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Las pastillas del Leteo
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Las pastillas del Leteo

7.9
/ 10
En Las pastillas del Leteo, un hombre busca recuperar su identidad y un amor marcado por el silencio. Esta modern novel de romance y misterio explora el peso de la pérdida y los vínculos tras la muerte. Lee esta fiction book en nuestra plataforma de web novel y descubre sus secretos.

Capítulo 1 de Las pastillas del Leteo

A la memoria de María Belén

No somos seres humanos atravesando una experiencia espiritual; somos seres espirituales viviendo una experiencia humana.

Pierre Teilhard de Chardin

En los libros herméticos está escrito que lo que hay abajo es igual a lo que hay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que el mundo inferior es el reflejo del superior.

Los Teólogos – Jorge Luis Borges

Y he aquí que viene en bote hacia nosotros un viejo cano de cabello anti-guo, gritando: "¡Ay de vosotras, almas pravas!"

(Dante Aligueru - La Divina Comedia)

1

Los párpados de Beatriz se abrieron lento, con un aleteo, luego con otro, como una mariposa en vuelo primerizo. Fijó sus pupilas en el techo de ma-dera lacada e intentó descifrar el lugar que se le presentaba, el mobiliario amplio y desconocido que la rodeaba, la amalgama de olores y perfumes que se abrían paso a la vez. Con cierta dificultad, se incorporó apoyándose con las manos hasta arrimarse en el espaldar de la cama, apartó el cubre-cama cuadriculado, miró al suelo y se calzó las pantuflas que aparecieron bajo sus pies. Abrazó su propia delgadez con cierto alivio y caminó con difi-cultad hasta una cómoda blanca con flores lila talladas en los cajones.

De repente, se encontró con una joven de cabello recortado y ojeras de mapache, quien la miraba extraviada desde el otro lado de un espejo. Se acercó a ella, puso su mano sobre la superficie lisa y recorrió con el dedo índice su rostro, luego se tocó el suyo: lucía como la superviviente de un ca-taclismo atómico.

Su mirada se estacionó en las rosas estampadas de su pijama de al-godón. Junto a la cama se veía un velador, encima de éste un libro o una agenda con pastas de cuero que tenía impregnada la imagen de un reloj de arena. Encima de éste unos audífonos color negro. Abrió el cajón y vio la fotografía de una muchacha muy parecida a la que había visto en el espejo, solo que ésta tenía ojeras más pronunciadas y la cabeza totalmente rapada, llevaba una bata celeste, en cuyo pecho se leía un sello: Hospital Valencia.

La sonrisa de aquella muchacha se le antojó como una como mueca retorcida que ocultaba mal su dolor, pero al menos pudo comprobar que se hallaba en su propia habitación. Observó unos minutos a su alrededor, las cosas organizadas e impecables la convencieron de que ella, fuera quien fuera, era una chica ordenada y sistemática. Y si no lo era, sin duda alguien la cuidaba muy bien. Dio unos pasos atrás y se sentó en el filo de la cama para intrigarse otra vez con ese pequeño universo. Con curiosidad, repasó las cortinas blancas, recogidas, los anaqueles con libros. De todo, lo más llamativo eran los rostros enmarcados que colgaban en la pared: ¿familia-res?, ¿amigos?, ¿seres de otro mundo? En la primera imagen, una mujer morena, con sonrisa de gitana, clavaba sus ojos en un hombre con bigote café, lentes y un gesto de sargento. Era la celebración de algún aconteci-miento especial. Junto a ellos, aparecían rostros de jóvenes: uno rubio, del-gado y alto, de unos veinticinco años, con corbata roja y la sonrisa retorcida de quien confía en su autosuficiencia; otro moreno, cejas profusas y piel co-briza que contrastaba con su camisa blanca. Luego, una muchacha con ca-bellos negros, brillantes y lacios, ojos que contagiaban ternura. A más imá-genes, más confusiones: no solo eran las caras si no los sitios. ¿Dónde?, ¿por qué?

Beatriz apartó los ojos de la pared. Se fijó que sobre aquella cómoda se hallaba una caja café con incrustaciones plateadas que simulaban las de un pequeño baúl pirata. Se acercó para abrirlo y se llenó con un aroma a palo santo que le trajo sensaciones ambiguas y ajenas. "Ese olor...", susurró. Ce-rró los ojos ante lo que parecía una trampa en la que no quería caer. "Ese olor", repitió.

Si hay un momento en que dudan los seres humanos es cuando les dan a elegir entre la curiosidad y el miedo. Beatriz no identificaba la emoción que la hacía rechazar la figura vaporosa que se le aparecía en la cabeza. Aquél baúl era una perfecta caja de pandora de la cual no sabía si saldría vo-lando un murciélago, un canario o se toparía con un fogonazo de luz que la despertase de ese sueño. Pero nada, solamente fotografías, caras similares a las que había visto en la pared y varias hojas de papel, escritas y dobladas.

Cerró el primer misterio y se percató que, a su derecha, junto a la ven-tana, le desafiaba otro: un enigma del tamaño de su curiosidad yacía detrás de las puertas del armario. Por supuesto, aceptó el reto y las abrió de par en par. Entre varios vestidos y camisas, distinguió un abrigo grueso que rozó de-licadamente. Al instante, la sobrecogió un aire helado que le sopló en la nuca y la trasladó a otro lugar. Podía percibir el viento, ver las aves. Una inespera-da tibieza, con la forma de un dedo húmedo acariciando su piel la estremeció en la espalda. Se encogió al sentirse abrazada. Podía escuchar la voz de un hombre susurrándole al oído: "Tú y yo, somos dos aves majestuosas, somos como dos cóndores volando entre los nevados". Se llenó de ansiedad. Cada prenda, cada cajón y cada objeto de ese lugar estallaban revelándole una parte de su vida. Quiso llorar, explotar el globo de dudas que la agobiaban, que le impedían caminar hasta la puerta y salir a conquistar ese mundo. Pero no hizo falta, puesto que, aunque hubiese querido perderse de él, ese mundo llegaba a golpearle la puerta o más bien a girar la perilla. Un olor de agua de rosas inundó la habitación. Esa fue la primera vez que la vio:

-Hija... Despertaste.

Una mujer madura la observaba emocionada detrás de sus anteojos de carey.

-¿Usted es...? -dijo retrocediendo.

-Soy tu abuela -le contestó la mujer, sin poder ocultar su emoción- Graciela.

Lo primero que Beatriz sintió, fue la redondez del collar de perlas que aque-lla mujer llevaba en el pecho y que, al moverse, provocaba un chasquido. Debía tratarse de alguien muy cercana. Aunque ella no recordara aquél pelo entrecano, estirado, tampoco le eran familiares las cejas arqueadas y esa expresión de quien recupera un tesoro.

-Abriste los ojos, al fin -insistió.

-¿En dónde estoy?

-Es mejor que me acompañes a la sala -dijo secándose las lágri-mas-. En la

familia esperábamos en el feliz momento de verte. Sé que tu abuelo se pon-drá feliz.

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