Perseguí a Mateo durante diez años, una década completa de mi vida dedicada a un hombre que apenas me miraba. Todos a mi alrededor, mis amigos, mi familia, me decían que estaba loca, que me estaba humillando, pero yo no escuchaba, creía que mi amor, tarde o temprano, derretiría su corazón de hielo.
Cada mañana, me levantaba a las seis para prepararle el desayuno, sabía que le gustaba el café recién molido y los huevos a la mexicana no muy picantes, lo dejaba todo listo en su mesa antes de irme a mi propio trabajo. Por la tarde, pasaba por la tintorería a recoger sus trajes, me aseguraba de que su refrigerador siempre estuviera lleno con sus bebidas favoritas y que su casa estuviera impecable, como si fuera mi única obligación en el mundo.
Mis amigos me dejaron de invitar a salir, se cansaron de escucharme decir: "No puedo, tengo que ver si Mateo necesita algo". Me convertí en una sombra, una extensión de sus necesidades, y para él, yo era tan solo parte del mobiliario, algo que siempre estaba ahí, conveniente y silencioso.
Hoy era su cumpleaños número treinta, y yo había pasado las últimas dos semanas planeando la sorpresa perfecta, le horneé su pastel de chocolate favorito, uno que su abuela solía hacerle, y decoré su apartamento con globos y serpentinas, me sentía nerviosa, emocionada, ilusa.
La puerta se abrió a las nueve de la noche, y mi corazón dio un vuelco, me escondí detrás del sofá, sosteniendo un pequeño regalo en mis manos, lista para gritar "¡Sorpresa!".
Pero Mateo no entró solo.
Una mujer alta y delgada, con un vestido rojo tan ajustado que parecía una segunda piel, se colgaba de su brazo, riendo de algo que él le susurraba al oído, su risa era como un cristal rompiéndose en el silencio de mis esperanzas.
"¿Qué es todo esto?", preguntó Mateo, su voz teñida de fastidio al ver la decoración.
Salí de mi escondite, sintiéndome estúpida, pequeña.
"Feliz cumpleaños, Mateo. Yo... quería darte una sorpresa".
La mujer, a quien Mateo llamó Sofía, me miró de arriba abajo con una sonrisa condescendiente.
"Ay, qué tierno", dijo con una voz melosa que no ocultaba su burla. "Mateo, no me dijiste que tenías una empleada tan dedicada".
Mateo ni siquiera se molestó en corregirla, sus ojos se posaron en la mesa, donde estaba el pastel y, junto a él, una caja de madera que yo había atesorado durante años, dentro había guardado cada recuerdo de nosotros: la entrada del primer concierto al que fuimos, una foto borrosa de nuestra graduación, una servilleta donde él había garabateado algo sin importancia, para mí, era un tesoro.
Sofía se acercó a la mesa y tomó la caja.
"¿Y esto qué es? ¿Más basura?", preguntó, abriéndola con un gesto descuidado.
Sacó la foto y soltó una carcajada.
"¡Mira qué ridículos nos veíamos! ¿De verdad guardaste esto, Ximena? Qué patética".
No, no fue Sofía quien dijo eso, fue Mateo, él tomó la foto de sus manos y la miró con desprecio, luego, sus ojos se encontraron con los míos, fríos, distantes.
"Siempre has sido así, Ximena, aferrándote a cosas que no significan nada".
Y entonces, frente a mí, frente a la mujer que ahora ocupaba su brazo, Mateo tomó la caja de madera, caminó hacia el bote de basura de la cocina y la vació por completo, cada pequeño trozo de mis diez años de amor cayó entre los restos de comida y los empaques vacíos.
El sonido de los recuerdos golpeando el fondo del bote fue el único ruido en la habitación.
Sofía aplaudió suavemente.
"Mucho mejor, mi amor. Hay que deshacerse de lo viejo para dar paso a lo nuevo".
Él le sonrió, una sonrisa que nunca me había dirigido a mí, y la besó, un beso largo y apasionado, justo ahí, a un metro de donde yo estaba parada, rota.
No sentí nada, no hubo lágrimas, ni un grito ahogado, fue un vacío absoluto, un silencio frío que se instaló en mi pecho. En ese preciso instante, algo dentro de mí se quebró para siempre, pero no de la forma en que se había roto antes, esta vez, la fractura me liberó.
Se acabó, pensé.
Una sola frase, clara y definitiva.
Se acabó.
Me di la vuelta, tomé mi bolso del sofá y caminé hacia la puerta sin decir una sola palabra, no los miré, no me despedí.
Mientras cerraba la puerta detrás de mí, pude escuchar la risa de Sofía de nuevo, y la voz de Mateo diciendo: "No te preocupes por ella, siempre hace estos dramas, mañana volverá como si nada".
Pero yo sabía, con una certeza que nunca antes había sentido, que no iba a volver.
Nunca más.





