Lo que llaman un amor desastroso [Libro II]

Lo que llaman un amor desastroso.

Capítulo 3: Por favor, se sincera.

—Lía Sellers—

Espabilo varias veces buscando la silueta de Alejandro, y no está. Ayer me pidió disculpas por como me habló, y dijo que saldría temprano. Mi madre quedó de venir hablar conmigo. Le pediré que sea ella quien aclare mis dudas. Me arrepentí de escuchar a mi hermana, por miedo tal vez.

—Buenos días, señorita —la chica del aseo me sonríe, y hago lo mismo. Ella es muy guapa, y tiene un buen trasero. «Mamá me daría un sermón si sabe que pienso esto». No le veo nada malo apreciar la belleza de una chica, y eso no me hace homosexual, como piensa mi hermana. Ella está demente—. ¿Desea que le traiga su desayuno? Hay banano con leche condensada y café. A usted le gusta.

—Eso del banano con leche condensada sonó a un pene con semen —no aguanta la risa y la deja salir—. Te juro lo pensé.

—Ay señorita, usted y sus ocurrencias —le pido que se siente en la cama, y lo hace—. Alejandro salió muy temprano, al parecer uno de los libros que salió a la venta lo están pidiendo y ya están agotados.

—Lo que llaman un amor prohibido. Lo leí con Alejo, pero no supe quién lo escribió —recuerdo—. Maite, ¿hace cuánto vivo aquí con Alejo?

Se levanta de la cama.

—Le diré a alguien que le traiga el desayuno. Que tenga un lindo día.

Y así como entró, desaparece. Se ha puesto muy extraña. Intento levantarme y siento un dolorcito en mi intimidad: Alejandro casi me destroza la vagina ayer. Me dolía tanto que le dije que se detuviera, porque de cierta manera, sentía como si en algún momento alguien me hubiera hecho tener sexo a la fuerza.

Escucho la voz de mamá y coloco mi mejor sonrisa para que no se le ocurra preguntar por qué mi cara de dolor. Segundos después entra a mi habitación, y como siempre está bien arreglada. Mamá nunca ha llegado a saludarme con un beso.

—Quiero que hablemos —hablo con firmeza—. Y por favor, sé sincera.

Se sienta en uno de mis muebles.

—Ayer hablé con mi hermana. Ya sé que no querías, pero debía hacerlo para despejar las dudas que hasta hora sigo teniendo —se remueve incómoda—. ¿Por qué me han dicho todo este tiempo que llevo meses viviendo con Alejandro?

—Porque así es —afirma.

—¡Claro que no! —Casi la grito, y mamá me mira—. Ya me dijo Berni que yo estoy enamorada de una chica llamada Betsy, me mostró fotos de ella y yo juntas, entonces, ¿por qué tú dices que llevo meses con Alejandro?

Se levanta, y con sus ojos cristalizados me dice;

—Llegó el momento de la verdad. Sí tuviste una relación con una chica llamada Betsy, pero tú te alejaste de ella porque te maltrataba, y estabas con ella por obligación. Tú misma llegaste a mí llorando antes del accidente, me decías que no te gustaban las chicas, y estabas con ella por sus amenazas —me le quedo viendo—. Cuando la dejaste, conociste a Alejo o Alejandro, como le digas, empezaron andar y un día te pidió casarte con él, y lo hiciste. Días después ocurrió el accidente, ese accidente donde por salvarlo a él casi pierdes la vida —se sopla nariz—. Los médicos nos dijeron que habías quedado en estado vegetal, y lloramos mucho, pero después llamamos otros médicos, y todos confirmaron que el doctor que te atendió se había equivocado de diagnóstico.

—¿Y por qué no recuerdo nada de lo que dices?

—Una contusión en tu cerebro es lo que evita que recuerdes todo lo que viviste antes. Tienes amnesia temporal, o puede que sea para siempre —saca una foto de su bolsa y ahí estoy yo con una cortada en mi cara—. Esa cortada que ves en tu mejilla, te la hizo Betsy cuanto la terminaste. Ella estaba obsesionada contigo, y no va a descansar hasta encontrarte y hacerte pagar que la hayas dejado.

¿Por qué no sentía que era la verdad? Veo a mamá llorar, y no siento lástima por ella. Betsy al parecer no es una chica buena, y no puedo dejar que se me acerque.

—Promete que digan lo que digan nunca vas a desconfiar de mí —aprieta mis manos—. Yo no quiero que nada empape mi amor por ti.

—Te lo prometo, mamá —me le quedo viendo y en sus ojos no hay algo que me indique que es una mentira lo que dice—. Quiero que sepas que no me alejaré de mi hermana.

—No te estoy diciendo que te alejes, solo tienes que saber que ella ha estado metida en un centro de rehabilitación, por alcohólica.

—Es mi hermana, y no me interesa si estuvo internada.

—Como quieras. Nos vemos luego, iré a hacer unos pendientes.

Se despide agitado sus manos, y me dejo caer en mi cama. —¡Arg!—, gruño al saber que pude estar con alguien que me causó tanto daño. Cómo pudo cortarme la cara, esa chica no debe ser normal.

(.....)

—Iré a la sección de golosinas —le informo a Alejandro. Estamos haciendo mercado, ya no tenemos nada para cocinar. Tomo una caja de cereal y al quedar el espacio puedo observar a la chica de cabello negro, y piel morena. Ella está sonriendo por algo que le ha dicho la chica con que está. «Betsy». Su sonrisa no parece de alguien que haya hecho tanto daño: se mira tan sincera. Mi mirada se encuentra con la de ella, y me hago a un lado para no verla.

Sigo tomando mis cosas, y puedo sentir el peso de una mirada sobre mí. Me volteo a mirar y casi choco con ella que está enfrente de mí. Me detalla con una sonrisa, y sus ojos cristalizados por las lágrimas. Debería sentir miedo por todo el daño que me hizo, pero no es así. Solo la miro y me puedo dar cuenta lo bonita que es. «No pareces alguien que haga daño».

—¿Me puedes dar un permiso? —le digo, su carrito no deja pasar el mío.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque quiero seguir viendo a la única chica que hace que mi corazón quiera salirse, y porque estás muy sexy con ese cabello rubio —se pasa la lengua por los labios, y eso me parece tan... ¡Por Dios! ¡Tengo dueño!

—Déjame pasar —le digo con simpleza—. Y deja de molestar con tus cosas.

—Lía, debemos hablar.

—No tengo nada que hablar contigo, y dame un permiso o empiezo a gritar.

Ya sé que eso es lo más pendejo que he dicho, pero tengo miedo de hacer alguna locura. Mi mamá me ha contado el daño que ella me hizo, y si ya una vez me hizo daño, una vez más le dará igual. La veo soltar el carrito y caminar hacia mí, retrocedo a medida que ella lo hace, y ya no puedo hacerlo más, mi espalda ha pegado a uno de los estantes.

Quiero salir corriendo cuando la tengo tan cerca de mí que puedo mirar lo profundo de sus ojos negros. No había sentido esta sensación de nervios ante alguien, y menos ante Alejandro. Siento mi pulso tan acelerado que temo que vaya a quedar tirada aquí mismo. Ella tiene su mirada clavada en la mía, y siento mis manos sudar.

—Ándale, grita —susurra, tomando un mechón de mi cabello—. Puedes gritar y te aseguro que vendrán a buscarte.

—No quiero que me hagas daño —aprieto mis ojos con fuerza, y los abro cuando Betsy acaricia mi mejilla—. Déjame ir.

—Jamás te haría daño. Necesitamos hablar, y no me iré de aquí si no vienes conmigo.

—No pienso ir contigo a ningún lado, vine con Alejandro y de aquí me voy con él. Tú no eres nadie para obligarme a ir contigo, ni siquiera sé quién eres —me enderezo, no quiero demostrarle miedo—. No eres más que una chica con locuras en esa cabezota.

—Esta chica es la única que has amado, y que te ha causado los mejores orgasmos que nunca nadie pudo causar —aprieta mi brazo—. Quise hablar por las buenas, pero me estás obligando a que te lleve a la fuerza.

—Pruébalo.

Y sin más me lleva a empujones del supermercado. Empiezo a gritar y ella muy sonriente le dice a todos que soy la hermana y que tengo serios problemas mentales. Por más gritos que doy, ella no me suelta y temo de lo que pueda pasar, o me pueda decir.

«Ay Dios, mis nervios».

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