POV´S MÍA
"Claro que jamás podría gustarme" Eso dijo él y yo solo pude intentar huir, fallando, pues mi cuerpo no se movía. Y es que hay verdades que nos dejan helados, ese era uno de esos casos.
Di un paso atrás y choqué con algo, pude escuchar mi corazón hacerse añicos, y pude verlos verme.
«¿Mi corazón sonó tan fuerte?» me pregunté y me di cuenta de que no fue mi corazón lo que escuché, sino una vasija que tiré al chocar contra la mesa que estaba detrás de mí.
—Yo... lo lamento, yo... no quería interrumpir —comencé a excusar nerviosa, hincándome en el suelo para recoger mi desastre—... lo siento mucho de verdad, limpiaré esto y compraré una vasija nueva, yo...
No pude decir más, pues comencé a llorar sin darme cuenta.
Varo se acercó a mí y preguntó si estaba bien, miré mis manos y, al darme cuenta que uno de mis dedos sangraba, pude contestar sin tener que dar dolorosas explicaciones.
—Sí, lo siento, me corté —dije—. ¡Maldición, como duele!
—Traeré una venda espera un segundo —dijo él y se fue por la venda.
Entonces yo me derrumbé por completo, llorando amargamente tirada en el piso, soportando un doloroso peso que mi corazón no lograba contener y que mis ojos derramaban en un líquido que quemaba mi interior y quemaba mis mejillas.
"¡Levántate! —decía mi conciencia—. Tienes que salir de aquí antes de que vuelva. Levántate"
Pero yo no tenía las fuerzas, yo solo podía estar sobre mí misma, llorando sobre mi desgracia.
—Vamos, Mía, te sacaré de aquí —dijo Tavo ofreciéndome su mano para ayudarme a salir de ese lugar.
Tomé la mano de Tavo y me dejé llevar por él a donde fuese que me llevara, pues yo solo quería que Varo no me viera en el estado deplorable en que me encontraba.
» ¿Estás bien? —me preguntó Octavio una vez que entramos al almacén que se encontraba al otro lado del jardín de la casa en que Varo, Tavo, Lisa y yo vivíamos justo en ese momento.
» Aquí no nos encontrará, todo está bien, todo está bien —aseguró mientras me atraía a su pecho en un abrazo y acariciaba mi cabeza.
Yo no podía hablar, no podía decir nada, las palabras simplemente no salían. Yo sólo lloré tanto como necesité y, rato después, cuando el llanto al fin terminó, Tavo me volvió a preguntar si me encontraba bien y yo negué con la cabeza, pues no lo estaba.
—Pero ya me cansé —expliqué en un sereno tono de voz, volviendo a pasar mis manos por mi rostro para deshacerme de los últimos rastros de mi dolor—... debo verme horrible.
Octavio se acercó mucho a mí, y me miró finamente mientras sostenía mi barbilla y empujaba mi cara de un lado a otro.
—Retiro lo dicho —informó confundiéndome, pues no entendía a lo que él se refería, o al menos no lo hice hasta que él completó—: ahora no te ves nada hermosa.
En otro tiempo eso me habría enojado o me habría hecho reír, según mi estado de humor del día, pero en ese momento solo me dio la certeza de que tenía un gran amigo para mí.
—Tavo —murmuré poco entusiasta, mirándole desanimada.





