Desperté de lo que pareció ser el sueño más largo de mi maldita vida, uno en el que un par de ojos azules me habían hipnotizado por completo, a un punto en el que ni yo mismo podía comprenderlo. No obstante, lo que sí podía admitir es que no supe cómo terminé sobre una cama de lo que parecía una clínica, en nada más que mis pantalones.
Parecía un mal chiste, pero cuando mi cuerpo comenzó a avivarse del todo, me di cuenta de que tenía una sensación de malestar tremenda en el hombro, así como una especie de aturdimiento del que iba despertando poco a poco y fue cuando todo lo que había ocurrido vino a mí con rapidez.
Me intentaron matar luego de que yo matase al maldito cassetto, lo que no era nada nuevo, sin embargo, sí era algo de gran sospecha para mí por la maldita y sencilla razón de que era una operación limpia, una que pocos debían saber, lo que indicaba que no podía estar viciada.
Me negaba a que así lo fuese, por lo que tenía que resolver el maldito asunto.
Sin más, me intenté levantar para darme cuenta de que tenía el hombro y pecho vendado, lo que me hizo gruñir de rabia porque alguien sí me había lastimado al final de cuentas, a esas heridas le sumaba una vía en mi mano, y unos cables pegados a mi cuerpo, de forma tal que enviaban señales a aparatos de médicos para monitoreo del corazón.
Eran mi maldita pesadilla hecha carne.
—Vaya, estás despierto…
La voz me hizo girar la cabeza y me di cuenta de que mi visión de ensueño era real, tan real que tuve una especie de shock ante semejante ejemplar de mujer. Tenía un magnetismo que poco se veía, además de que su voz era muy vivaz y hermosa.
¿de dónde demonios había salido ella?
Al hacer una pausa, y recomponer la calma, me di cuenta de que se veía cansada, pero aun así era una delicia a la vista, una que no solo me tenía contra las cuerdas, sino que me hizo desearla por completo.
Era como si un maldito calor abrasador me estuviese consumiendo y yo jamás había reaccionado así a una mujer. Las putas con las que me acostaban no me generaban ese nivel de interés que ella.
Era interesante…
—Lamento molestarte, sé que debes estar aturdido —dijo con una sonrisa trémula que la hizo ver muchísimo más hermosa de lo que ya era—. Soy Alissa, trabajo como médico de guardia en el nuevo centro integral comunitario Weston, en donde nos encontramos. Te quedaste en una de las puertas laterales, te encontrabas herido, quedaste inconsciente y como pude te traje aquí, te atendí y cuidé de tus heridas. Perdiste mucha sangre, pero estarás bien si descansas. Tienes que reponerte…
Sus palabras, su información, fue pasado directamente al olvido, solo estaba la visión dulce de ella debajo de ese uniforme vinotinto que resaltaba su cuerpo formado, con curvas en los lugares correcto. Ella se veía impecable, como una ninfa capaz de adueñarse de los corazones mortales, ahí me di cuenta de algo que no pasaría por nada del mundo.
Ella tenía que ser mía, solo mía.





