Barbra
Trabajar y trabajar. En eso se basa la vida cuando eres adulto.
¿Quieres una casa? Debes trabajar.
¿Quieres salir a la playa o viajar a otro país? Debes trabajar.
¿Quieres un lindo vestido? Debes trabajar.
¿Quieres alcanzar tus sueños? Debes esforzarte duro para conseguirlos.
Si no trabajas, no tienes dinero. Y si no tienes dinero, no puedes hacer las cosas que te gustan. Es frustrante, lo sé.
Desde que tengo 19 años trabajo. He tenido muchos empleos: secretaria, niñera, repostera, panadera… de todo un poco. Me gradué de chef porque me apasiona cocinar y amo todo lo relacionado con la comida, tal como los médicos aman salvar vidas.
Estuve trabajando en un restaurante durante mucho tiempo, donde era la chef, pero me despidieron por culpa de una compañera. Así que tuve que buscar empleo en otro lugar y me aceptaron. No como chef, sino como ayudante de cocina. Qué más da, al menos estaré haciendo lo que me gusta. Aunque en realidad lo que más anhelo es tener mi propio restaurante, donde todos disfruten de mis recetas. Para eso me estoy esforzando, laborando día y noche.
Me levanto de la cama y entro a la ducha. Al salir, comienzo a vestirme: mi pantalón y mi camisa de trabajo, un poco de maquillaje natural y listo.
Al salir del apartamento, bajo al estacionamiento y subo a mi scooter negra, me pongo el casco y empiezo a recorrer las calles de Boston. Como de costumbre a esta hora, el tráfico es horrible, y si es día de semana, mucho peor. Al llegar, entro al estacionamiento, me quito el casco y lo guardo. Se ven los autos de mis compañeros. Agarro mi bolsito y entro por la parte trasera del restaurante.
Aquí todo es hermoso y lujoso. Trabajo en uno de los restaurantes más reconocidos y elegantes de Boston, al que acuden muchas personas importantes e incluso celebridades.
Al llegar a los casilleros, guardo mis cosas, me coloco el delantal, recojo mi cabello y me adentro en la enorme cocina. Aquí hay de todo para laborar con comodidad y es muy amplia porque somos muchas personas trabajando. La cantidad exacta que se necesita.
—Hola, Alma —saludo a una de mis compañeras mientras me lavo las manos.
—Hola, Barbra —responde ella, que viene con una cesta llena de pimentones y cebollas.
Mientras seco mis manos, siento que alguien se detiene detrás de mí. Por el olor, sé exactamente de quién se trata.
—Estás despedida —escucho su voz a mi espalda.
Me giro y la miro.
—Qué risa, Naomi —contesto con sarcasmo.
—¿Cómo amaneciste? —pregunta mientras se acomoda el delantal.
—Muy bien, ¿y tú? —inquiero, secando mis manos con un pequeño paño.
—Lo mismo.
En ese momento entra el chef. Es un hombre alto y delgado, de cabello negro y ojos verdes. Rupert es uno de los chefs más reconocidos de Francia, Italia y Estados Unidos.
—¡Bueno, bueno! —exclama dando palmadas para motivarnos—. ¡A trabajar, señores! ¡Hay muchas personas a las que atender!
Y entonces comienza el ajetreo en la cocina. Vamos de un lado a otro preparando diferentes platos. En mi puesto también incluyo lavar vajilla y seguir las órdenes del chef. El trabajo en cocina no es fácil, siempre terminas quemándote con agua caliente o aceite, y cortándote. Eso ocurre con frecuencia.
Después de tanto esfuerzo, llega la hora del almuerzo, lo que significa al menos unos minutos de descanso mientras se hace relevo.
—Vamos, tengo un hambre que me está matando —dice Naomi lavándose las manos.
Seco las mías y la miro.
—Claro, yo igual —respondo, agarrando mi vianda.
Espero a que termine y nos dirigimos juntas al comedor. Es un salón amplio de paredes blancas, mesas largas de hierro, aire acondicionado y hasta una televisión gigante —para cuando el jefe o el encargado quieren informar algún cambio—, entre otras cosas. Allí nos esperan Ricardo y Scarlett. Ellos son meseros, así que solo nos vemos a la hora de entrada, en el almuerzo y al salir. Tomamos asiento frente a ellos e iniciamos nuestra comida.
—¿Hamburguesa, Barbra? —pregunta Ricardo.
Lo miro y asiento.
—Hoy rompo mi dieta —sonrío divertida.
—¿Estás haciendo la de la toronja? —inquiere Scarlett.
Asiento.
—Sí —miento. La verdad es que la dejé hace unas semanas.
—Me comentaron que hoy viene tu persona favorita, Barbra —dice Ric con una leve sonrisa.
Estoy a punto de darle el primer mordisco a mi deliciosa hamburguesa, pero me detengo con la boca entreabierta y lo observo.
—¿El jefe?
Él afirma y mete unas papitas fritas en su boca.
—Qué fastidio… —comento haciendo una mueca y le doy un mordisco a mi hamburguesa.
—Sí, sabemos que tú y él no se llevaron bien la primera vez —recuerda Naomi.
Aún recuerdo el café caliente que le tiré encima sin querer.
—Ni la segunda —murmura Scarlett con diversión, llevándose un pedazo de queso mozzarella a la boca.
—Pero es tu jefe, ¿qué se va a hacer? —comenta Ricardo, curvando los labios.
—Lo sé… —respondo.
—¿A qué viene? —pregunta Scarlett.
—Lo de siempre. Viene a ver cómo va todo por acá.
—¿No confía en Jon? —Scarlett lo mira con las cejas elevadas y toma un sorbo de su lata de Coca-Cola.
—Por supuesto que confía en su encargado, Scarlett —replica Naomi—. Si no, Jon no estaría aquí y solo estaría él.
—Cierto… —añado—. Además, los dueños de las empresas deben cuidar y estar pendientes de sus negocios.
—Bueno, como sea, él viene hoy, así que compórtense todos —comenta Ricardo.
Suelto una risita leve.
—Díselo a Esmé —miro disimuladamente a la pelirroja, que está muy concentrada en su almuerzo mientras habla con su novio, que también trabaja con nosotros.
—¿Se imaginan que el jefe nos llegue de sorpresa sin avisar y los consiga en la despensa? —susurra Scarlett como si contara un secreto.
Naomi suelta una carcajada baja, cerrando los ojos.
—Lo que va a escuchar es algo como: ¡Oh, sí! ¡Ah! —simula Ricardo, imitando gemidos.
Casi escupo el pedazo de hamburguesa al oírlo.
—Nosotras no gemimos así —se defiende Naomi.
—Pero las actrices porno sí —repone él con tono inocente.
—Porque son actrices porno, les pagan por fingir orgasmos —continúa ella con su comida.
—¿Estás queriendo decir que ustedes también lo hacen, pero gratis? —Ric la mira con los ojos entrecerrados.
Ella desliza una sonrisa divertida.
—Nunca lo sabrás… —contesta y le guiña un ojo.
—En realidad algunas sí, pero eso depende del hombre con el que estés teniendo sexo —comenta Scarlett mirando su teléfono.
Los miro a todos.
—¿Cómo es que llegamos a este tema? —frunzo el ceño, intercambiando miradas con todos.
—¿El tamaño? —inquiere Ric.
Scarlett levanta la mirada.
—Puede ser… o lo que dure —se encoge de hombros.
—Quiero uno de esos —suelta Naomi—. En todos los años que tengo de vida, solo uno supo cómo cogerme bien.
Me es imposible no soltar una carcajada.
—¿Uno con pene de caballo? —pregunta Ricardo—. Eres golosa, amiga.
Los tres comienzan a reír con fuerza y yo casi me ahogo de nuevo.
—Ya cállate, Ricardo —dice Naomi entre risas.
—En fin, si los consiguen, posiblemente los despida de una —musita Scarlett entre risas, tapándose la boca.
—Despedidos por ser descubiertos teniendo sexo en la despensa de comida —agrega Naomi.
—Es mejor eso a que te despidan por cortarte un dedo o quemarte las manos —digo con una sonrisa.
Ricardo sonríe divertido.
—Quién te viera, Barbra —comenta moviendo la cabeza.
—El sexo es lo mejor… —suelta Scarlett simulando una voz excitada.
Libero una risa.
—En el fondo, estoy esperando a un Christian Grey que me azote todas las noches —comento divertida.
—No eres la única —Scarlett me lanza una mirada pícara—. Que use su látigo —suelta una carcajada fuerte.
—Uno que no te haga el amor, sino que te folle —añade Naomi riendo.
Y justo en ese momento se acaba la hora del descanso.
—Gracias al cielo —Ric junta las palmas y eleva la cabeza mirando al techo—. Señor, estas amistades que tengo me corrompen.
Todos nos levantamos de la mesa y salimos del comedor.
—Eres el peor de los tres, Ricardo —asegura Scarlett mirándolo.
Ricardo le dirige una mirada de inmediato.
—¿Quién dice? Soy un ángel delante de ustedes, las mujeres son muy perversas.
Regresamos a la cocina y cada quien vuelve a sus labores. De nuevo al vapor y al calor.
Mientras camino de un lado a otro, puedo ver a Esmé con Jack, su novio, que también trabaja en esta área. Están conversando muy acaramelados; ella le agarra el cuello de la camisa y él la tiene recostada contra la pared. Siempre es así, lo hacen por ratos cuando no hay mucha gente en la cocina. Y algunas veces, en secreto, hacen lo suyo. Lo sabemos gracias a Ric, quien un día, durante el descanso, entró a la cocina para buscar agua en el congelador y escuchó los gemidos bajos de ambos. ¿Cómo supimos que eran ellos? Porque eran los únicos que no estaban en el comedor y dedujimos que se encontraban en la despensa.
Pero como no es mi problema, sus vidas y lo que hagan, me dan igual.
En ese momento veo entrar a nuestro querido jefe a la cocina. Luce uno de sus típicos trajes ejecutivos de dos piezas, este de color gris. Travis Masson. Un empresario muy conocido y adinerado, solo eso sé de él, ya que su vida no me interesa en lo más mínimo.
¿Mi odio hacia él? Es simple. El señor Masson cree que Barbra es su mandadera personal. Desde que empecé a trabajar, cada vez que viene al restaurante me manda a hacer lo que quiere. Debo llevarle el café o la bebida que se le antoje, si llega a la hora del almuerzo casi siempre me manda a mí, si quiere comprar algo fuera, Barbra debe ir. Me tiene hasta la coronilla. Cada vez que el imbécil aparece y desea cualquier cosa, Barbra es la que debe ir o llevar. A las novatas siempre nos quieren pisotear, pero esa costumbre se le va a acabar.
Se detiene frente a la cocina, introduce las manos en los bolsillos de sus pantalones finos y nos examina a todos con atención. Su expresión está fruncida y su mandíbula contraída. En ese instante, nuestro chef se acerca a él y ambos se saludan estrechando las manos con tranquilidad.
Travis es unos centímetros más alto que yo, está en forma —se nota incluso bajo el chaleco ceñido—, su tez es clara pero algo bronceada, y sus ojos son de un azul intenso muy claro. Siempre anda impecable y en sus labios suele relucir una sonrisa pícara. Otra cosa que debo admitir es que tiene un rostro sumamente atractivo.
Hay que ser conscientes de que el hombre es más que un 10.
Rupert y el señor Masson se adentran en la oficina, donde los espera Jon. Sigo en lo mío. Agarro uno de los tomates que están en la cesta a mi lado, lo coloco sobre la tabla de madera, pongo la hoja del cuchillo encima y presiono para cortar una rodaja. Así continúo hasta picarlos todos, y luego empiezo con los pimentones, que corto en juliana. Puedo ver que en ese momento Rupert sale de la oficina y se detiene cerca de Naomi.
—El señor Masson quiere para almorzar chuletas de cerdo con ensalada César, salsa y puré de papas —le informa.
—Claro, señor, ya lo preparo —responde Naomi.
Después se acerca a mí.
—¿Qué haces?
«¿Estás ciego?» es lo que me provoca responderle.
—Como podrá ver, estoy picando unos pimentones. Estoy bastante ocupada —hablo sin mirarlo y paso mi muñeca por la frente, simulando secar un sudor inexistente—. Luego debo picar unos…
Me interrumpe.
—Ah, qué bien. El jefe quiere su cappuccino. ¿Puedes preparárselo?
Me dan ganas de zapatear.
Lo observo un momento y muerdo mi labio superior, tragándome las ganas de contestarle de mala manera. ¿Acaso no ve que estoy ocupada? Pero el jefe habló y hay que obedecer.
—Sí, por supuesto —respondo un minuto después, sonriendo sin ganas.
Él sonríe.
—Gracias, Evans.
—De nada, señor.
Se retira y yo voy a lavarme las manos. Luego preparo el cappuccino para mi adorado jefe. Cuando está listo, me dirijo a la oficina. Doy dos toques en la puerta y, al escuchar la voz de Jon decir “Adelante”, giro la manilla y entro e inmediatamente percibo el aroma del perfume de mis dos jefes.
La oficina es bastante amplia, con ventanas que tienen persianas, un escritorio grande, una mini sala con sofás de terciopelo negro y detalles plateados, un mini bar y paredes color beige. La verdad, una oficina muy agradable.
Veo a Jon sentado en uno de los sofás negros, hablando por teléfono, y al señor Masson sentado frente al escritorio, usando la computadora.
—Buenas, señor. Aquí está su cappuccino —dejo la taza sobre el platillo al lado de su computadora.
No dice nada, no agradece. Solo permanece concentrado en la pantalla. Ni siquiera levanta la mirada.
«Tómalo con calma, Barbra.»
No agrego nada más, me doy la vuelta y me dirijo a la puerta; pero cuando voy a agarrar la manilla, escucho su voz. Aparto la mano, cierro el puño y maldigo entre dientes.
—Señorita Evans —escucho su voz gruesa.
Me giro con calma, lo miro y dejo relucir lentamente una sonrisa falsa. Con pasos lentos me acerco y me detengo frente a él.
—Dígame, jefe.
—Le falta azúcar —informa, mirándome fijamente con sus ojos azules y el rostro fruncido.
Me inclino hacia adelante, tomo la taza mientras él me observa.
—Ya lo arreglo, señor —suelto de mala gana, casi volteándole los ojos.
—Bien —es lo único que dice y baja la mirada de nuevo a la computadora—. Que sea rápido —ordena.
Lo miro con el rostro fruncido.
—Por favor —pronuncio por él.
Veo cómo eleva la mirada nuevamente hacia mí con gesto serio. Tuerzo los ojos, me giro y salgo de la oficina. Al estar en la cocina, me dirijo al envase de azúcar, le agrego un poco con una cucharita, remuevo en círculos y, sin tocar la puerta, entro de nuevo. Me acerco al escritorio, dejo la taza sobre la mesa y lo miro. Él ya lo hace.
—Espero que le guste, señor —sonrío con falsedad.
El pelinegro toma la taza, la lleva a sus labios, da un trago y me mira fijamente.
—Mucho mejor.
—Barbra, ¿estarás muy ocupada esta tarde? —pregunta Jon levantándose del sofá y deteniéndose a mi lado.
Me vuelvo hacia él.
—Bueno, sí, tengo que ir a una reunión con unos amigos —miento.
Jon asiente.
—El señor Masson y yo tendremos que viajar hoy —mira su reloj—. Y debe ser temprano, ya que debemos estar mañana aquí en la ciudad. Me preguntaba si puedes hacernos un favor.
Trago saliva y miro a mi jefe.
—¿Qué necesitan? —observo de nuevo a Jon.
—Necesitamos que te quedes y supervises unos encargos de comida que vienen al restaurante —informa Jon.
«Barbra la supervisora, un nuevo cargo.»
Lo miro un momento.
—¿A qué hora vienen?
—Sobre la 01:30 a. m. Te lo pedimos a ti porque te vemos de confianza.
Aww. Imbéciles. Es perfecto, tengo que madrugar aquí. Barbra Evans, la burra de carga.
—Está bien, a esa hora estaré. Adiós —me giro para irme.
—¿Estás molesta? —cuestiona mi jefe.
Me doy la vuelta.
—No, para nada. Estoy tan feliz. ¿Otra cosa más, señores? —inquiero con seriedad, mirándolos a ambos.
—Sí —habla de nuevo mi jefe, observándome detenidamente con el rostro fruncido.
—¿Qué?
Puedo ver que recorre mi cuerpo con su mirada azul.
—Debe usar el pantalón negro del uniforme, no jeans, señorita. Recuerde que este es un restaurante prestigioso que todo Boston y otras ciudades de Estados Unidos conocen. Por lo tanto, los empleados deben dar el ejemplo tanto dentro como fuera de las instalaciones.
Miro mis jeans y luego a él.
—Bien —suelto despreocupada.
Giro sobre mis talones y me marcho de la oficina, cerrando la puerta detrás de mí. En ese momento veo que Ricardo se acerca.
—Dios mío, Barbra —Ric se detiene a mi lado sonriendo—. Se te ve tan feliz, como si te hubieran dado un aumento.
Resoplo.
—¡Lo odio! —exclamo entre dientes—. Es un idiota, me provoca destriparlo como a una cucaracha.
—¿A quién odias? —escucho la voz de mi jefe detrás de mí.
Abro mucho los ojos y miro a Ricardo, quien ya lo observa.
—Buenas tardes, señor —y sin decir nada más, mi amigo se retira.
Me giro y lo miro.
—El calor… es horrible… —trato de sonar convincente—. Nos vemos —me alejo de él casi corriendo.
—Señorita Evans —escucho que me llama.
Me detengo y me volteo.
—Dígame —lo observo.
—Las llaves de la puerta trasera —muestra un manojo—. El camión vendrá por el estacionamiento.
Me acerco, abro la palma de mi mano y él las deja allí.
—Cualquier cosa, acude a Milo.
Asiento.
—Claro —me retiro de su vista, lo más lejos posible de él.
Debes aprender a decir no, Barbra. Realmente sí estoy ocupada después del trabajo. Tengo que ensayar mis rutinas, eso es muy pero muy importante, ya que todos los días hago presentaciones delante de muchas personas y debo hacerlo impecable. Me tendré que partir en dos.





