Al día siguiente, la puerta del taller se abrió y entró Isabel, seguida de un joven que no tendría más de veinticinco años. Vestía un traje caro y miraba todo con aire de superioridad.
"Atención todos", anunció Isabel con una voz anormalmente alegre. "Quiero presentaros a Javier. Es mi nuevo Director de Innovación. Va a modernizar el taller y llevarnos al siguiente nivel."
Javier nos dedicó una sonrisa condescendiente.
"Un placer", dijo, sin mirarnos realmente a los ojos.
Isabel continuó. "Javier ganará 5.000 euros al mes, porque el talento hay que pagarlo. Él necesita el mejor espacio para crear, así que, Mateo, a partir de hoy, este será su banco de trabajo."
Señaló mi banco. Mi espacio. El lugar donde había creado cientos de guitarras, donde cada herramienta tenía su sitio exacto.
"Tú puedes instalarte en ese rincón, junto al almacén", añadió, señalando una esquina oscura y polvorienta.
Sentí cómo la sangre se me helaba. Todos en el taller se quedaron en silencio. Era una humillación pública.
"Además", concluyó Isabel, mirándome fijamente, "tu primera tarea será enseñarle a Javier todos tus secretos. Quiero que aprenda del mejor, aunque sea para superarte."
Javier se acercó a mi banco y cogió una de mis gubias, sopesándola en su mano como si fuera un juguete.
"No te preocupes, abuelo", me dijo con una risita. "Aprenderé rápido. Le daré un toque moderno a tus antiguallas."
Tragué saliva, apretando los puños. El amor secreto que sentía por Isabel, ese sentimiento tonto que me había mantenido aquí aguantando todo, se estaba convirtiendo en cenizas.
Sin decir una palabra, empecé a recoger mis herramientas. Cada una de ellas era una extensión de mis manos. Moverlas de su sitio era como si me estuvieran amputando una parte de mí.
Carmen se acercó para ayudarme, con los ojos llenos de rabia contenida.
"No tienes que aguantar esto, Mateo."
"Tengo que hacerlo", respondí en voz baja, más para convencerme a mí mismo que a ella.





