Mi Baile, Mi Destino

El olor a antiséptico y a flores baratas llenaba la habitación del hospital, un aroma que quedaría grabado en mi memoria para siempre. La lluvia golpeaba la ventana, cada gota un eco del frío que sentía por dentro. En la televisión, un reportero hablaba de un terrible accidente, de vidas perdidas en un incendio provocado en un viejo tablao del centro.

Mi vida. Mi muerte.

Isabella, mi prima, estaba sentada junto a mi cama, sus ojos llenos de lágrimas de cocodrilo. Sostenía mi mano con una ternura que me revolvía el estómago.

"Ay, primita, qué tragedia. Que te cayeras de las escaleras de la academia justo el día del concurso... El destino es tan cruel."

Marco, mi prometido, estaba a su lado, con la mirada perdida, su rostro una máscara de dolor fingido. Él sabía la verdad. Ambos lo sabían.

No fue una caída. Fue Isabella. Me empujó después de que la confronté por robar el diseño de mi vestido, el que mi abuela me había inspirado en sueños. Luego, usó las conexiones de su padre para acusarme de agresión, para que la academia me expulsara y me quitara la beca que era mi único sustento.

Lo perdí todo: mi carrera, mi honor, mi futuro. Y al final, en un tablao clandestino donde intentaba empezar de cero, un incendio "accidental" me quitó la vida. Vi sus rostros entre el humo, sonriendo, antes de que todo se volviera negro.

La oscuridad era total, un vacío sin fin. Pero entonces, una pequeña luz comenzó a brillar en la distancia, una luz cálida y familiar. El amuleto de mi abuela, el que siempre llevaba al cuello, comenzó a arder con un calor suave contra mi pecho.

De repente, un tirón violento.

Abrí los ojos de golpe, jadeando.

Estaba en mi habitación, en mi cama. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Mi corazón latía con una fuerza desbocada.

Miré mis manos. Jóvenes, sin cicatrices de quemaduras. Toqué mi rostro. Liso, vivo.

Tomé mi celular de la mesita de noche. La pantalla se iluminó.

La fecha.

Era el día del concurso. El día en que todo comenzó. Había vuelto.

Una segunda oportunidad.

Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero no eran de tristeza. Eran de rabia, de una furia fría y calculadora. Recordé cada detalle de mi vida anterior: cada palabra de desprecio de Isabella, cada mirada de decepción de Marco, cada puerta que se me cerró en la cara.

Recordé el dolor, la humillación, el fuego.

Pero esta vez, no sería la víctima. Esta vez, yo escribiría el final de la historia.

Me levanté de la cama, mis movimientos eran firmes, decididos. Me vestí con rapidez. No había tiempo que perder. Fui directamente al taller de vestuario de la academia.

Y allí estaba ella.

Isabella, de espaldas a la puerta, tenía en sus manos mi vestido. El vestido rojo y negro, con bordados que contaban la historia de mi familia, un diseño que era mi alma entera puesta en tela. Lo sostenía frente a un espejo, admirando cómo le quedaba, como si fuera suyo.

Una sonrisa de triunfo se dibujaba en su rostro. La misma sonrisa que vi a través de las llamas.

En mi vida anterior, entré en pánico, la confronté en privado, le di la oportunidad de manipular la situación.

No esta vez.

Di un paso adelante, mis tacones resonando en el suelo de madera. No dije su nombre. No le di esa satisfacción.

"Ese vestido no te pertenece."

Mi voz sonó extraña, más profunda, más dura de lo que recordaba.

Isabella se sobresaltó y se giró, su rostro palideció al verme. La sonrisa se desvaneció, reemplazada por una máscara de inocencia mal actuada.

"¡Sofía! Qué susto me diste. Solo estaba... admirando tu trabajo. Es precioso."

"Sé lo que estabas haciendo," dije, acercándome lentamente, como un depredador acechando a su presa. "Estabas robando mi diseño. Estabas a punto de robar mi futuro. Otra vez."

Ella frunció el ceño, confundida por mi última palabra. "¿Otra vez? ¿De qué hablas?"

No le respondí. En lugar de eso, levanté la voz, asegurándome de que cualquiera que pasara por el pasillo pudiera oírme.

"¡Ladrona!"

La palabra resonó en la sala, afilada y clara.

"¡Isabella de la Fuente está intentando robar mi diseño para el Concurso Anual de Flamenco!"

Su rostro pasó del blanco al rojo en un instante. Otros estudiantes y algunos profesores comenzaron a asomarse por la puerta, atraídos por el escándalo.

Este era el escenario. Y yo era la directora.

"¡Eso es mentira!" chilló Isabella, su voz temblando. "¡Yo nunca haría eso! ¡Somos primas, somos familia!"

"La familia no traiciona," respondí, mi voz gélida. "Y tú no eres más que una traidora. Exijo que el director de la academia venga ahora mismo y revise las cámaras de seguridad. Para que todos vean cómo entraste a escondidas a robar lo que no es tuyo."

Isabella abrió la boca para protestar, pero no salieron palabras. Estaba atrapada. El pánico en sus ojos era el plato más delicioso que había probado en dos vidas.

Capítulo 1 había comenzado. Pero esta vez, la protagonista no iba a morir. Iba a luchar.

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