Como el príncipe era masculino, a él no se le preguntó —estatutos machistas a los que nunca nadie se atrevió a socavar por temor perder la vida— y realizaron el acuerdo como era tradición. Él le colocó en la frente la corona de flores ganikas y tras aguardar tres días en los que no se la quitó, pudo comprobar que estas no se marchitaban al contacto con sus cabellos y piel, entonces dio la orden, para que durante siete días más, se festejara en honor a ese amor que indudablemente representaban los monolitos, aunque el matrimonio fuese mera hipocresía y conveniencia.
Una nueva unión se consumó bajo la arcada de rocas cristalinas del dios del amor en las montañas sagradas. Cuando todo concluyó, el príncipe, Rándat, ordenó la partida para que juntos emprendieran el viaje hacia las serranías.
Ahora los recién casados regresan como los nuevos reyes, sellando un pacto establecido desde tiempos inmemoriales, entre los reinados de "Lenmar de las tierras llanas y lagos que se desplazan" y de "Asubiss de las tierras bañadas por el mar". Alianza, que surgió en aquellos lejanos tiempos que los historiadores apodaron como El siglo de las conquistas. Cuando sus dominios eran constantemente asediados por las hordas y los imperios enemigos. Los hijos de los monarcas vigentes se unirían en matrimonio, creando así una poderosa y duradera coalición, no siempre en ellos gobernaba el mismo linaje—cada diez años— otros diferentes eran elegidos para hacerlo, pero en ese tiempo debían demostrar su valía para ascender al trono, fuesen o no de noble cuna y este, con apenas quince años lo había hecho en la famosa batalla de los cerros brumosos.
Más no era la primera vez que un joven soberano acataba el pacto contra su voluntad, ya que Rándat, desde temprana edad, se veía a ocultas con jóvenes doncellas a las que ya les había arrebatada la virginidad con consentimiento o no. No obstante, si se negaba a llevar a cabo lo establecido, toda su familia sería desterrada al temido desierto de rocas humeantes y grietas de las que brotan los enjambres de larvas que se alimentan de carne humana y donde solo se aventuran a entrar los legendarios arqueros del fuego…
Mientras regresan a Lenmar, en el firmamento, destellos atemorizantes, les advierten que el peligro aún continúa latente para todo ser vivo. El ahora rey cabalga despacio y sin mirarla, ya que su declaración, aunque lo avergonzó, conocía perfectamente que no era el momento adecuado para vengarse de la humillación que le causó ante sus súbditos, ya tendría incontables ocasiones para hacerlo. Por lo que con sarcasmo le manifestó:
— Esposa, Laisessy, Los dioses se niegan a mostrarnos los senderos despejados, quizás tu rechazo al matrimonio, desagradó a los dioses, sin embargo, esta adversidad no ensombrecerá una perdurable unión que disfrutaré y de ello puedes estar convencida… Cada segundo de mi vida.
Ella, tampoco lo mira, su cabeza es un torbellino de vicisitudes, sabe lo que le aguarda por ser franca y nada puede hacer para remediar tal sinceridad. Desde que recibió la corona de flores, su vida ya no volvería a ser la misma, a pesar de todo pensamiento funesto tuvo fuerzas para reconocer:
—Las tormentas rojas, son un augurio de la oscuridad que siempre ha existido en Nagarta. Nosotros: sus hijos no estamos exentos de ella, rey, Rándat, y esos dioses que idolatramos, no son más que una creación de nuestros ancestros. Si se ofendieron con mi franqueza, entonces los dioses no son tan justos como suponemos o pretendemos. La verdadera divinidad debe surgir de lo más profundo de nuestros corazones.
La escucha y vislumbra en ella a una inteligente joven de pensamientos muy opuestos a los concebidos, por lo que decide permanecer en silencio mientras cabalgan y se limita a contemplarla de soslayo de vez en vez.
Ahora, la caravana, como se desplaza fuera de la ruta normal, va bordeando las quebradas de un majestuoso y desolado valle, nunca habían transitado por territorios tan lejanos de ambos reinos. Tierras inhóspitas y desconocidas para muchos de los viajeros más jóvenes. Lamentablemente, las tormentas de los resplandores que descomponen la piel, llegaron antes de temporada. Por lo que tuvieron que desviarse del trayecto establecido y de eso ya hace varias semanas, pero, para regocijo y tranquilidad del tortuoso viaje, estuvieron avistando innumerables aldeas amistosas y alguna que otra fortaleza donde gobiernan monarcas con los que el reino de Lenmar tiene comercios instaurados y pudieron pernoctar en ellos, y abastecerse...
Cuatro días habían pasado desde que salieron de la última fortaleza, en la que su caudillo del sitio los amparó. La reina, sin percatarse: cómo y cuándo comenzó a pensar diferente a la par de descubrir que su corazón latía con frenesí cuando el rey estaba junto a ella, ya que no dejaba de agasajarla y mimarla y quien con el pasar de los días no percibió de que si al principio todo no era más que un plan que había urdido para someterla sentimentalmente, y después humillarla hasta lo indescriptible, de a poco él también cayó rendido ante su carácter, modales y belleza.
La tarde se ha estado comportando con frescor, anunciando que la noche será fría y ya comienza a expandirse sobre el territorio. Como es de esperarse, los reyes, Rándat y Laisessy, montan a la cabeza del nutrido grupo. Él, otea el horizonte y repentinamente, tira de las riendas. A continuación levanta un brazo, para mirar a su costado derecho, buscando el rostro de la joven desposada. Ella, apenas le devuelve la mirada, con una triste sonrisa y en su cara se denota el aburrimiento de extenuantes jornadas. Segundos después, contempla el paisaje ante ellos, y las misteriosas ruinas que se elevan sobre una colina mustia y desolada —evidencia silenciosa de lo que queda del poderío de un ancestral monarca y cuanta vida allí desapareció— Rándat, desmonta y ordena a uno de sus caballeros que la ayuden a bajar del caballo, el séquito que les sigue aguarda por una orden que no se demora en ser transmitida cuando el rey le hace señas al mismo caballero para que se acerque.
—Guanat, que el séquito, se detenga. Pasaremos aquí la noche.
Girando su caballo, el caballero, grita a todas fuerzas:
—El rey ordena que pongan pie a tierra y levanten campamento, pasaremos la noche al pie del promontorio.
Muy cerca, el monarca Rándat, le murmura a su esposa:
—El ímpetu del dios, Diurnuss, ya cede y los ojos del dios Xetrón. A partir de esta noche se cerrarán para sumir a Nagarta en la más absoluta oscuridad. Ven señora mía, busquemos comodidad sobre las raíces, y cobija bajo las ramas del único árbol a la vista
Ella, le dice tendiéndole la mano:
—Amado, Rándat, las jóvenes de cabellos blancos de Asubiss poseemos la virtud de no sentir fatiga, sin embargo, percibo desfallecimiento en los ojos de las mujeres de tu cortejo y muchas viajan sobre cómodos carruajes, y en los míos te transmití sus pensamientos. Por lo que si detuvisteis la marcha por mí, os lo agradezco por ellas.
—Lo sé, esposa de ojos claros y cabellos níveos, quien más que yo para conocer a las mujeres de mi reino, pero la prisa no es esencial en estos días. Las tormentas se han encaprichado en enviarnos a territorios lejanos y debemos evadirlas con cautela y sosiego.
Ella, lo contempló por breve tiempo en el que pensó qué cómo podía ser posible que tanto ella y las mujeres de su estirpe se guiaran por erróneos estándares impuestos al alma y al corazón y desde tiempos inmemoriales. Cuando el que ahora resultaba ser su esposo. Poseía todos los atributos para ser amado y dulcemente le contestó:
—Esposo, mío. Hágase tu voluntad y esta reina te seguirá en silencio.
Él, la atrajo hacia sí y la besó, con su rostro entre sus manos le murmuró:
—Sé, que deseas conocer el reino al que decretos ancestrales te han atado; no obstante, los dioses se empeñan en atrasar que vuestras ansias se cumplan, más no desesperes, aunque el camino sea enrevesado, lo sortearemos.
Ahora es ella quien lo besa con pasión.
—Los dioses manejan nuestros destinos y a ellos debemos ofrendar, si enviaron las tormentas para demorar nuestro viaje, sus misterios tendrán. Quizás de las próximas familias reales sea la princesa de Lenmar quien tenga que viajar a Asubiss en iguales circunstancias.
Tomándola de la mano, le susurra:
—Ven, descansemos de la larga y extenuante cabalgata.
Con las manos entrelazadas, en silencio, caminan sin prisa. Ambos, con la mirada fija en el horizonte y los destellos que se perciben, tras sentarse sobre las grandes cepas que sobresalen de la tierra, ella le mira y le murmura:
—En el feudo que se eleva junto al vasto océano, una anciana de épocas remotas, nunca aceptó la unión de los reinos y profetizó que un matrimonio se vería plagado de oscuridad, desatando así una guerra entre los dos aliados que pondría fin a décadas de paz. ¿Seré yo la maldecida de tal presagio?
Rándat, se conmueve ante aquella revelación y solo encuentra a confesarle:
—Reina de dos reinos, Lenmar y Asubiss, nunca levantarán sus armas uno contra el otro. Despeja tus pensamientos de predicciones nefastas y poco certeras.
Laisessy, movió la cabeza, preocupada y con la mirada entristecida, y casi al instante le rebatió:
—En eso te equivocas gallardo Rándat, la anciana auguró varios sucesos y todos se sucedieron, incluso intuyó la manera de la que moriría y atinó.
Él, percibiendo que no lograría apartaría de tales pensamientos, optó por resignarse.
—No impugno más tus testimonios. Y por el bien de las dos naciones, espero que los dioses no permitan que una nefasta profecía se cumpla… Ahora, si me concedes un minuto, ordenaré que cocinen un suculento tabir de cola blanca. No sabemos lo que aguarda en el camino cuando amanezca y debemos fortalecer nuestros cuerpos y ánimos.
Desde la retaguardia, un anciano camina hacia ellos, —ayudándose con una larga vara de madera retorcida—. Se detiene a unos pasos y le saluda pidiendo ser escuchado, como es habitual en Lenmar.





