El recuerdo de la vida pasada era una herida abierta, y las palabras de Camila eran sal pura sobre ella.
Cada palabra de su mensaje era un eco de la humillación que sufrí, de la cadena de derrotas que me llevó a la ruina.
En mi vida anterior, estas competencias preliminares eran una tortura.
En la primera prueba, Camila me superó por exactamente cinco puntos.
Ella se acercó a mí después, con esa sonrisa condescendiente que tanto odiaba.
"Cinco puntos, Sofía. Qué lástima, casi me alcanzas. Para la próxima, quizá deberías esforzarte un poco más."
Yo, ingenua, creí que era una coincidencia, que simplemente ella había tenido un mejor desempeño.
Me esforcé el doble para la segunda prueba, revisé cada detalle, pulí cada concepto hasta la perfección.
Estaba segura de que esta vez sería diferente.
Pero el resultado fue el mismo.
Camila: 95. Sofía: 90.
Otra vez, cinco puntos de diferencia.
"Vaya, vaya, otros cinco puntos," dijo Camila, su voz goteando falsa simpatía mientras pasaba a mi lado.
"Parece que el cinco es tu número de la mala suerte, ¿o será el mío de la buena suerte? No te preocupes, Sofía, alguien tiene que ser la eterna segundona."
Sus palabras me golpeaban, pero la necesidad de salvar a mis padres era más fuerte que mi orgullo herido.
Ignoré sus burlas, me concentré, me dije a mí misma que el jurado era justo, que el concurso final era el que importaba.
Llegó la tercera prueba, la última antes de la gran final.
Me encerré durante días, apenas comía, apenas dormía, mi proyecto era impecable, innovador, audaz.
No había forma, lógicamente, de que pudiera perder.
El día de los resultados, sentía un nudo en el estómago.
Las puntuaciones aparecieron en la pantalla grande del auditorio.
Busqué mi nombre, luego el de ella.
Y ahí estaba.
Camila: 98. Sofía: 93.
Cinco puntos.
Otra vez.
La misma diferencia matemática, precisa, insultante.
Era imposible.
No era una coincidencia, era un patrón.
Camila se acercó, su risa era como un taladro en mi cabeza.
"¿Qué te dije, Sofía? Estás destinada al fracaso. Mientras tú te matas trabajando, yo ya sé el resultado. Deberías rendirte, por el bien de tus pobres padres, ¿no crees? Darles falsas esperanzas es muy cruel de tu parte."
La mención de mis padres me rompió.
La frustración, la impotencia y la rabia se mezclaron en un cóctel venenoso.
¿Cómo lo hacía? ¿Cómo era posible?
Aun así, no me rendí.
Era la final, era todo o nada.
Me presenté al concurso final con el corazón hecho pedazos pero con la determinación de un soldado en su última batalla.
Presenté mi proyecto, "Renacer Urbano", una propuesta para revitalizar los barrios olvidados de la ciudad, un diseño lleno de esperanza, mi propia esperanza reflejada en el concreto y el acero.
El resultado final fue anunciado en una gran ceremonia.
El presentador abrió el sobre.
"Y la ganadora del prestigioso concurso de diseño urbano, con un premio de cinco millones de pesos, es... ¡Camila Ortiz!"
El aplauso fue ensordecedor.
Mi mundo se quedó en silencio.
Vi a Camila subir al escenario, aceptar el cheque gigante, sonreír a las cámaras.
Luego, su mirada encontró la mía entre la multitud.
Levantó el cheque ligeramente, y con sus labios, sin emitir sonido, pronunció dos palabras: "Cinco puntos."
Mi cuerpo se sintió pesado, la derrota fue absoluta.
Esa noche, el hospital llamó.
Mi madre había sufrido una crisis.
Mi padre la siguió poco después.
Ahora, en esta nueva vida, con el recuerdo fresco y doloroso de esa catástrofe, sabía que no podía seguir el mismo camino.
No podía permitir que la historia se repitiera.
La rabia que sentí en mi vida pasada se transformó en una calma fría y calculadora.
Ya no era la víctima ingenua.
Era una sobreviviente con el conocimiento del futuro.
Y esta vez, iba a usarlo.





