Más Fuerte que el Dolor

Sofía Valderrama apretó los puños, el corazón hecho pedazos pero la mente clara.

Usó sus ahorros, cada centavo, y movió algunos contactos.

Consiguió una supuesta beca de arte en Florencia, Italia, para Isabella Rossi.

Isabella era la amante de su esposo, Alejandro Montoya.

Sofía solo quería alejarla.

Ingenuamente, esperaba que Alejandro recapacitara, que volviera a ser el hombre del que se enamoró.

Esa misma noche, la venganza de Alejandro fue una tormenta.

Su influencia era vasta, un imperio construido sobre café y cemento.

Desempolvó un viejo caso fiscal, olvidado, contra Eduardo Valderrama, el padre de Sofía.

Eduardo era un juez jubilado, un hombre de reputación impecable, astuto y previsor.

De repente, el teléfono de Sofía sonó.

Era una videollamada.

En la pantalla, sus padres, Eduardo y Carmen, estaban en una celda.

Fría, gris, desoladora.

Acusados de fraude.

Un cronómetro digital apareció en la esquina de la pantalla, una cuenta regresiva implacable.

Cincuenta y nueve minutos.

Al otro lado, la voz de Alejandro, suave como el terciopelo, pero con un filo de acero.

"Dime, mi amor, ¿dónde está mi capricho?"

"La ubicación de Isabella, o tus padres se pudrirán en la cárcel, su nombre arrastrado por el lodo."

"Tienes cincuenta y nueve minutos."

Sofía se derrumbó.

Las lágrimas corrían sin control.

Recordó el principio.

Alejandro, el caballero.

Serenatas de mariachis bajo su balcón en Bogotá.

Viajes románticos a Villa de Leyva, sus calles empedradas, el aire fresco.

Promesas de amor eterno, grabadas en candados de metal en el Cerro de Monserrate, la ciudad a sus pies.

Su padre, Eduardo, nunca confió.

La opulencia de Alejandro, su intensidad casi febril, le parecían una fachada.

Antes de la boda, Eduardo puso una condición, innegociable.

Usando su conocimiento legal, su astucia de viejo juez, hizo que Alejandro constituyera un fideicomiso.

Irrevocable.

A nombre de Sofía.

El fideicomiso incluía una hacienda cafetera, valiosa, productiva, en el corazón del Eje Cafetero.

También un edificio de apartamentos en La Candelaria, el barrio histórico de Bogotá, lleno de encanto y turistas.

Activos que pasarían al control total y absoluto de Sofía.

La cláusula era clara: "grave incumplimiento de los deberes conyugales, incluyendo la infidelidad pública y notoria".

Era la carta secreta de Eduardo.

Su escudo para proteger a su única hija.

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