La puerta de la oficina del Sr. Torres estaba entreabierta.
Sofía empujó la puerta sin tocar.
El Sr. Torres, un hombre de unos sesenta años con una barriga prominente y una sonrisa que siempre le había parecido falsa, levantó la vista de sus papeles, sorprendido.
A su lado, recostada en una silla como si fuera la dueña del lugar, estaba Luciana. Llevaba un vestido rosa chillón que parecía más apropiado para un club de playa que para una oficina de tecnología financiera. Masticaba chicle con la boca abierta.
"Sofía, qué sorpresa", dijo el Sr. Torres, recuperando la compostura. "Justo íbamos a llamarte, pasa, siéntate".
Sofía no se movió. Se quedó de pie, en medio de la oficina, sintiendo el peso de la situación.
"Recibí el correo", dijo Sofía, su voz sonaba más firme de lo que se sentía. "Quiero una explicación".
El Sr. Torres suspiró, como si Sofía le estuviera causando una molestia innecesaria.
"Mira, Sofía, a veces las empresas necesitan sangre nueva, ideas frescas", comenzó con un tono paternalista que le revolvió el estómago. "Luciana acaba de graduarse con honores, tiene una visión moderna del negocio".
Luciana dejó de masticar chicle y sonrió con suficiencia.
"Papi dice que este lugar necesita un toque femenino y más glamour", dijo Luciana, examinándose las uñas perfectamente cuidadas. "Todo es tan gris y aburrido aquí".
Sofía sintió que la sangre le hervía en las venas.
"Yo construí el proyecto Prometeo desde cero", replicó Sofía, mirando directamente al Sr. Torres. "Yo lideré el equipo que nos sacó de los números rojos, mi 'visión' es la que está pagando su sueldo y... el vestido de su hija".
La sonrisa del Sr. Torres se desvaneció.
Golpeó la mesa con la palma de la mano, un golpe sordo y autoritario.
"¡Cuidado con tu tono, señorita!", espetó. "Deberías estar agradecida, te estamos dando la oportunidad de guiar a Luciana, de enseñarle cómo funcionan las cosas aquí, es una posición de confianza".
"¿Confianza? Me están degradando a ser la niñera de su hija", respondió Sofía, sin retroceder. "No lo voy a aceptar".
"No tienes opción", dijo Luciana con una risita burlona. "O tomas el puesto o te vas, y créeme, con la recomendación que mi papi te dará, no encontrarás trabajo ni para servir café".
Sofía miró a la chica, luego al padre. Vio la misma arrogancia, la misma ceguera.
En ese momento, todo se volvió claro. No había nada que negociar. No había honor, ni mérito, ni justicia en ese lugar.
Se quitó el gafete de empleada que colgaba de su cuello.
Lo arrojó sobre el escritorio de caoba del Sr. Torres. El plástico chocó contra la madera con un sonido seco y definitivo.
"Entonces me voy", dijo Sofía. "Quédense con su empresa familiar, buena suerte con su 'visión moderna'".
Se dio la vuelta para marcharse.
"¡Te arrepentirás de esto!", gritó el Sr. Torres a su espalda. "¡Esta industria es pequeña, me encargaré de que nadie te contrate!".
Sofía no volteó, solo levantó la mano y le mostró el dedo medio por encima del hombro antes de salir por la puerta.
Caminó por la oficina, con la cabeza en alto, ignorando las miraras de sus ahora excompañeros.
Llegó a su coche en el estacionamiento, y solo entonces, el temblor comenzó.
Sacó su teléfono, necesitaba hablar con Mateo.
Mateo. Su novio desde hacía dos años. Su colega. El que siempre le decía que eran un equipo, que juntos iban a construir un imperio.
Le escribió un mensaje rápido: "Acabo de renunciar, fue horrible, ¿podemos vernos?".
Envió el mensaje.
Esperó.
Los minutos pasaban. El cursor en la pantalla de chat parpadeaba, pero no había respuesta. "En línea" aparecía y desaparecía bajo el nombre de Mateo.
La estaba ignorando.
Una hora después, su mensaje seguía sin ser leído.
El pánico se mezcló con la ira. Algo estaba muy mal.
Decidió llamarlo.
El teléfono sonó una, dos, tres veces.
Luego, la llamada se cortó.
Volvió a intentarlo.
Directo al buzón de voz.
La había bloqueado.
Justo en ese momento, su teléfono vibró. Era un mensaje de Mateo. Su corazón dio un vuelco, una mezcla de alivio y temor.
Abrió el mensaje.
Eran solo cuatro palabras.
"Sofía, terminamos. Buena suerte".
Y luego, un segundo mensaje automático del sistema: "Ya no puedes responder a esta conversación".
La había bloqueado de todo.
Sofía se quedó mirando la pantalla, sintiendo cómo el suelo se abría bajo sus pies.
En una sola mañana, había perdido su trabajo, su carrera y a la persona que amaba.





