Mafia: Guerra entre Familias

—Sr. Wellington —Alan Paterson se levantó del sillón—. Es un gusto verlo aquí.

La llegada de Edward Wellington hizo que Marianne se sintiera confinada, aumentando su tensión. Ella desvió la mirada hacia otro lado, ni siquiera se atrevía a respirar ansiosamente en ese momento.

—Estaba discutiendo algunos negocios aquí, y escuché que tú también estabas aquí. Tomé un pequeño desvío. —La voz profunda de Edward Wellington resonó cuando se acercó al sofá. Alto y rubio, de ojos azules, y un cuerpo muy bien tonificado.

—Ah, acabamos de empezar también... Ah, claro, ella es Marianne Cooper. —Alan Paterson la presentó—. Representante de Baker, S.A. Encargada de tramitar la compra-venta de Red Pulse.

Marianne no se atrevía a mirarlo. La mirada fría de Edward la hacía sentir muy incómoda.

—Ya veo. Quiero una copia del contrato para mañana en la tarde, con todos los detalles. —miró de soslayo a Marianne, solo por unos segundos—. No quiero interrumpir la negociación. Pueden continuar, me despido —y sin pausa, se marchó caminando por donde había regresado.

Después de su partida, Marianne apretó los puños con fuerza. Su rostro estaba pálido y el sudor frio que le corría por la espalda aún no se había disipado; ni siquiera podía mantenerse erguida en el sillón.

—Srta. Cooper. —dijo Alan Paterson dándose cuenta de la expresión angustiada en el rostro de Marianne—. ¿Se encuentra bien?

—Disculpe. —dijo Marianne. Resopló—. Olvidé un documento en mi auto. Si me podría permitir que vaya a buscarlo.

—Claro, claro. No hay ningún problema…

Marianne no esperó que Alan Paterson terminara de hablar y se levantó del sillón. Hizo una leve inclinación con la cabeza, se dio media vuelta y casi corriendo se marchó del lugar por la puerta donde había entrado.

Ella salió apresuradamente de Red Pulse, con destino a su auto. Se detuvo en la entrada, sobre el rellano de la escalinata. Respiró profundamente, aun se encontraba tensa. Se relajó, buscó con la mirada su auto, al verlo empezó a descender de la escalinata. Pero un auto mucho más lujoso se detuvo ante ella, con una de las puertas de los asientos traseros abriéndose rápidamente. Sentado en el asiento trasero, elegantemente. La mirada fría de Edward Wellington eran como la de un juez.

—Srta. Cooper. —el asistente del Sr. Wellington apareció de repente—. Mi jefe le gustaría invitarla a subir al auto. —dijo cortésmente, parándose a su lado.

—Discúlpeme, no hay necesidad. —Marianne retrocedió un paso—. He venido en mi propio auto.

—Srta. Cooper. —el asistente de Edward dio un paso para bloquear su huida—. El Sr. Wellington solo quiere hablar con usted. Sería mejor si simplemente aceptara la invitación. Hay muchas personas y el Sr. Wellington se sentiría humillado si alguien rechazara su invitación.

Marianne estaba acorralada. Se paró frente al auto, como si el auto fuera un infierno.

—Por favor. —insistió el asistente como si fuera la última petición.

Marianne apretó los dientes y se subió al auto. El asistente cerró la puerta bruscamente, sobresaltando a Marianne que ya estaba sentada enfrente de Edward.

El asistente se sentó en el asiento del conductor y miró a Marianne desde el espejo retrovisor. No pudo evitar despertar su interés sobre quien era realmente Marianne Cooper.

—¿A dónde le gustaría ir, Sr. Wellington? —preguntó el asistente.

—Isla Roseton —respondió Edward sin mirarlo, tenía su mirada fija en Marianne Cooper.

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