el mismo que me había dado en mi vida pasada, justo antes de que Catalina se fuera en mi lugar. El veneno que, según el informe médico, había complicado su embarazo.

Esta vez, lo acepté con una sonrisa.

"Gracias, Catalina. Eres tan amable".

Bebí el contenido de la botella bajo su mirada satisfecha.

El coche arrancó. A los pocos kilómetros, un dolor agudo y terrible me desgarró el vientre.

El veneno era potente.

Mi plan estaba en marcha.

Saqué de mi bolso una tarjeta de visita arrugada. La de un joven veterinario al que había ayudado durante la Feria de Abril, cuando lo encontré herido y escondido de unos rivales de su familia.

Le entregué la tarjeta al chófer de Don Alejandro, un hombre de rostro serio.

"Por favor, llame a este número. Dígale que la bailaora de Triana está en peligro".

El hombre me miró por el espejo retrovisor, vio el sudor en mi frente y el dolor en mi rostro. Asintió y cogió el teléfono.

Mi conciencia se desvaneció mientras el dolor me consumía.

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