Matrimonio Muerto: Venganza en Nochevieja

No fui directamente a la casa de mi suegra al llegar al pueblo. En lugar de eso, le pedí al taxista que me dejara en la plaza principal. El lugar estaba lleno de vida, con gente preparando los puestos para la celebración de la noche. Era un pueblo pequeño donde todos se conocían, un ecosistema cerrado perfecto para mis planes.

Entré a la cantina más concurrida, un lugar rústico con paredes de adobe y un fuerte olor a tequila y cerveza. Todos los ojos se posaron en mí, el forastero con traje caro. Me acerqué a la barra.

"Una ronda para todos," anuncié en voz alta, poniendo un fajo de billetes sobre la madera gastada. "Yo invito. ¡Feliz Año Nuevo!"

El murmullo inicial se convirtió en vítores. Los hombres me dieron palmadas en la espalda, me ofrecieron sus asientos. Compré otra ronda, y luego otra. Escuché sus historias, sus problemas, sus quejas sobre el alcalde y la falta de servicios. Me presenté como Ricky Morales, el esposo de Sofía, la hija de Elena. Los rostros se iluminaron con reconocimiento.

"¡Ah, el abogado de la capital!" dijo un hombre mayor con un bigote espeso. "Su suegra siempre presume de usted."

Sonreí.

"Elena es una gran mujer. Y este pueblo es maravilloso. De hecho, he estado pensando…"

Hice una pausa dramática, asegurándome de tener la atención de todos.

"He notado que la iluminación de la plaza es muy pobre. Y el área de juegos para los niños… francamente, es un peligro. Los niños de este pueblo merecen algo mejor."

Se hizo un silencio. Los hombres asintieron con gravedad. Era una queja vieja, un problema que ningún político local había querido o podido solucionar.

"Así que he decidido," continué, mi voz resonando en la cantina, "que como regalo de Año Nuevo para el pueblo que ha acogido a mi familia, voy a donar los fondos necesarios para instalar un nuevo sistema de iluminación en toda la plaza y para construir un parque de juegos completamente nuevo y seguro para los niños."

El silencio se rompió con una explosión de aplausos y gritos de júbilo. El dueño de la cantina casi me abraza. El hombre del bigote me estrechó la mano con tanta fuerza que pensé que me rompería los dedos. En menos de una hora, me había convertido en el héroe del pueblo. El generoso yerno de doña Elena, el hombre que se preocupaba por ellos. Estaba construyendo mi ejército de testigos.

Justo en ese momento, la puerta de la cantina se abrió de golpe. Eran Elena y Sofía. Sus rostros eran una máscara de furia mal disimulada.

"¡Ricardo!" exclamó Elena, su voz un silbido agudo. "¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¡Te hemos estado esperando en la casa!"

Sofía se quedó un paso atrás, con los brazos cruzados, mirándome como si fuera un idiota.

Antes de que pudiera responder, el hombre del bigote se levantó.

"Con todo respeto, doña Elena, su yerno es un santo. ¡Nos va a poner luces nuevas y un parque para los niños!"

La cara de Elena se contorsionó. Podía ver la batalla en sus ojos: la furia por mi despilfarro contra la necesidad de mantener las apariencias frente a sus vecinos.

"¿Regalando nuestro dinero?" me siseó en voz baja, acercándose a mí para que solo yo la oyera.

Sonreí con amabilidad, pero hablé lo suficientemente alto para que los más cercanos escucharan.

"Nuestro dinero, Elena. Pero es para una buena causa. Para la comunidad. Para que todos vean lo generosa que es la familia Morales. ¿O acaso prefieres que piensen que somos unos tacaños?"

La atrapé. Su rostro enrojeció. No podía decir que no sin quedar como una avara frente a todo el pueblo. Se vio obligada a sonreír, una mueca horrible y forzada.

"No, claro que no, Ricky, mi amor. Es… es un gesto muy noble de tu parte. Muy noble."

Sofía finalmente se movió. Se acercó y me tomó del brazo, su toque ahora repulsivo. Su sonrisa era tan falsa como la de su madre.

"Mi amor, qué sorpresa tan bonita. Pero ya vámonos a la casa, ¿sí? La comida se va a enfriar."

Intentaba proyectar la imagen de la esposa amorosa y preocupada, la que calma las aguas. Pero yo veía a través de su actuación. Vi la complicidad en sus ojos, el pánico apenas contenido.

Justo cuando nos disponíamos a salir, un joven desaliñado y nervioso entró a la cantina. Era Mateo, el hermano de Sofía. Tenía los ojos hundidos y la piel pálida. Parecía que no había dormido en días.

"Mamá, Sofía," dijo, su voz temblorosa. "Necesito hablar con ustedes. Es urgente."

Elena lo fulminó con la mirada.

"Ahora no, Mateo. Estamos ocupados."

Pero Mateo insistió, su desesperación era palpable.

"Es sobre el dinero. Me están presionando."

Elena lo agarró del brazo y lo sacó de la cantina con brusquedad, siseando entre dientes. Sofía y yo los seguimos. La breve calma se había roto. La disfuncionalidad de esa familia estaba saliendo a la superficie, pieza por pieza. Y yo estaba allí para asegurarme de que todo se derrumbara.

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