Después de que Luciana se fue, la casa se sintió vacía y silenciosa. El único sonido era el zumbido del refrigerador.
Me senté en el sofá, rodeado de los fantasmas de nuestros aniversarios pasados. Siete años. Siete guitarras. Siete abandonos.
Recuerdo el primero. Fue hace seis años. Yo era joven, lleno de esperanza. Creía en su amor, en nuestra historia. Organicé una fiesta sorpresa en este mismo apartamento. Invité a todos nuestros amigos. Cociné paella, compré el mejor vino de su bodega familiar y decoré todo con farolillos y flores. Quería recrear una noche andaluza, nuestra noche.
Ella nunca llegó.
Una hora antes de que empezara la fiesta, me llamó.
"Iván, lo siento mucho. Máximo ha tenido una crisis. Su caballo de polo favorito se ha lesionado, está destrozado. Tengo que ir a consolarlo."
Le rogué que viniera, aunque solo fuera una hora. Le dije que todos estaban llegando.
"No seas egoísta, Iván", me espetó. "Él me necesita. Lo nuestro puede esperar."
Y colgó.
Mis amigos llegaron y trataron de animarme, pero la humillación era demasiado grande. Fue Patrick, mi mejor amigo, quien me mostró la verdad.
Abrió el Instagram de Máximo en su teléfono.
Allí estaban. Luciana y Máximo, abrazados bajo las viñas de la bodega de su familia. La misma bodega donde mis padres trabajaron y murieron. La misma bodega que yo consideraba mi hogar.
La foto era íntima. La cabeza de ella descansaba en su pecho, y él la rodeaba con sus brazos protectores.
El pie de foto decía: "Solo tú entiendes mi mundo".
Esa noche, me emborraché por primera vez. Cuando Luciana volvió dos días después, trajo consigo mi primera guitarra de "compensación". Una Conde Hermanos. Una obra de arte valorada en miles de euros.
"Para mi talentoso artista", dijo, como si eso pudiera borrar la traición.
Cada año, la historia se repetía. Un viaje a un torneo de polo en Dubái. Un retiro de "sanación" en una isla privada en Tailandia. Una visita a su rancho en Argentina.
Cada aniversario, Máximo tenía una nueva "crisis", y Luciana corría a su lado.
Y cada vez, yo recibía una nueva guitarra. Una Ramírez. Una Fleta. Una Bouchet.
Guitarras magníficas. Símbolos de su culpa.
Se acumulaban en el estudio, apoyadas contra la pared. Siete jaulas doradas. Siete monumentos a mi estupidez.
Pero ya no.
El dolor crónico se había convertido en una rabia fría y silenciosa. Y esa rabia me había dado un plan.





