La noche estaba envuelta en sombras, las luces de la ciudad parpadeando a lo lejos, como si presintieran la tormenta que se acercaba. Yo, Shin-yu, me movía en silencio, la adrenalina corriendo por mis venas. El terreno enemigo estaba a la vista: un almacén abandonado, rodeado de hombres armados, listos para defender lo que creían suyo.
Con un gesto sutil, señalé a mis hombres. La máscara de piel ocultaba mi verdadero rostro. El primer disparo resonó como un trueno, rompiendo el silencio. Avancé, los músculos tensos, cada paso cargado de determinación. La silueta de un enemigo apareció en mi mira; apreté el gatillo. El impacto fue satisfactorio, un recordatorio de lo que estaba en juego.
Más disparos se oyeron, las balas cortando el aire. Las voces de mis hombres se mezclaban con los gritos y los sonidos de las armas, creando una sinfonía de caos. Me movía con precisión, esquivando un ataque mientras respondía con la fuerza de un hombre decidido a conquistar.
Sentí el calor de la batalla, la excitación creciendo a medida que el territorio se volvía nuestro. Un último enemigo se interpuso en mi camino, pero con un movimiento rápido, terminé la pelea. El almacén, ahora en silencio, era un recordatorio del poder que llevábamos. El territorio era mío. La advertencia estaba hecha: nadie se interpone entre Shin-yu y lo que es suyo.





