La puerta se cerró de un portazo que hizo temblar los cuadros en la pared.
"¡Estoy harto de tus putos dramas, Sofía! ¡Harto!"
La voz de Mateo rebotó en el pequeño departamento, cargada de una furia que ya me resultaba demasiado familiar.
Lo vi alejarse por el pasillo, su espalda tensa, sus pasos pesados y decididos. Cada portazo era una puntuación en la misma discusión de siempre.
Yo me quedé parada en medio de la sala, con el corazón latiéndome a mil por hora, no por miedo, sino por un agotamiento que me llegaba hasta los huesos.
Inmediatamente, como si fueran un coro invisible, unas letras doradas comenzaron a flotar en el aire frente a mí.
[Vamos, el chico solo está un poco estresado por su música. Un genio como él necesita paciencia.]
[Exacto, Sofía debería ser más comprensiva. Mateo la ama, solo que lo demuestra a su manera.]
Ignoré los comentarios. Ya me había acostumbrado a su presencia, a esa narrativa externa que siempre, sin importar lo que pasara, justificaba a Mateo. Eran la voz del guion, el guion de una historia en la que yo era la protagonista comprensiva y él, el talentoso pero atormentado artista.
Pero hoy, la comprensión se me había acabado.
Me dejé caer en el sofá, el cuerpo pesado, la mente en blanco. Ya no quería pelear. Ya no quería razonar. Solo quería silencio. Un silencio real, sin portazos y sin comentarios dorados diciéndome cómo sentirme.
Habíamos discutido porque le pedí que me ayudara a pagar la renta de este mes. Yo había tenido menos proyectos de diseño gráfico y el dinero no alcanzaba. Su respuesta fue una explosión. Me acusó de no creer en su carrera, de presionarlo, de ser una materialista que no entendía el alma de un artista.
El alma de un artista que vivía de mi trabajo desde hacía un año.
El silencio duró poco. Apenas media hora después, la puerta se abrió de nuevo. No con un portazo, sino con un chirrido lento.
Mateo entró, pero su furia se había transformado en una melancolía dramática. Se pasó una mano por el pelo, despeinándolo con un gesto estudiado.
"No puedo componer" , dijo con la voz rota, mirándome con esos ojos de perro abandonado que tan bien sabía usar.
No respondí. Me quedé mirándolo, esperando.
"Necesito mi guitarra. La que vi el otro día. La edición limitada. Sin ella, la inspiración no viene, Sofi. Es como si mi alma estuviera vacía" .
Esa guitarra costaba más de tres meses de mi sueldo.
"Mateo, no tenemos dinero para la renta" , dije, mi voz sonando plana, sin emoción.
Su rostro se contrajo. La tristeza se convirtió en ira en un parpadeo.
"¡Siempre es el puto dinero contigo! ¡No lo entiendes! ¡Esto es mi futuro! ¡Nuestro futuro!"
Se acercó a la mesita de centro, donde estaba el jarrón que mi abuela me había regalado. Lo tomó con manos temblorosas.
"¿Ves esto? ¡Son solo cosas! ¡Cosas materiales que te importan más que mi arte, más que yo!"
Y antes de que pudiera decir nada, lo arrojó contra la pared.
El sonido del cristal haciéndose añicos fue agudo y violento. Pedazos de cerámica azul volaron por todas partes.
Yo me encogí en el sofá, un pequeño fragmento me rozó la mejilla, dejando un ardor caliente.
Mateo me miró, respirando agitadamente. Pero en sus ojos no había arrepentimiento, solo más acusación.
"¿Ves lo que me haces hacer?" , siseó, señalando el desastre. "Tú me provocas. Siempre me llevas al límite" .
Me toqué la mejilla. Sentía un pequeño hilo de sangre. No era nada grave, pero el peso de la escena me aplastó. El jarrón roto, el ardor en mi cara, el hombre que amaba culpándome por su propia violencia.
Estaba tan, tan cansada.
[Pobrecito Mateo, está tan frustrado. Ella no lo apoya en nada.]
[Ahora seguro Sofía lo consuela y le promete que conseguirán la guitarra. Así es el amor verdadero.]
Ignoré las letras doradas y cerré los ojos, deseando desaparecer.





