Me Pertenece a Escenario

La fiesta en la finca de Mateo estaba en su apogeo, el aire olía a azahar y a vino caro. Yo observaba desde un rincón, como siempre. Una esposa decorativa.

De repente, la música de la guitarra se detuvo.

Mateo, mi marido desde hace nueve años, se puso en el centro del patio, con una copa en la mano. A su lado, Sofía, su amante, sonreía con suficiencia, una mano en su vientre apenas abultado.

"Amigos, familia", dijo Mateo, su voz resonando con poder. "Tengo una noticia que daros. La familia va a crecer. Sofía me va a dar un heredero".

Los aplausos y las felicitaciones llenaron el silencio.

Nadie me miró. Era como si yo no existiera.

Sofía se inclinó y le susurró algo a Mateo. Él asintió y me miró por primera vez en toda la noche, con sus ojos fríos y calculadores.

"Elena", me ordenó en voz alta, para que todos lo oyeran. "Los invitados tienen sed. Ocúpate de que no les falte de nada".

Era una humillación pública. Me convertía en una sirvienta en mi propia casa.

Asentí, bajé la cabeza y empecé a servir copas de vino.

Más tarde, cuando los últimos invitados se iban, Mateo me siguió a nuestra habitación. Sofía iba cogida de su brazo.

"Sofía se mudará al dormitorio principal", me informó sin rodeos. "Tú te irás al ala de invitados. Recoge tus cosas".

No protesté. Simplemente empecé a meter mi ropa en una maleta.

Sofía se reía por lo bajo con Mateo.

"¿Ves? Te dije que no diría nada. Es como un perro faldero, hará lo que le digas".

Apreté los puños, pero mantuve la calma.

Cuando casi había terminado, Mateo se acercó al viejo baúl de madera que había en un rincón de la habitación.

"Espera. Hay algo más que quiero".

Lo abrió y sacó la bata de cola de mi bisabuela. Una reliquia, una obra de arte de seda y encajes que había pasado de generación en generación en mi familia de artesanos de Triana.

"Sofía la lucirá en la Feria de Abril. Dámela".

Mi sangre se heló.

"No".

Fue la primera vez que le decía que no en mucho tiempo.

Su rostro se contrajo por la sorpresa, y luego por la furia.

"¿Qué has dicho?"

"He dicho que no. Es de mi familia. No se la daré a ella".

"Es mi casa, y todo lo que hay en ella me pertenece. Incluida tú y tus trapos viejos", siseó.

Intentó arrancármela de las manos. Me aferré a ella con todas mis fuerzas.

Hubo un forcejeo.

Un sonido seco y horrible.

La seda antigua se rasgó.

Miré el desgarro en la tela, un corte limpio y brutal que partía el bordado por la mitad. Y entonces, sentí un dolor agudo en el pecho.

Mi corazón empezó a latir de forma errática, descontrolada. Me faltaba el aire. Era una de mis crisis de arritmia.

Caí de rodillas, jadeando, con la bata rota apretada contra mi pecho.

"Mateo... mi corazón...", susurré.

Él me miró con desprecio.

"No empieces con tus dramas. Siempre haces lo mismo para llamar la atención".

Sofía se acercó, fingiendo preocupación. "Oh, Dios mío, Mateo, cariño. El estrés me está afectando. Creo que necesito ir a la clínica a que me revisen. Por el bebé".

Mateo cambió su expresión al instante. La rodeó con sus brazos.

"Claro, mi vida. Tranquila. Te llevaré a la mejor clínica de Marbella ahora mismo".

Se volvió hacia una de las empleadas.

"Que le den una tila a la señora. Y que nadie la moleste".

Luego me miró a mí, que seguía en el suelo luchando por respirar.

"Y tú", dijo con una crueldad helada, "no montes una escena".

Escuché sus pasos alejarse. Luego, el sonido de una llave girando en la cerradura.

Me había encerrado.

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