«Lu, ¿estás bien?».
Sofía me pregunta esto por enésima vez desde que salimos del hospital.
Asiento, mirando por la ventana del coche el paisaje familiar pero extraño de Buenos Aires.
«¿Cansada?».
«Un poco».
«Te ves pálida».
Suspiro y me giro para mirarla. Las ojeras bajo sus ojos son casi tan oscuras como su delineador. Se ve más agotada que yo, la paciente.
Me siento un poco culpable.
«Sofi, estoy bien. De verdad».
Ella solo me mira, con los ojos llenos de una preocupación que me duele.
«Lo sé», dice, pero su voz suena tensa.
Apoyo la cabeza en su hombro. El conflicto con Máximo en el hospital, su tensión, mi extraña calma... todo parece haberla agotado.
Recuerdo vagamente que, justo antes de perder la conciencia, Sofía y yo tuvimos una pelea terrible. Por él. Por Máximo.
Ahora, abrazada a ella, esa tensión se disipa.
Ella es mi ancla, mi hermana. Siempre lo ha sido.
El coche llega a casa. Mis padres bajan primero, y veo a mi papá hablando animadamente con el señor Castillo mientras mi mamá y la señora Castillo cotillean sobre el nuevo chef.
Es una escena tan normal, tan familiar. Las dos familias, unidas por décadas de asados y mates compartidos.
Me bajo del coche con Sofía.
«Voy a subir a descansar un poco», le digo.
«Te acompaño».
Subimos las escaleras en silencio. La casa huele a limpio y a flores frescas, pero no a las que me trajo Máximo. Esas se quedaron en el coche de Sofía.
Me tumbo en la cama, todavía vestida. Sofía se sienta en el borde.
La luz del atardecer entra por la ventana, tiñendo la habitación de un color anaranjado.
Cierro los ojos.
«Sofi», susurro.
«¿Sí?».
«Gracias».
Siento su mano apretar la mía. Me quedo dormida así, con su mano en la mía, sintiéndome segura por primera vez en mucho tiempo.





