Mi amor, mi verdugo

En una lujosa mansión al otro lado de la ciudad, Miguel Ángel Rodríguez observaba la misma transmisión en vivo en una pantalla de ochenta pulgadas.

Su rostro estaba tenso, sus nudillos blancos por la fuerza con la que sostenía un vaso de whisky.

"¡Mierda!" gritó, lanzando el vaso contra la pared.

El cristal se hizo añicos, esparciéndose por la alfombra persa.

Su padre, un hombre de aspecto severo y cabello canoso, entró en la sala.

"¿Qué son esos gritos, Miguel?"

"Es ese imbécil de Ricardo Solís. Está en la vieja casa. Está... está en su habitación."

El padre de Miguel frunció el ceño.

"¿Quién le dio permiso? Llama a seguridad. ¡Sáquenlo de ahí ahora mismo! No quiero que nadie revuelva esa basura otra vez."

"Ya lo intenté, papá. Es propiedad abandonada, la policía dice que no puede hacer mucho a menos que entre a nuestra propiedad actual."

Justo en ese momento, una mujer hermosa y de aspecto delicado bajó las escaleras.

Era Camila Vargas, la "hija adoptiva", la prometida de Miguel.

"Mi amor, ¿qué pasa?" preguntó con voz suave, corriendo a su lado. "¿Por qué estás tan alterado?"

Abrazó a Miguel por la espalda, su rostro mostrando una perfecta máscara de preocupación.

Miguel señaló la pantalla. "Ese tipo está profanando la memoria de Sofía."

Camila miró la pantalla y sus ojos se llenaron de lágrimas falsas.

"Ay, no... ¿Por qué no pueden dejarla descansar en paz? Después de todo el daño que nos hizo..."

Se acurrucó contra Miguel, temblando ligeramente.

"No veas eso, mi vida. Apágalo. No te hagas más daño."

Miguel la abrazó, su ira suavizándose con la preocupación por ella.

"Tienes razón, Cam. No vale la pena."

Pero no apagó la televisión.

El padre de Miguel miró la escena con desprecio.

Se sirvió un trago grande de tequila y se lo bebió de un solo golpe.

"¿Descansar en paz?" dijo con voz ronca y llena de veneno. "¡Esa malnacida no merece descansar en paz! ¡Ojalá se pudra en el infierno por todo lo que te hizo, hija!"

Camila sollozó suavemente en el pecho de Miguel. "No diga eso, papá. A pesar de todo, era mi hermana."

Mientras tanto, en mi habitación, Ricardo examinaba las paredes.

"Amigos, miren esto. Es increíble."

La cámara enfocó unas extrañas marcas oscuras en la pared, justo encima de donde solía estar mi cama.

Eran arañazos largos y desesperados, como si alguien hubiera intentado escalar la pared con las uñas.

Pero no eran solo arañazos.

Había manchas de un color rojo oscuro, casi negro, resecas por el tiempo.

"¿Qué creen que sea esto?" preguntó Ricardo al chat.

"¡Sangre! ¡Definitivamente es sangre!"

"¡Wow, qué miedo! ¡Dicen que así marcaba su territorio el diablo!"

"Seguro son los rasguños del fantasma tratando de salir. ¡Qué bueno que la encerraron!"

Ricardo se acercó más, su linterna recorriendo las marcas.

"Nunca había visto algo así. No parece pintura. Y la disposición es... extraña. Casi parece un patrón."

Floté sobre él, observando las marcas.

No eran mías.

Eran las marcas de mis uñas, sí.

Pero la sangre... la sangre era de cuando Camila me arrastró por el suelo después de apuñalarme, mi cabeza golpeando contra la pared una y otra vez.

Esa era la verdad.

Una verdad que nadie quería ver.

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