Madame Medianoche

Irene Brunet caminaba por los pasillos del hotel como si fuera propio, pero lo cierto era que no le interesaba en lo más mínimo de quién fuera mientras ella se encargara de orden dentro del lugar.

Casi todos recurrían a ella cuando algo no iba bien, y eso le agradaba por completo. Sus cabellos recogidos y castaños daban a entender que era una persona pulcra y ordenada, responsable y siempre puntual.

Eran todos los sinónimos que podían usar para halagarla, y lo habían hecho infinidad de veces, de eso no podía quejarse en lo más mínimo, de hecho amaba mucho que los demás vieran en ella algo que los inspirara.

El sonido de sus tacones se hacía eco en todo el pasillo, eran plenas seis y cuarto de la mañana, pero allí estaba como un clavel, preparada para atender a cualquiera que necesitara ser guiado o cualquier cosa en general.

Ella les daba la bienvenida a todos, pero también se turnaba, a veces era recepcionista, otras camarera y luego estaba en la entrada para recibir a quienes fueran los futuros huéspedes.

Estas personas siempre eran amables con ella y recurrían a su persona cuando algo no iba bien, eran del tipo de gente que solo se guiaba por la gente de confianza, ya que el tener dinero no dejaba muchas amistades, y se hacía difícil distinguir entre alguien que quisiera ayudar desinteresadamente y alguien a quien en realidad le interesara por completo lo valioso que pudieran poseer.

Algunos empleados lo que hacían era solo sacar provecho de los huéspedes, y eso era algo que no debía de ser permitido para nada, era casi por completo deplorable. Irene decidió que lo próximo que haría sería estar muy atenta a lo que hacían los demás trabajadores para poder así acusarlos con toda la seguridad del mundo, ya que odiaba a quienes solo hacían lo posible por sacarle dinero a otras personas.

Por supuesto, nadie sabía que ella trabajaba de noche en un club de bailarinas exóticas, y aunque tenía eso en su contra, no esperaría que ninguno de sus compañeros de trabajo pudieran saber algo sobre eso, era simplemente algo estúpido de pensar, pero le generaba cierto temor que no estaba dispuesta a admitir abiertamente.

Sin embargo, lo que no le parecía, no le parecería nunca más, así que ahí estaba, buscando hasta el más mínimo detalle para ver si se equivocaban y cometían algún error, pero eran muy precavidos.

Ese día le tocaba servir como camarera, así que por eso rondaba las habitaciones, pero quizá sus tacones la delataban demasiado como para encontrar a alguien infraganti. Quería, por supuesto, encontrar la manera de servir a los demás sin tener que pasar por la vergüenza de espiar a sus compañeros.

Se cruzó de brazos al solo pensar en que debían de estar planeando algo cuando se encontraban tan callados, pero nunca le decían nada a ella porque bien sabían lo delicada que era, lo correcta que podía llegar a ser en cuanto a su trabajo, entonces al no congeniar, solo se habían alejado sin parecer tener algún objetivo en común, ni nada en común solo porque ellos eran más jóvenes.

Tampoco era que ella fuera muy vieja, en realidad solo tenía veintisiete años, pero los demás decidían exagerar cuando les convenía, cosa que no tenía el menor de los sentidos, pero cuando se trataba de alguna cosa de menor importancia, entonces todo cobraba vida, le hablaban como a una igual más.

Todo aquello se sentía de lo peor, como si de verdad no pudieran pasar un rato sin hacer de las suyas, pero ella trataba de siempre ver el lado bueno de la vida, si se concentraba en lo que la hacía sentir mal, entonces terminaría hecha un mar de lágrimas, cuando lo que quería lograr era ser una mujer exitosa, y aunque ya lo era, no estaba nadando en dinero precisamente.

Muchos podrían pensar que su estilo de vida era algo por completo diferente a cualquiera que pudiera darse una mujer a la cual en serio le tuviera que haber ido bien con  su simple empleo de hotelera.

Alguien como ella, a pesar de que pudiera haberse esforzado demasiado, muy pocas cosas querían decir que fuera una chica llena de dinero, y tampoco era como si se pudiera ganar demasiado dinero solo siendo parte de ese hotel como una simple empleada, y por muy bueno que pudiera ser su trabajo, no le pagarían una fortuna solo por atender a los demás, eso era algo inaceptable.

Se suponía que Irene era una de las mujeres que tenían más poderes en en ese lugar, pero seguía siendo solo una empleada, no alguien quien en serio tuviera algo más que un poco de palabra entre ese montón de personas estiradas que no harían nada más que cosas de las cales muchas personas no serían capaces.

Las personas de dinero no se rebajarían a ser camarera, a tener que cambiar las sábanas de alguien más, no harían cosas como esas jamás, y quizá era lo que la diferenciaba de los demás.

Las personas exitosas jamás harían algo como eso, solo querían hacer de la vida algo fulminante, no como si quisieran de verdad hacer las cosas para que todos estuvieran bien con eso, y darlo todo parecía ser el mantra de ella, lo cual siempre se lo repetía en la mente, queriendo dar solo la mejor versión de sí ante todo, era lo que los clientes merecían, y aunque no era su hotel, el Lander merecía tratar a quienes iban a él de la mejor manera.

Irene era una persona demasiado increíble, de eso no cabía la menor duda.

Cuando Ricarda, una de las mujeres de limpieza la vio mientras se encargaba de sacar la basura, la miró con bastante interés, como si de verdad tuviera algo que decirle, pero solo le sonrió con intenciones de seguir adelante con la rutina, cosa que le extrañó un poco, pero no dijo nada.

—Buen día ¿Cómo le va hoy, querida?— fue lo que dijo ella, mientras aspiraba el suelo.

La castaña solo la miró con amabilidad y le contestó como haría con cualquier otra persona, pero con ella tenía cierto cariño acumulado por haber compartido tanto tiempo juntas en aquel empleo, era algo hermoso poder decir que se había conocido a una persona por algunos años y ya pertenecía al tipo de personas a las cuales querría en su vida solo porque siempre le sumaban en vez de restarle. A ella también la excluían los más jóvenes de sus conversaciones, la excluían de todo lo que tuviera que ver con socializar solo porque pensaban que no era suficiente como para hablar con ellos, sin ninguna razón aparente.

—Me va excelente ¿Y a ti? ¿Te ayudo con algo?— quiso saber de inmediato, ya que de verdad estaba intrigada por la manera en la cual la saludó momentos atrás.

Se le veía en los ojos que quería decirle algo, pero no podía adivinar sin que ella le diera un camino el cual seguir para continuar con lo que pudiera significar aquello.

—Bien, lo diré. El jefe no quiere verla más por aquí— comentó ella, mirando al suelo, como si lo que acababa de decir fuera simplemente un crimen.

—¿Cómo?— dijo ella, frunciendo el ceño sin comprender del todo.

—Lo que dije, lo siento, Irene— siguió la mujer, quien ya no encontraba donde meterse para pasar aquella vergüenza de tener que ser ella quien le dijera solo porque los demás no le querían informar algo de esa magnitud.

—Lo escuché hablando por teléfono, quiere que te dediques cien por ciento a tratar con cierto tipo de clientes, en especial hacer lo que él ordene... No comprendo muy bien a qué se refiere, pero creo que tampoco me gustaría saber más a profundidad—.

—Él me había comentado algo parecido... Pero ¿Por qué lo sientes?— quiso saber la chica más joven.

—Porque ya no podré verte como antes, ya no podremos hablar tanto y será de verdad triste, también estarás a la merced de las arpías de nuestros compañeros— comentó con el semblante muy triste, como si eso fuera mínimamente cierto.

—Escucha, nada de eso va a pasar, Ricarda, de verdad que te estás creando todo un escenario en el cual solo vas a perder, y no es para nada así, te lo aseguro— comentó ella, quien de verdad estaba un poco impactada porque la mujer no solía tener ese tipo de bajones.

La mujer entonces trató de sonreír, pero le salió solo una simple mueca que no podía controlar, entonces ella la tomó por los hombros y le hizo saber que todo estaría más que bien, que lo lograrían y que a pesar de que no eran las amigas más íntimas, por lo menos continuarían hablando sin que necesariamente estuvieran demás personas de por medio intentando separarlas.

Ricarda era una mujer demasiado gentil y bondadosa que no merecía ser excluida, peor lo era de cierta manera, entonces ella quería siempre ayudarla a que no se dejara influir por los malos comentarios, los cuales no hacían nada más que destruir la confianza que cualquiera pudiera construir, de verdad se sentía un tanto extraño siquiera tener algo que ver con aquellas personas, peor no tenían por qué dejarse derrotar por comentarios que no tenían nada que ver con la empatía.

Se supone que ellas dos había soportado tantos malos comentarios que ya nada de lo que les dijeran podía afectarles, y eso quería demostrarle a la mujer, a la cual pensaba que ya le había sembrado algo de bondad dentro del corazón, había echado sus raíces y ahora debía de comprender que era una más como ella y que jamás haría algo para molestar a los demás.

Ricarda entonces asintió, tratado de comprender que a pesar de que pasara el tiempo, no debía de comportarse como una intensa, sino todo lo contrario, era alguien a quien de verdad le tenían toda la fe del mundo.

Se supone que ellos no tenían por qué hacer tantos esfuerzos para lograr hacer algunas cosas, pero el hecho era que no tenían demasiado dinero como para decir que ya no harían eso que les generó en algún punto un poco de sustento.

Se encontraba en un punto de su vida en el cual ya no le agradaba tener que estar rogando para que le dieran atención, así que decidió que de ahí en más actuaría como ella quería y nadie más.

Varias veces ya había comprendido que la vida no era como se la esperaba a veces en la imaginación, de hecho no se parecía en nada.

Lo que trataba de hacer Irene con sus decisiones era simplemente tratar de animar a la mujer para que hiciera cosas de las cuales se sintiera orgullosa, sin importar si seguía siendo del personal de limpieza del hotel, eso era lo de menos en realidad.

Si bien, en ciertas ocasiones, las cosas no estarían del todo bien, por lo menos podrían mandar otro tipo de quejas a sí mismas, ya que no importaba demasiado lo que se tuviera que hacer cuando se trataba de generar aunque fuera un poco de sustento, ellas eran las únicas responsables de su destino, así debían de haberlas criado en vez de solo meterles ideas en la cabeza como que deberían de dar su mano a un hombre y depender de este toda la vida, eso era algo que jamás se permitiría hacer.

Irene tomó el rostro lloroso de su amiga y le hizo prometer que en realidad nunca más volvería a pensar así de ella, como que era un simple reemplazo porque no era para nada así.

La mujer solo asintió con la cabeza y comenzó a pensar que podía tener algo de valor dentro de sí, no quería ser el tipo de molestias en las que pensaran las personas para evitar ir a un lugar, como le había sucedido muchas veces antes, cosa que no era muy justa que se diga, peor si a alguien no le gustaba siquiera las facciones de un empleado, prefería no asistir a ese lugar una vez más, cosa que era ridícula por demás.

Las personas con más poder en la vida eran del tipo a las que no se les podía decir absolutamente nada porque entonces ya se sentían expuestas, ya se sentían como que su vida iba a salir a la luz, que ya todos los empleados eran malos por permitir que ciertos detalles se escaparan de sus manos, entre otras cosas.

Irene tuvo que ir a la oficina de su jefe momentos después, dejando a la mujer allí en la habitación pensando en su vida, reflexionando sobre quién era ella en realidad y qué quería hacer con su vida, cosa que no parecía estar demasiado clara en una persona que debería ya tener el panorama claro para los años que tenía.

Algunas veces se había sentido encerrada consigo, peor eso era porque no podía opinar en algunos aspectos que consideraba cruciales para el hotel, sin embargo, no era razón para meter la renuncia.

Cuando ella fue hasta la oficina, tocó un par de veces en la puerta, así que su jefe le dio el permiso para pasar de nuevo, pero ya esta no quería estar en ese lugar, por alguna razón.

El aire se había vuelto algo denso, cosa que de verdad se sentía un tanto incómodo, pero al estar allí de pie frente al hombre de cabellos negros ondulados, podía decir que había algo que quería que hiciera por él.

—Dígame, señor ¿En qué puedo servirle?— fue lo que preguntó ella con una pequeña sonrisa llena de mucha emoción, como si quisiera ser amable incluso cuando no podía hacerlo, era casi como actuar.

—Hey, Irene, quería saber cómo estabas, además de que tenemos cosas de las cuales hablar— terminó por decir el de metro noventa y siete.

Ella se quedó un tanto pasmada, pero se sentó frente a su escritorio, pretendiendo que aquello no le afectaba, pero era más que claro que las cosas eran así, nada diferente desde que la habían contratado, no había ni un solo signo de que allí tuviera algo distinto el aire, porque no era así para nada.

Si bien, ciertos días se había preocupado por tener que actuar como su jefe quisiera, luego aprendió que en realidad podía ser ella misma sin la necesidad de tener que cambiar nada, que podía expresarse tal cual quisiera porque nunca le dirían nada, peor de cierta manera, el miedo por ser ellos mismos y mostrar sus secretos seguían allí en pie, como si pudieran colgarlos solo por tener opiniones diferentes, cuando no era para nada así.

Ella simplemente estuvo un buen tiempo tratando de que sus opiniones fueran escuchadas, hasta que todos a su alrededor comprendieron lo que era hacer eso, llevar por completo las riendas de ciertas partes de cada uno, ya que si no querían siquiera figurar un poco en lo que tuvieran por expresar en el trabajo, entonces no servían de nada como empleados, y esa era una verdad más grande que un templo.

Algunas veces sentía que sus opiniones no estaban bien, pero debía de esforzarse por hacer que los demás pudieran creer que aquello podía ser cierto, que podían de verdad hacerle justicia a cada uno de sus apellidos.

Algunas cosas que querían salir de su boca en esos momentos no lo hacían, peor sabía que solo era cuestión de un poco de confianza en sí misma.

—Todo va bien, gracias por preguntar ¿Qué quería comentarme?— preguntó ella sin rodeos, pues realmente no le importaba nada más que lo que tuviera que decirle en cuanto a lo laboral.

—Bien, solo quería decir que e gustaría que a partir de mañana comenzaras a hacer otro tipo de trabajos, no el que has estado haciendo hasta ahora— dijo él con las manos cruzadas sobre la mesa.

—¿Por qué? ¿He hecho algo mal?— siguió queriendo saber ella, pero el hombre solo sonrió ladino.

—No has hecho nada que sea de mi desagrado, simplemente quiero que tengas en cuenta que eres una excelente trabajadora, y como tal, debo premiarte con algún ascenso ¿No crees?—.

Al mencionar aquello, las cosas cambiaron un poco y el ambiente ya no estaba tan denso, como si en el se pudiera incrustar un cuchillo, sino que parecía solo brisa de la mañana.

—Vaya, de verdad le agradezco mucho por esforzarse conmigo, es un gran gesto, y lo siento por no ser la mejor chica que le hubiera gustado tener, pero que sepa que en realidad estoy muy comprometida con hacer que el hotel quede siempre bien, de eso puede estar seguro—.

—No lo sientas, por favor, si eres de verdad brillante con todo lo que se te ocurre, no pienses que solo lo digo por adularte, pues todo lo que digo de alguna manera es verdad, solo debes aceptarlo dentro de ti—.

—Es usted una muy buena persona, gracias por esto, sin embargo, todavía no me ha dicho de qué trata mi nuevo cargo...— ante esto, el hombre pareció temblar un poco, pero se aclaró la garganta antes de que pudiera sacarlo de contexto totalmente.

—Bien, lo que quiero que hagas es estar conmigo a modo de secretaria personal y también que mires a los demás empleados, quisiera que fueras la gerente, quien me mantenga al tanto de todo lo que ocurre dentro de estas instalaciones ¿Crees que puedas hacer eso?— preguntó mirándola directo a los ojos, de manera que no tuvo más oportunidad sino simplemente asentir sin poder creer que en serio la estuviera tomando en cuenta para algo como eso.

—Gracias, jefe, de verdad es increíble la manera en la que trata a sus empleados... Por supuesto que acepto el reto, trataré de siempre llevarle el mejor servicio sea donde sea que se encuentre, se lo aseguro— dijo ella con una sonrisa llena de confianza.

—Me consta que siempre tratas de dar todo de ti, entonces lo único que me importa más que nada es que sigas haciendo un buen trabajo— fue lo que expresó el hombre, quien hacía hasta lo imposible por tener algo para decir, como tener la última palabra.

Ella asintió y entonces ambos se dieron un apretón de manos para sellar el pacto, y aunque jamás se vio siendo gerente de un hotel, por lo menos podía sentirse plena con lo que hacía, así que un bonito sentimiento se instaló en su pecho con ganas de salir para que los demás también pudieran hacer algo bueno de todo aquello.

Irene no podía contener su sonrisa mientras caminaba por los pasillos del hotel, sabiendo que en realidad tenía un nuevo cargo en el cual haría lo posible por complacer a su jefe en lo que le había pedido, como si supiera que de algún modo quería decirle algunas de esas cosas que más le molestaba.

Ahora todos debían de tener pies de cristal en lo que respectaba a actuar frente a ella de alguna manera que no fuera lo correcto, y ahí se divertiría demasiado con las personas que no querían cooperar de ninguna manera, era algo extraordinario por completo.

Respiró un par de veces luego de lavar su cara en el baño, pues estaba demasiado emocionada por tener que ser la mujer que se encargara de la mayoría de los asuntos importantes del hotel, era como un sueño hecho por completo realidad, simplemente mágico.

No siempre había podido alzar su voz cuando quiso, entonces era el momento para dejar que todos esos sentimientos salieran a la superficie con una razón de ser que pudiera brindarle aunque fuera un poco de paz.

Cuando salió del sanitario, la estaban esperando dos de las chicas que se crían que por ser bonitas tenían al mundo a sus pies, cuando nada que ver con eso, pero trabajaban juntas, así que no había manera en el mundo en la cual pudieran evitarse.

Estas solo la miraron por encima del hombro y no la saludaron, pero ella decidió tomar la iniciativa.

—¿Acaso no saludan a su nueva gerente? Anotaré eso en la lista de strikes, tienen hasta tres para salir de aquí sin el menor de los miramientos, y no creo que sea agradable para nadie tener que darles la despedida— dijo la castaña, y entonces captó la atención de las dos chicas, quienes solo fruncieron el ceño, pero Irene decidió seguir su camino con una sonrisa de autosuficiencia.

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