Maridos intercambiados: ¿se puede cambiar el destino?

A la mañana siguiente, Graciela y Elena salieron con regalos bien envueltos para visitar a los Sergioley.

El almuerzo se desarrolló con una armonía impecable: cada gesto estaba pulido y cada palabra, medida con cuidado.

Al retirar los platos, Valeria Sergioley, la madre de Teo y Sebastián, esbozó una suave sonrisa. "Son muy dulces. No hace falta que se queden encerradas con nosotros toda la tarde. Ya que están todos aquí, ¿por qué no salen a divertirse un rato?".

Su sugerencia obtuvo un acuerdo unánime, y Graciela se levantó de su asiento, alisándose la falda antes de seguir a los demás.

Poco después, el comedor quedó desierto.

"Graciela". El timbre grave de la voz de Sebastián rompió el silencio. Se presentó a su lado sin previo aviso, con una expresión indescifrable. "Ven conmigo".

Antes de que ella pudiera articular palabra, él ya se había vuelto y se alejaba a zancadas largas.

Sin alternativa, se apresuró a seguirlo, los tacones repiqueteando suavemente al entrar en el Estudio.

La puerta se cerró tras él con un clic, y el sonido amortiguado le hizo trizas la compostura. De pronto, se vio arrastrada de nuevo a los horrores de su vida pasada.

Cada vez que Teo perdía la paciencia con su rebeldía, la arrastraba a una habitación, se despojaba de la máscara de dulzura y desataba su crueldad: su cinturón golpeaba una y otra vez hasta que la piel de ella ardía y se llenaba de ronchas. Aquella punzada fantasma aún la atormentaba, lo bastante intensa como para robarle el aliento.

Un temblor recorrió su cuerpo mientras retrocedía un paso por instinto, el pulso martilleándole en los oídos.

Sebastián captó su reacción de sobresalto y se detuvo, manteniendo una distancia calculada entre ellos. "Tranquila", declaró con calma. "No voy a tocarte. Algunas conversaciones es mejor tenerlas en privado".

Graciela aspiró hondo y se serenó, apretando los dedos hasta formar un puño. "Lo entiendo", musitó.

Incluso ahora, no había logrado escapar por completo al miedo que Teo le había grabado.

Reuniendo sus pensamientos, estudió el rostro imperturbable de Sebastián que tenía delante.

En su vida anterior, sus caminos solo se habían cruzado en dos ocasiones: una durante el compromiso concertado entre las dos familias, y otra tras su devastador accidente automovilístico, cuando quedó marcado y confinado a una silla de ruedas. En aquel entonces solo lo había divisado a distancia.

A diferencia del hombre destrozado y humillado en que se había convertido en su vida pasada, esta versión de Sebastián aún conservaba la aguda confianza de un hombre al que la caída no había afectado.

Medía un metro noventa, su pelo peinado hacia atrás captaba la luz y la camisa oscura que se ceñía a su cuerpo resaltaba sus anchos hombros. Las mangas remangadas dejaban al descubierto unos antebrazos delgados y poderosos que hablaban de fuerza y control.

"¿Qué quieres?", preguntó Graciela, bajando los ojos por instinto.

Un escalofrío le recorrió la piel al darse cuenta: si alguien como él optaba por la violencia, ella no tendría forma de defenderse.

Sebastián se dirigió hacia el escritorio con paso firme y sin prisas. Sacó un documento, lo colocó sobre la superficie y afirmó sin rodeos: "Aclaremos las cosas. Puede que haya aceptado este matrimonio, pero no hay afecto entre nosotros".

Graciela ya sabía que había otra persona en su corazón.

"Supongo que aceptas este matrimonio solo porque tienes que hacerlo". Sebastián le acercó el documento con aire plácido, casi distante. "Antes de que se disuelva este matrimonio, espero que respetes los términos del acuerdo. En público, actuaremos como una pareja dedicada. A puerta cerrada, no te tocaré ni me entrometeré en tus asuntos. La misma cortesía debe ser recíproca: tú te mantendrás al margen de los míos".

Graciela levantó la cabeza, con un destello de urgencia en la voz. "Espera, ¿en serio?".

Algo en su reacción le pareció extraño.

Sebastián arqueó una ceja, con una leve diversión brillando en sus ojos. "Casi pareces ansiosa".

"En absoluto". Se mordió el labio inferior mientras agarraba el acuerdo y empezaba a leerlo con atención. Las cláusulas eran concisas e imparciales, y detallaban las expectativas y los límites de su matrimonio concertado en términos crudos y prácticos.

No puso objeciones. Su mano se cernió sobre el acuerdo, la pluma lista para firmar, pero vaciló en el último instante.

Sebastián frunció el ceño. "¿Qué ocurre? ¿Hay algo que no esté claro?".

Ella alzó la vista hacia él. "Si continúo con mi investigación después de que nos casemos, no interferirás, ¿verdad?".

Una leve sonrisa cómplice se esbozó en sus labios. "Por supuesto que no. Nuestras vidas seguirán separadas".

Antes de que ella pudiera responder, su teléfono vibró. Contestó, y su tono cambió al instante: bajo, suave, casi tierno. "No te estreses. Enviaré a alguien enseguida. Solo estoy terminando aquí, saldré en breve".

La calidez de su voz no se parecía en nada al tono distante que utilizaba con Graciela, lo que revelaba lo mucho que la otra persona significaba para él.

Sintiéndose extrañamente en paz, Graciela tomó la pluma y firmó con rapidez.

Cuando Sebastián terminó la llamada y se volvió, notó que su firma ya estaba puesta. Siguió un leve asentimiento. "Te lo agradezco".

Sobre el escritorio había dos copias del acuerdo; ella tomó la suya y la guardó con cuidado en el bolso.

Con todo finalizado, Sebastián no mostró intención de quedarse. Recogió el acuerdo firmado, lo guardó y le abrió la puerta.

Al salir del Estudio, Graciela percibió que el pasillo estaba en silencio: no había rastro de Teo ni de Elena.

"Parece que se fueron a alguna parte", observó Sebastián con tono mesurado. "¿Cómo piensas volver? ¿Quieres que te envíe un auto?".

Se mantuvo a unos pasos de distancia, con una postura correcta aunque distante. La distancia educada entre ellos parecía deliberada: él había sido directo desde el principio, estableciendo líneas claras que ninguno de los dos debía cruzar.

Por extraño que pareciera, aquella contención hizo que Graciela relajara los hombros. Por primera vez en el día, experimentó que podía respirar un poco más tranquila.

Tras haber soportado los juegos psicológicos y el control asfixiante de Teo en su vida pasada, anhelaba a alguien estable como Sebastián.

Con él, podría liberarse del control de su familia y centrarse en su investigación en paz.

Una vez que su matrimonio siguiera su curso, por fin sería libre para vivir como quisiera.

"No hace falta". Su tono era tranquilo pero distante. "Yo misma llamaré a un taxi. Gracias de todos modos".

Sebastián inclinó la cabeza en señal de reconocimiento, con expresión indescifrable, y se alejó sin añadir nada más.

Graciela rechazó la cortés oferta del mayordomo de enviar un auto y optó por marcharse sola.

Al cruzar el jardín, aminoró el paso al filtrarse unas débiles voces entre los setos recortados.

"Tranquila, Elena. No me parezco en nada a Sebastián. Puede que él se case por obligación, pero mis sentimientos por ti son reales". La voz de Teo cortó el aire inmóvil.

Graciela se puso rígida por instinto, conteniendo la respiración.

Un escalofrío familiar le recorrió la espalda: nunca había dejado de temerle.

Se quedó paralizada donde estaba, temiendo incluso respirar.

Entre las hojas que se mecían, pudo ver la tierna sonrisa de Teo mientras colocaba un delicado collar alrededor del cuello de Elena. "Deja que te ayude con esto", susurró en voz baja.

Elena se sonrojó y dijo con voz ligera y tímida: "Como quieras".

Pero como estaba de espaldas, nunca se percató del destello de crueldad que atravesó los ojos de él como una cuchilla.

El evidente favoritismo de Andrés ya la había marcado como el futuro del negocio familiar. Para Teo, eso simplemente convertía a Elena en el peón perfecto para su propio juego de poder. Graciela, por su parte, vivía callada en su propio mundo, la típica erudita introvertida que pasaba la mayor parte de sus días encerrada en un laboratorio de investigación.

Elena se pasó los dedos por la joya que llevaba al cuello, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

En su vida pasada, se había casado con Sebastián con la esperanza de que el afecto pudiera florecer a partir del deber, de que algún día serían felices juntos.

En cambio, su matrimonio no fue más que un arreglo gélido. Cada elección equivocada la hundió más en la ruina, hasta que llegó el final: sola, en la sala de partos, su vida se desvanecía con el niño que nunca llegó a tener en brazos.

Esta vez eligió a Teo, el hombre que parecía bastante amable.

Cuando llegara el día de la boda, juró eclipsar a Graciela en todos los sentidos.

"Se está haciendo tarde. Deja que te lleve a casa", murmuró Teo, con los ojos suaves mientras sonreía.

"De acuerdo". Elena deslizó su mano en la de él sin vacilar, el corazón henchido de satisfacción.

Desde el sendero opuesto, la pareja partió junta.

Oculta bajo el tenue dosel de los árboles, a Graciela casi se le doblaron las piernas y apoyó una mano temblorosa contra la áspera piedra que tenía al lado.

Cuando por fin se le estabilizó el pulso, se enderezó y anduvo hacia la entrada.

Allí, en la entrada, Teo sostenía la puerta del auto abierta con su habitual elegancia pulida, esperando a que Elena subiera con una sonrisa radiante.

A través de la ventanilla tintada, Elena miró hacia atrás: sus ojos destellaban con un deleite engreído, y una sonrisa socarrona se curvó en sus labios mientras contemplaba el rostro demacrado y dolido de Graciela.

Imaginó que Graciela ya contaba con el acuerdo firmado por Sebastián. La felicidad no era algo destinado a ella, no en esta vida.

Al ver cómo el auto se perdía en la distancia, Graciela no experimentó más que un tranquilo y agotado alivio. Esta vez, lo que la unía a Teo por fin había concluido.

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