El aire frío de la noche se sentía como hielo sobre mi piel desnuda, un dolor agudo me recorría el cuerpo, pero no se comparaba con la herida que sangraba en mi alma. Estaba tirada en un callejón oscuro y sucio, la lluvia mezclándose con las lágrimas en mi rostro y la sangre que brotaba de mi cabeza. A lo lejos, las luces del gran teatro brillaban, un faro de un mundo al que ya no pertenecía.
Fue Isabella, mi prima, la que me empujó por las escaleras.
La vi de pie en lo alto, su silueta recortada contra la luz de la puerta de emergencia, su rostro una máscara de triunfo y desprecio. Llevaba puesto mi traje, el diseño en el que había trabajado durante meses, una obra de arte de seda roja y encaje negro que representaba el corazón del flamenco. Era mi alma hecha tela.
"Lo siento, primita" , su voz flotaba hacia mí, llena de una dulzura falsa que me revolvía el estómago. "Pero solo puede haber una estrella en la familia. Y esa seré yo" .
Mi carrera, mi beca, mi honor, todo me lo había arrebatado. Primero, robó mi diseño, presentándolo como suyo en el concurso más importante del año. Cuando la confronté, usó las conexiones de su padre para acusarme de agresión. Me expulsaron de la academia sin siquiera escuchar mi versión. Me despojaron de todo.
Y ahora, me había quitado la vida.
Mi visión se volvió borrosa, los sonidos de la ciudad se desvanecieron en un zumbido sordo. Mi último pensamiento fue para mi abuela, la legendaria bailaora Elena, cuyo legado Isabella estaba manchando. El amuleto que me dio, un pequeño sol de plata, se sentía frío contra mi pecho. Luego, todo se volvió negro.
…
Un dolor punzante en la cabeza me despertó.
Abrí los ojos de golpe, desorientada. No estaba en el callejón. Estaba en mi habitación, en la academia. La luz del sol de la tarde entraba por la ventana, iluminando el polvo que bailaba en el aire. Mi cuerpo no dolía, no había sangre, no había lluvia.
Miré el calendario en la pared. La fecha marcada con un círculo rojo me heló la sangre. Era hoy. El día del concurso. El día en que todo se fue al diablo.
¿Fue un sueño? ¿Una pesadilla terriblemente real?
Me levanté de la cama, mis piernas temblaban. Caminé hacia el espejo y me miré. Era yo, pero más joven, sin las líneas de amargura y desesperación que se habían grabado en mi rostro durante los últimos meses de mi… ¿vida anterior?
Un ruido me sacó de mi trance. La puerta de mi habitación se abrió y entró Isabella, con una sonrisa radiante.
"Sofía, ¿estás lista? ¡Hoy es el gran día!" , dijo, su voz alegre y despreocupada.
Me quedé paralizada. Recordé cada detalle de mi "sueño" . La forma en que sonreía justo antes de robarme el traje, la mirada de satisfacción en sus ojos cuando me expulsaron, el desprecio en su rostro mientras yo agonizaba en el suelo. No, no fue un sueño. De alguna manera, había vuelto.
Tenía una segunda oportunidad.
Mi mente se aclaró, la confusión fue reemplazada por una fría y dura determinación. Esta vez, las cosas serían diferentes.
"¿Qué haces aquí, Isabella?" , mi voz sonó extraña, más dura de lo que pretendía.
Isabella parpadeó, sorprendida por mi tono.
"Vine a ver si necesitabas ayuda con el traje. Sé lo importante que es para ti" .
Ahí estaba. La excusa perfecta para acercarse y robarlo. En mi vida anterior, caí en su trampa. La dejé entrar, le mostré cada detalle, y ella lo usó en mi contra.
Ya no.
Caminé hacia ella, mi mirada fija en la suya. El miedo y la confusión comenzaron a reemplazar la sorpresa en su rostro. Nunca la había mirado así.
"Tú no vas a tocar mi traje" , dije, cada palabra afilada como un cuchillo.
"¿Qué te pasa, Sofía? Solo quiero ayudar" .
"Sé exactamente lo que quieres" , me acerqué más, hasta que estuvimos cara a cara. Pude ver el pánico en sus ojos. "Quieres mi diseño. Quieres mi lugar en el concurso. Quieres mi vida" .
El color desapareció de su rostro.
"No sé de qué estás hablando…" .
"Claro que lo sabes" , la interrumpí. Agarré su muñeca, mi fuerza la sorprendió. "Pero te tengo noticias, primita. El juego se acabó. Esta vez, yo pongo las reglas" .
Sin darle tiempo a reaccionar, la arrastré fuera de mi habitación y cerré la puerta en su cara con un portazo que resonó en todo el pasillo. Apoyé la espalda en la puerta, mi corazón latía con fuerza. No era solo la adrenalina. Era la emoción de la venganza.
Esta vez, Isabella no me arruinaría. Yo la iba a destruir a ella.





