Hoy es nuestro aniversario de bodas, el primero.
Preparé una mesa llena de los platillos favoritos de Ricardo, encendí velas aromáticas y me senté sola en la enorme mesa del comedor, esperando a que volviera a casa.
El reloj en la pared hacía un tictac rítmico, cada segundo golpeando mi paciencia.
La comida se enfrió.
Las velas se consumieron a la mitad.
Ricardo no volvió.
Saqué mi teléfono, mis dedos temblaban un poco al buscar su nombre. Justo cuando estaba a punto de presionar el botón de llamada, entró un mensaje.
No era de Ricardo.
Era un número desconocido.
Abrí el mensaje y una foto apareció en la pantalla, una foto que congeló la sangre en mis venas.
En la foto, Ricardo estaba en un bar ruidoso y concurrido, y a su lado, acurrucada contra su hombro, estaba Camila. Ella sonreía, una sonrisa triunfante y provocadora, mientras Ricardo le susurraba algo al oído con una expresión de infinita ternura.
Debajo de la foto, una línea de texto.
"Elena, Ricardo está conmigo. Dice que estar contigo es sofocante."
Mis ojos se quedaron fijos en la pantalla, mi mente se quedó en blanco.
Sentí un dolor agudo en el pecho, tan intenso que me costaba respirar.
Mi mano, que había estado descansando suavemente sobre mi vientre, se apartó bruscamente, como si el contacto me quemara.
En ese instante, una decisión clara y fría se formó en mi mente.
Divorcio.
Esta farsa tenía que terminar.
Respiré hondo, tratando de calmar el temblor de mi cuerpo, y recordé el día en que todo esto comenzó.
Hace un año, la abuela de Ricardo, la mujer que me había tratado como a su propia nieta desde que llegué a la casa de los Vargas, yacía en su lecho de muerte. Su último deseo fue vernos casados a Ricardo y a mí.
Ricardo, que todavía estaba devastado por la partida de Camila, su gran amor de la universidad, aceptó de mala gana.
Nuestro matrimonio fue un acuerdo, un contrato con una fecha de caducidad preestablecida. Un acuerdo de divorcio listo para ser firmado en cualquier momento.
Yo, tontamente, albergaba una pequeña esperanza. Amaba a Ricardo en secreto desde que éramos niños, y una parte de mí creía que con el tiempo, él podría llegar a verme, a quererme.
Y por un tiempo, pareció que mi esperanza no era en vano.
Poco después de nuestra boda, llegaron noticias del extranjero: Camila se había casado con otro hombre.
Ricardo estuvo deprimido por un tiempo, pero luego, poco a poco, comenzó a cambiar. Empezó a notarme, a hablarme, a sonreírme. Se convirtió en un esposo atento y cariñoso. Me llevaba a cenar, me compraba regalos, me abrazaba por las noches.
Pensé que finalmente había ganado, que la felicidad era mía.
Qué ilusa fui.
Hace un mes, la burbuja de mi felicidad se reventó.
Camila regresó.
Apareció en nuestra puerta, llorando, diciendo que su matrimonio había sido una farsa para darle celos a Ricardo, que siempre lo había amado.
Y Ricardo, el hombre que había empezado a llamarme "esposa" con cariño, cayó de nuevo bajo su hechizo.
Las cenas en casa se convirtieron en excusas para salir. Las conversaciones se llenaron de silencios incómodos. Su lado de la cama volvía a estar frío la mayoría de las noches.
Volví a ser la sombra en la casa, la esposa de papel que nunca debió esperar más.
Pero ahora, algo era diferente.
No estaba dispuesta a seguir soportándolo.
Mi mano volvió a mi vientre, esta vez con una determinación feroz. Por el bien de esta pequeña vida que crecía dentro de mí, tenía que ser fuerte.
Marqué el número de Ricardo.
El teléfono sonó una, dos, tres veces. Finalmente, contestó. Su voz era impaciente, casi molesta.
"¿Qué quieres, Elena? Estoy ocupado."
Pude oír la música alta y la risa de Camila de fondo.
"Ricardo," dije, mi voz sonaba sorprendentemente firme, "necesitamos hablar."
"No tengo tiempo para tus dramas ahora," espetó. "Hablamos mañana."
"No," insistí. "Es importante."
Escuché un susurro, la voz melosa de Camila. "¿Es Elena? Dile que no moleste, mi amor. Estamos celebrando."
Ricardo suspiró, un sonido de pura exasperación. "Mira, Elena, Camila no se siente bien. La estoy cuidando. No me esperes despierta."
Y colgó.
Me quedé mirando el teléfono en silencio, la pantalla negra reflejando mi rostro pálido.
La última pizca de esperanza, el último rescoldo de amor que quedaba en mi corazón, se extinguió por completo.
Se acabó.





