Mi Boda, Su Muerte Falsa

El teléfono sonó justo cuando estaba terminando de empacar las últimas invitaciones de boda. Faltaba exactamente un mes para el gran día. Vi el nombre en la pantalla: Doña Elena. Sonreí. Seguramente quería saber si ya había decidido el sabor final del pastel.

-¿Bueno? Doña Elena, justo pensaba en usted.

Silencio. Solo se escuchaba una respiración irregular al otro lado de la línea, un sonido rasposo y lleno de dolor. Mi sonrisa se desvaneció.

-¿Doña Elena? ¿Está bien?

-Sofía, mija...

Su voz se quebró. Mi corazón empezó a latir con fuerza, un tambor desbocado en mi pecho.

-¿Qué pasa? ¿Es Ricardo? ¿Le pasó algo?

-Ricardo... -repitió, y un sollozo ahogado la interrumpió-. Tuvo un accidente, Sofía. Un accidente de coche.

La invitación que tenía en la mano se me resbaló y cayó al suelo. El mundo se detuvo. El aire se volvió denso, pesado, imposible de respirar.

-¿Accidente? ¿Pero está bien? ¿En qué hospital está? Voy para allá ahora mismo.

-No, mija. No... no lo logró.

La frase me golpeó. No, no era posible. No Ricardo. No mi Ricardo. Nos íbamos a casar. Teníamos toda una vida planeada. La casa, los hijos, envejecer juntos.

El teléfono se me cayó de la mano, golpeando la madera del piso con un ruido sordo. Mis rodillas cedieron y caí al suelo. No grité. No lloré. Solo sentí un vacío inmenso, un agujero negro que se abría en mi pecho y lo devoraba todo. Ricardo estaba muerto. Mi vida, tal como la conocía, había terminado.

Los siguientes tres meses fueron un borrón de dolor y desesperación. Apenas comía, apenas dormía. Intenté quitarme la vida dos veces. La primera vez, con un frasco de pastillas. La segunda, tratando de saltar de un puente. En ambas ocasiones, me encontraron a tiempo. Me sentía una carga, una sombra errante en un mundo que ya no tenía color.

Doña Elena, la abuela de Ricardo, venía a verme a menudo. Se sentaba a mi lado, me tomaba la mano, sus ojos llenos de una tristeza profunda, pero también de algo más, algo que no podía descifrar.

-Tienes que ser fuerte, Sofía -me decía con una voz suave y misteriosa-. Las cosas no siempre son lo que parecen. A veces, el destino tiene caminos muy extraños.

Sus palabras no me consolaban. Sonaban huecas, extrañas. ¿Qué camino extraño podía justificar la muerte del hombre que amaba? A pesar de su cariño, sentía que me ocultaba algo, que sus consuelos eran una forma de manipulación para que mantuviera una esperanza que no entendía.

-Solo espera, mija. Ten fe.

Un día, después de muchas súplicas de mi madre, acepté salir de casa. Necesitaba aire, o al menos eso decían todos. Fui a una pequeña cafetería en una zona de la ciudad que no frecuentaba, buscando el anonimato. Me senté en una mesa junto a la ventana, viendo pasar a la gente sin verla realmente.

Y entonces lo vi.

O más bien, vi a un hombre que se movía como él. Tenía su misma altura, su misma complexión, la misma forma de inclinar la cabeza cuando escuchaba. Pero su rostro era diferente. Era el rostro de Mateo, el mejor amigo de Ricardo, el que supuestamente había muerto con él en el accidente.

Estaba con una mujer. Una mujer embarazada, a quien miraba con una ternura que me revolvió el estómago. Se reían. Él le acarició el vientre con una familiaridad que me quemó los ojos. Sentí que el aire me faltaba. Mi taza de café temblaba en mi mano. Era imposible. Mateo estaba muerto. ¿Era un fantasma? ¿Me estaba volviendo loca?

Me escondí detrás de una columna, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que lo escucharan. Me acerqué lo suficiente para oír su conversación.

-Ya falta poco, mi amor -decía él, con una voz que era una mezcla extraña, la cadencia de Ricardo pero con un tono ligeramente distinto-. ¿Estás nerviosa?

-Un poco -respondió ella, y reconocí su voz de inmediato. Camila. La exnovia de Ricardo, su "amor platónico" de la preparatoria, la mujer de la que siempre me habló como un sueño inalcanzable.

-No te preocupes -dijo él-. Hice todo esto por ustedes. Nadie sospecha nada. Todos creen que Ricardo Mendiola está muerto. Ahora puedo ser Mateo para siempre y cuidar de ti y de nuestro hijo.

La taza se estrelló contra el suelo. El café caliente salpicó mis zapatos, pero no sentí nada. El sonido agudo de la porcelana rompiéndose los hizo voltear. Sus ojos se encontraron con los míos. En esa mirada, en el pánico que vi en su rostro, supe la verdad. No era Mateo. Era Ricardo. Mi Ricardo. Con la cara de su mejor amigo muerto.

El dolor de los últimos tres meses, la desesperación, los intentos de suicidio, todo se desvaneció en un instante. Fue reemplazado por una furia helada, una sensación de humillación tan profunda que me robó el aliento. No había llorado por la muerte del amor de mi vida. Había estado a punto de morir por la mentira de un cobarde. Fui una estúpida. Una completa y absoluta estúpida.

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