Manual para domar a un jefe arrogante

El lunes llegó más rápido de lo que Marina hubiera querido. A las 7:45 en punto, atravesaba de nuevo las puertas de cristal de Ruiz & Partners, esta vez como empleada. Llevaba un conjunto sobrio -blanco y azul marino-, el cabello recogido en una cola tirante, y esa expresión serena que utilizaba cuando prefería no demostrar nada. Sabía que estaba entrando a la boca del lobo, y no tenía intención de parecer asustada.

-Oficina 2805. El señor Ruiz ya está ahí -le indicó una joven recepcionista al entregarle su gafete temporal.

El piso 28 tenía un aire diferente. Las puertas eran de madera oscura, las luces más tenues, y el silencio era casi reverencial. Marina caminó por el pasillo alfombrado como quien entra a un templo, hasta que vio la puerta con una placa metálica:

Mateo Ruiz – Dirección General

Junto a ella, un pequeño cubículo acristalado y vacío: su escritorio.

Inspiró, levantó la barbilla y tocó dos veces la puerta.

-Pase -respondió una voz seca desde dentro.

Entró.

La oficina era amplia, decorada en tonos grises y negros. No había fotos personales, ni diplomas colgados. Solo una gran mesa de roble, una estantería minimalista y una vista imponente de la ciudad. Mateo estaba de pie junto al ventanal, como la primera vez, revisando algo en su teléfono.

-Buenos días -dijo Marina, firme.

Él giró el rostro apenas lo suficiente para mirarla.

-Siete cuarenta y nueve. Empieza bien -comentó, sin emoción.

-¿Qué esperaba? ¿Que llegara tarde a propósito para que pudiera despedirme antes de firmar contrato?

Mateo levantó la vista del teléfono. Sus ojos grises brillaron con una chispa fugaz.

-No lo había pensado. Pero gracias por la sugerencia.

Marina sonrió con una inclinación de cabeza.

-Siempre dispuesta a ayudar.

Él se acercó a su escritorio, dejó el teléfono y la observó un segundo demasiado largo.

-Aquí no hay lugar para errores, ni para discursos. Usted será mi sombra. Silenciosa, precisa, invisible. ¿Entendido?

-¿Invisible? Vaya, me equivoqué de empleo. Pensé que venía a ser asistente, no fantasma -respondió sin perder la compostura.

Mateo ladeó la cabeza. Su mirada no era molesta, era analítica. Como si estuviera desmenuzando cada palabra para encontrar un motivo para atacarla.

-Le guste o no, esto no es un concurso de carisma. Mis asistentes anteriores lo entendieron tarde. Por eso están fuera.

-Quizás porque confundieron respeto con sumisión -replicó Marina.

Un silencio denso cayó entre ambos. Él caminó hasta quedar frente a su escritorio, a un metro de ella.

-¿Cuál es su objetivo aquí, Ortega?

-Trabajar. Hacerlo bien. Y no dejar que me pisoteen mientras lo hago.

Mateo soltó una leve risa. La primera vez que hacía un sonido que no pareciera una sentencia.

-Curioso. Dice eso como si yo fuera el villano de esta historia.

-¿Y no lo es?

-No me interesa ser el héroe -dijo él, volviendo a su silla-. Solo el que hace que las cosas funcionen.

-Entonces dígame cómo quiere que funcione nuestra dinámica, jefe -dijo Marina, recalcando la última palabra con un dejo sarcástico-. Porque si mi trabajo es hacerlo todo sin hablar, sin fallar y sin respirar... tal vez debí venir en forma de robot.

Mateo cruzó los brazos, con expresión serena, pero la tensión en su mandíbula lo delataba.

-Le recomiendo que baje el tono antes de que se queme en su primer día.

-Y yo le recomiendo que empiece a tratar a las personas como personas -contestó Marina, esta vez sin suavizar la voz-. Porque por mucho poder que tenga, sigue necesitando humanos para que su empresa siga en pie.

El silencio se volvió casi violento. Solo se escuchaba el leve zumbido del aire acondicionado. Mateo no se movió. Solo la miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera evaluando una amenaza más compleja de lo esperado.

-¿Terminó?

-Por ahora, sí -respondió Marina, cruzando los brazos.

Mateo se puso de pie con una calma que solo alguien acostumbrado al control podía tener. Rodeó el escritorio y se detuvo junto a ella, con una cercanía que no era física, pero sí intimidante.

-Está advertida, Ortega. No toleraré faltas de respeto ni actitudes rebeldes. Usted juega con fuego, y aquí los que se queman, desaparecen.

-Entonces empiece a comprar extintores -contestó Marina, sonriendo con una calma insolente.

Él parpadeó, apenas, y luego retrocedió.

-Tiene cinco minutos para instalarse. Después empezamos con la revisión del cronograma semanal. No quiero interrupciones, ni comentarios innecesarios. Solo resultados.

Y salió.

Marina soltó el aire que había estado conteniendo. ¿Qué demonios acababa de pasar? Había entrado a una oficina, y parecía haber salido de un campo de batalla.

Se dirigió a su nuevo escritorio, aún vacío. En lugar de sentirse intimidada, sentía un hormigueo en el estómago. No de miedo. De desafío. Como si su presencia allí no fuera un accidente, sino una guerra que estaba destinada a librar.

El resto de la mañana fue una sucesión de órdenes frías y tareas milimétricamente definidas. Mateo apenas la miraba, pero cuando lo hacía, sus ojos eran como rayos X. Marina se mantenía firme, precisa, anotando todo, ejecutando con eficiencia, pero sin perder su esencia. A las once en punto, él exigió su café. Marina se lo entregó sin decir palabra... pero con una pequeña nota adhesiva en el vaso que decía: "Para el CEO más amable del mundo (sólo en el multiverso)."

Mateo la leyó. No dijo nada. Solo levantó la mirada un segundo, como si no supiera si reír o despedirla.

Al final del día, cuando todos empezaban a marcharse, Mateo aún seguía en su oficina. Marina organizaba los papeles del día siguiente cuando él la llamó con voz seca:

-Ortega.

Ella entró. Él seguía revisando informes, sin levantar la cabeza.

-¿Qué opina de la junta de mañana con los de AmbarTech?

-Creo que los van a intentar impresionar con cifras, pero esconden un agujero financiero. Si usted quiere asociarse, más le vale exigirles transparencia antes de firmar.

Mateo la miró por primera vez en horas.

-¿Y cómo sabe eso?

-Una de las secretarias de AmbarTech filtró información en redes. No es pública aún, pero está allí. Solo hay que saber buscar.

Mateo frunció el ceño. No estaba acostumbrado a que sus asistentes se anticiparan, mucho menos con información que él no tenía.

-Tiene instinto, Ortega.

-Y usted una coraza que no le deja ver cuándo lo están rodeando.

Otra pausa. Otra guerra silenciosa de miradas. Luego, Mateo volvió a enfocarse en los papeles.

-Puede irse.

Marina asintió. Salió con paso firme y la frente en alto. Sabía que el primer round había terminado. No había ganado, pero tampoco había perdido.

Y en una empresa donde nadie duraba más de seis meses como su asistente, eso ya era una victoria.

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