El pasado le parecía una antigua cicatriz, la cual no dolería a menos que Joyce se empeñase en tocarla.
Las lágrimas rodaban libremente por sus mejillas ahora, y le pareció escuchar una débil voz susurrándole al oído que la sacó del mundo de los sueños y la trajo de vuelta a la realidad. Abrió los ojos torpemente y encontró a Carly Chen, una sirvienta, mirándola con preocupación.
"Señorita Lu, ¿por qué está llorando? ¿Es que acaso le ha vuelto a doler su vieja herida?".
Ahora que estaba despierta, lo que en verdad le dolía era el corazón. Joyce se secó rápidamente las lágrimas y rio alegremente. "¡No es nada! Solo fue una pesadilla".
Una música tenue llegaba a su habitación desde el exterior. "¿La fiesta está comenzando?", preguntó.
"Todavía no. Comenzará en media hora", respondió Carly. "Sin embargo, señorita Lu, hay un caballero afuera que quiere hablar con usted".
Joyce frunció levemente el ceño. Debía ser su médico personal que la estaba esperando.
Se miró en el espejo y vio sus ojos enrojecidos y su rostro manchado de lágrimas. "Está bien, ya puedes retirarte. Yo arreglaré mi maquillaje primero".
"Entendido".
Carly cerró la puerta con suavidad. Joyce respiró hondo, tomó su brocha de maquillaje y se puso un poco de rubor en sus pálidas mejillas.
Luego se delineó los ojos y embelleció sus labios con lápiz labial rojo. Al terminar, sonrió con satisfacción; La chica ojerosa y demacrada en el espejo se transformó en una despampanante reina.
Habiendo terminado de maquillarse, Joyce se puso de pie y se dirigió al primer piso.
Al pie de las escaleras, un hombre alto y familiar, vestido con un traje aparentemente caro le daba la espalda.
El corazón de Lu se detuvo por un segundo, y su elegante caminar de pronto se volvió torpe. Terminó de bajar las escaleras con dificultad y se acercó al hombre en cuestión.
Realmente era él: el hombre al que había extrañado día y noche durante años.
Aquel caballero trajeado lucía elegante y encantador. Joyce cayó en un trance durante unos segundos, y lo único que podía ver frente a ella era a aquel niño con uniforme escolar, lleno de esperanza y jovialidad.
No se habían visto en siete años, pero era como si el tiempo jamás hubiese pasado entre ellos. Él aún tenía esa apuesta apariencia juvenil que a ella le obsesionaba tanto.
De repente, ella sintió un nudo en la garganta, pero no pudo evitar gritar su nombre. "Braydon...".
Con una sonrisa brillante, pero poco sincera, la saludó cortésmente. "Señorita Lu, cuánto tiempo sin vernos".
'¿Señorita Lu?', pensó ella.
El rostro de Joyce palideció.
¿Cuándo empezó a llamarla así? Él solía decirle "Joy".
Habían comenzado como extraños, luego amantes, luego extraños otra vez. El hombre llevaba un traje, y la mujer estaba delicadamente maquillada: ya no era la niña inocente que era años atrás.
Joyce sentía un fuerte dolor en su pecho, pero se obligó a mantener la compostura y forzando una sonrisa, lo saludó: "Cuánto tiempo sin verlo, señor Huo".
Luego, agregó agitando su pelo: "Han pasado muchos años desde que nos vimos. ¿Qué lo trae por aquí?".
"Quiero hacer un trato con usted".
Ella se pasó los delgados dedos por el pelo negro azabache, provocando deliberadamente que su delicioso perfume llegara a Braydon. Sin embargo, el hombre solo entrecerró los ojos.
"¿Un trato?", preguntó Joyce.
"Escuché que quiere comprar el terreno en GM street de Lin Group.
La familia Huo y Lin Group están en buenos términos, así que puedo ayudarle a cerrar el trato. Sin embargo, a cambio del favor, quiero su riñón". Braydon la apuntó con una expresión tranquila, como si su petición fuera de lo más normal.
Los dedos con los que acariciaba su cabello se tensaron súbitamente y con una voz suave preguntó: "¿Qué acaba de decir?".
"El terreno en GM Street a cambio de uno de su riñón", dijo con una sonrisa indiferente, y agregó: "Esa tierra vale más de cien millones de dólares, por lo que en realidad este trato vale la pena".





