Luna: Rescate de un Padre

A la mañana siguiente, Ricardo no se despertó con la alarma de las seis de la mañana. Se despertó a las diez, cuando los rayos del sol se colaron por la ventana y le dieron en la cara. Se estiró en la cama con una pereza deliciosa, un lujo que no se había permitido en años. El lado de Sofía en la cama estaba vacío y frío. Seguramente se había ido a trabajar furiosa. Mejor.

Bajó las escaleras en pijama. La casa estaba en silencio. En la cocina, había una nota en el refrigerador. "Fui a dejar a Luna a la escuela. Hay cereal. Tenemos que hablar seriamente esta noche". La letra de Sofía era tensa y enojada. Ricardo arrugó la nota y la tiró a la basura. Abrió el refrigerador, sacó huevos, tocino y jugo. Se preparó un desayuno de campeón, algo que no hacía desde que era soltero.

Se sentó a la mesa y comió lentamente, saboreando cada bocado. Luego, encendió la consola de videojuegos que había estado acumulando polvo en el estudio. Pasó las siguientes horas matando zombis y conquistando galaxias, con el volumen a tope. La libertad era embriagadora.

Sofía llegó a casa pasadas las seis de la tarde. Entró a la sala y se quedó paralizada al ver a Ricardo en el sofá, con el control en la mano, todavía en pijama.

"¿Todavía no te has vestido?", preguntó, su voz cargada de incredulidad.

"No tuve tiempo", respondió Ricardo sin quitar la vista de la pantalla. "Estaba ocupado salvando al universo".

Sofía apretó los labios. Llevaba una semana así. Una semana de Ricardo durmiendo hasta tarde, jugando videojuegos y sin hacer el más mínimo esfuerzo por buscar trabajo. Al principio, ella pensó que era una broma, una especie de rabieta infantil. Pero la determinación en la mirada de Ricardo le decía que esto era real. El pánico comenzaba a instalarse en su pecho.

"Ricardo, esto no es gracioso. Me llegó el estado de cuenta de la tarjeta de crédito. Está hasta el tope".

"Ah, sí. La usé para comprar unas expansiones del juego. Son geniales".

Sofía sintió que la cabeza le iba a explotar.

"¿Estás demente? ¡Tenemos que pagar la hipoteca a fin de mes! ¡Son treinta mil pesos! ¡Y el seguro del coche son otros cinco mil! ¡Y la colegiatura de Luna son diez mil! ¡Y la comida! ¡Y la luz! ¡Y el gas! ¿De dónde vamos a sacar ese dinero?".

Ricardo finalmente pausó el juego y la miró. Su expresión era de una calma exasperante.

"No sé, Sofía. Tú eres la administradora de la casa, ¿no? Siempre has sido tan buena manejando el dinero. Especialmente cuando se trata de tu hermanito".

El golpe dio en el blanco. La cara de Sofía se enrojeció de furia.

"¡No metas a mi hermano en esto!".

"¿Por qué no? Él es parte fundamental de nuestra economía familiar. A ver, hagamos cuentas. ¿Cuánto le diste para el 'negocio' de las fundas de celular? ¿Cien mil? ¿Doscientos mil? ¿Recuerdas los cincuenta mil para su viaje a Cancún para 'encontrar inspiración'? ¿O los treinta mil para 'reparar' el coche que chocó? Si sumamos todo, creo que Miguel podría pagarnos la hipoteca por los próximos diez años".

"¡Él es mi familia! ¡Tenía que ayudarlo!".

"¿Y yo qué soy, Sofía? ¿Y Luna? ¿Nosotras no somos tu familia? Cuando te pedí dinero para la terapia de Luna, dijiste que no alcanzaba. Pero dos días después, le transferiste a Miguel para que se comprara la nueva consola de videojuegos. ¿Eso te parece justo?".

Sofía se quedó sin palabras. Las verdades de Ricardo eran como bofetadas, una tras otra. Nunca se había atrevido a hablarle así. Siempre había sido el esposo comprensivo, el que agachaba la cabeza y trabajaba más duro para compensar los desfalcos de ella.

"Tú... tú eres un egoísta", balbuceó, las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Eran lágrimas de rabia, no de arrepentimiento.

"No, Sofía. Simplemente me cansé de ser tu cajero automático personal y el de tu familia. Si quieres dinero, pídeselo a Miguel. Dile que ahora te mantenga él. A ver qué tan generoso es el 'emprendedor'".

Esa fue la gota que derramó el vaso. Con un grito de furia, Sofía agarró el tazón de fruta de la mesa de centro y lo arrojó contra la pared. Las manzanas y los plátanos se estrellaron, manchando la pintura blanca.

"¡Te odio!", gritó, con la cara congestionada por el llanto. "¡Me largo de aquí! ¡No voy a vivir con un fracasado!".

Corrió escaleras arriba, y minutos después bajó con una maleta. Pasó junto a Ricardo sin mirarlo y salió de la casa, cerrando la puerta con un portazo que hizo vibrar los cristales. Ricardo no se movió. Escuchó el motor del coche encenderse y alejarse.

Se quedó mirando la mancha de fruta en la pared. Podría limpiarla, pero decidió no hacerlo. La dejaría ahí, como un trofeo. Un recordatorio de su primera victoria.

Miró el reloj. Eran casi las siete. Luna salía de su clase de ballet. Con una calma que no había sentido en mucho tiempo, Ricardo se levantó, se puso unos jeans y una camiseta, tomó las llaves de su viejo coche y salió a recoger a su hija. Mientras conducía, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. La parte más difícil apenas comenzaba, pero por primera vez, sentía que estaba en el camino correcto.

Cuando llegó a la academia de ballet, vio a Luna sentada en la banqueta, esperándolo. La niña corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.

"Papi, ¿y mi mamá?".

"Tu mamá tuvo que salir, mi amor", dijo Ricardo, levantándola en brazos y besando su frente. "Pero no te preocupes. Papá está aquí".

Luna recostó su cabeza en su hombro. En ese momento, Ricardo supo que todo lo que estaba haciendo, todo el caos y el dolor que iba a causar, valía la pena por proteger a esa pequeña personita.

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