Mi Boda: Una Trampa Cruel

La propuesta resonó en la pequeña choza, cargada de una tensión que casi se podía tocar.

Mi abuela tardó un momento en procesar mis palabras, como si hubiera escuchado un idioma desconocido.

"¿Cuauhtémoc?", repitió, su voz apenas un susurro incrédulo. "¿El chamán? ¿Estás loca, Xochitl?"

Se levantó de su asiento, sus manos temblando ligeramente, se acercó a mí y me tomó por los hombros, su rostro era una mezcla de miedo y confusión.

"Mi niña, ¿sabes lo que dices? La gente le teme, dicen que su rostro fue quemado por los dioses como castigo por sus pecados, que practica magia oscura, que habla con los muertos."

Asentí lentamente, sin apartar la mirada de la suya.

"Sé todo lo que dicen de él, abuela."

"¡Entonces, ¿por qué?!", exclamó, su voz rompiéndose. "Hay tantos jóvenes buenos en el pueblo, guerreros valientes, artesanos hábiles, ¿por qué elegir al único hombre al que todos evitan?"

Recordé la imagen de Cuauhtémoc en el barranco, sus manos cuidadosas recogiendo mis restos, su canto solitario en la oscuridad.

Él no era un monstruo.

El verdadero monstruo sonreía y encantaba a todos en el centro del pueblo.

"Porque es mi decisión", dije con una calma que sorprendió incluso a mí misma. "Es un hombre poderoso, abuela, y como curandera, necesito un esposo que entienda y respete mi camino, no uno que solo busque una esposa bonita para su casa."

Era una verdad a medias, pero era la única que podía darle.

Mi abuela me escrutó, buscando algún signo de locura o engaño en mis ojos.

No encontró nada más que una determinación inquebrantable.

Vio que no estaba bromeando, que mi elección era firme.

Suspiró, una rendición cansada.

"Hija, solo quiero tu felicidad, si esto es lo que realmente quieres, si crees que él te protegerá y te hará feliz, entonces hablaré con su madre."

"Gracias, abuela", dije, sintiendo una oleada de gratitud. "Confía en mí."

Ella asintió, aunque la preocupación no abandonó su rostro.

Salió de la choza para comenzar los arreglos, dejándome sola con mis pensamientos y los ecos de mi vida pasada.

Apenas unas horas después, mientras organizaba mis hierbas medicinales, escuché voces familiares afuera.

Mi corazón se detuvo por un segundo.

Eran ellos.

Tlacaelel y Citlali.

La puerta se abrió sin siquiera un aviso, y Tlacaelel entró con la arrogancia de quien se siente dueño del mundo.

Citlali estaba pegada a su brazo, mirándome con una sonrisa burlona y condescendiente.

"Xochitl", dijo Tlacaelel, su voz resonando con una falsa calidez que ahora me revolvía el estómago. "Escuché la extraña noticia, ¿es cierto que tu abuela está buscando casarte?"

Se rió, como si fuera el chiste más gracioso del mundo.

"No te preocupes más, he venido a solucionar tu problema, sé que siempre has estado enamorada de mí, así que he decidido hacerte el honor de aceptarte como mi esposa."

Citlali soltó una risita maliciosa.

"Tlacaelel es demasiado bueno contigo, Xochitl, deberías estar de rodillas agradeciéndole."

En mi vida pasada, esas palabras me habrían hecho flotar en una nube de felicidad.

Ahora, solo sentían como veneno.

Los miré, a los dos, y por primera vez, los vi como realmente eran: un hombre cruel y narcisista, y una mujer vacía y envidiosa.

Levanté la barbilla, mi voz salió fría y cortante como el filo de una navaja de obsidiana.

"Llegas tarde, Tlacaelel."

Su sonrisa vaciló.

"¿Qué quieres decir?"

"Ya he elegido a mi esposo", anuncié, saboreando el momento. "Y no eres tú."

La confusión se transformó en ira en su rostro, no estaba acostumbrado al rechazo, especialmente de mí.

"¿Quién?", demandó. "¿Qué tonto se atrevería a interponerse en mi camino?"

"Eso no es de tu incumbencia", respondí, dándome la vuelta y volviendo a mis hierbas, dándoles la espalda como si no fueran más que moscas molestas.

Su orgullo estaba herido, podía sentir su furia ardiendo a mis espaldas.

"¡Exijo saberlo! ¡Tú me perteneces!", gritó.

Me giré lentamente, una sonrisa gélida en mis labios.

"Nunca te he pertenecido, y nunca lo haré, ahora, salgan de mi casa."

Citlali jadeó, ofendida.

"¿Cómo te atreves a hablarnos así?"

Ignoré a la mujer y miré directamente a los dos guardias que mi abuela había puesto para mi protección, dos jóvenes que hasta ahora habían permanecido en silencio, intimidados por la presencia de Tlacaelel.

Mi voz sonó con una autoridad que nunca antes había usado.

"Saquen a este hombre y a esta mujer de mi propiedad."

Los guardias dudaron, mirando de Tlacaelel a mí.

"¡Ahora!", ordené, y mi tono no dejó lugar a la desobediencia.

Los jóvenes se sobresaltaron y, finalmente, se movieron, agarraron a un Tlacaelel atónito por los brazos.

"¡Suéltenme, campesinos! ¿Saben quién soy?", rugió, luchando contra ellos.

"Y escúchenme bien", añadí, mi voz resonando en toda la choza. "A partir de este día, Tlacaelel y Citlali tienen prohibida la entrada aquí, si intentan volver a poner un pie en mis tierras, tienen mi permiso para romperles las piernas."

El shock en los rostros de Tlacaelel y Citlali fue mi primera pequeña victoria.

Fueron arrastrados fuera, gritando insultos y amenazas.

Cerré la puerta detrás de ellos, y por primera vez en dos vidas, sentí el dulce sabor del control.

La venganza apenas había comenzado.

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