Regresé al salón de la subasta, cada paso era una tortura.
El precio del vídeo había subido a una cifra obscena, una humillación pública que valía una fortuna.
El subastador me miró, su voz untuosa resonando en el silencio expectante.
"Señorita Lucía, su familia tiene un fondo especial para estas ocasiones, ¿desea usarlo para retirar el lote?"
Era una trampa. Si lo compraba, admitía la vergüenza. Si no lo hacía, el vídeo sería de quien pagara más.
Todos los ojos estaban sobre mí, esperando mi colapso.
Vi a Mateo, su mandíbula tensa, una mirada de triunfo cruel en sus ojos.
Vi a Javier, su expresión era de falsa compasión, un lobo disfrazado de cordero.
Y vi a Sofía, aferrada al brazo de Mateo, susurrándole algo al oído, una pequeña sonrisa victoriosa en sus labios.
"No", mi voz salió sorprendentemente firme, clara en el silencio del salón.
"No voy a comprarlo."
Un murmullo recorrió la sala.
Mateo se puso de pie de un salto, su rostro enrojecido por la furia.
"¿Qué has dicho? ¿No tienes vergüenza? ¿Vas a dejar que todo el mundo vea esa porquería?"
Lo miré directamente, el dolor en mi pecho se había transformado en un hielo afilado.
"La vergüenza", dije lentamente, "debería ser para quien crea, distribuye y disfruta de la miseria ajena."
Me di la vuelta y salí del salón, dejando atrás el caos, el murmullo y la mirada atónita de los dos hombres que habían destruido mi vida.
Mi teléfono sonó mientras caminaba sin rumbo por las calles frías de Sevilla.
Era Javier.
"Lucía, lo siento mucho, Mateo se ha pasado de la raya", su voz era suave, calculada.
No respondí.
"Pero tienes que entender, le debemos mucho a la madre de Sofía, y el puesto en el Ballet Nacional... es lo mínimo que podemos hacer por ella."
La manipulación era tan obvia, tan descarada.
"Sofía se merece esa oportunidad, Lucía, y tú... tú eres fuerte, encontrarás otra cosa."
Una risa amarga escapó de mis labios.
"De acuerdo, Javier", dije, mi voz vacía de toda emoción. "El puesto es suyo."
"Sabía que lo entenderías, eres una buena chica."
Colgué el teléfono.
Sin dudarlo, borré su número, luego el de Mateo.
Eliminé sus fotos, sus mensajes, dieciocho años de una vida compartida borrados en segundos.
Justo en ese momento, una notificación apareció en mi pantalla.
Un correo electrónico de Antonio Vargas, el director de la compañía de flamenco más prestigiosa de Londres.
Me ofrecían un puesto como bailaora principal para su nueva gira mundial.
Sin pensarlo dos veces, acepté.
España, Sevilla, Mateo, Javier... todo podía arder en el infierno.





