Las Advertencias de Mi Abuela Muerta

El olor a desinfectante y el pitido monótono de los monitores me dieron la bienvenida de nuevo a la consciencia. Mi cabeza palpitaba, un dolor sordo que competía con el ardor de mi pierna vendada.

Pero un dolor más agudo, uno que no era físico, me atravesó el pecho. Era una voz.

«¡Idiota! ¡Te lo advertí! ¡Te dije que ese hombre era veneno y tú, como una tonta enamorada, te lanzaste a sus brazos!»

La voz era áspera, llena de una furia antigua y un desprecio que me resultaba extrañamente familiar. Sonaba como mi bisabuela, la legendaria bailaora, la que murió hace décadas.

Miré al otro lado de la habitación del hospital. Allí estaba Iván Lawrence, mi prometido, el hombre con el que iba a casarme. Tenía la cabeza vendada y una expresión de confusión. Su madre, una mujer de sonrisa helada, le acariciaba la mano.

«¿Iván? ¿Estás bien?» pregunté, mi propia voz sonaba débil.

Iván me miró, pero sus ojos estaban vacíos, sin el amor que yo conocía.

«Disculpa, ¿quién eres?»

Su madre intervino rápidamente, su voz falsamente compasiva. «Luciana, querida, el médico dice que Iván ha perdido la memoria por el golpe. No te recuerda.»

«¡Mentiras!» gritó la voz en mi cabeza. «¡Todo es una farsa! ¡Está fingiendo para poder seguir usándote mientras se acuesta con esa zorra de Sasha!»

Sentí un escalofrío. Sasha Riley. Su amor de la infancia. El nombre me provocó una náusea repentina.

«¡Escúchame bien, niña tonta!» continuó la voz de mi bisabuela. «Esto ya ha pasado antes. En otra vida, te casaste con él. Te robó el arte, destruyó tu carrera y te dejó morir sola y con el corazón roto. ¿Vas a cometer el mismo error dos veces?»

Antes de que pudiera procesar esa locura, mi abuelo, el patriarca de la familia Salazar, entró en la habitación. Su rostro era una máscara de severidad.

«Luciana, el accidente ha debilitado nuestra posición. He convocado a las familias más importantes de Andalucía. Los Lawrence con sus bodegas de jerez, los Ortega con sus olivares, y los Castillo, los malditos toreros.»

Hizo una pausa, mirándome fijamente. «Debes elegir un marido. Ahora. Para asegurar el futuro de los Salazar.»

Todos esperaban que eligiera a Iván, el hombre al que supuestamente amaba. Su madre ya sonreía, triunfante.

Pero la voz de mi bisabuela resonaba en mi cráneo, una advertencia desesperada. «¡No lo hagas! ¡Elige a cualquiera menos a él! ¡Elige al diablo si es necesario, pero no a ese mentiroso!»

Mis ojos recorrieron la habitación, pasando por encima de la cara de sorpresa de Iván. Se detuvieron en un hombre apoyado contra la pared, lejos del resto. Alto, de pelo oscuro, con una cicatriz apenas visible en la ceja y una expresión de fría indiferencia.

Máximo Castillo. El heredero de la familia de toreros. Nuestro enemigo jurado desde que tengo memoria.

Nuestros ojos se encontraron. Su expresión no cambió, pero vi un destello de algo, una sorpresa momentánea.

Levanté una mano temblorosa y lo señalé.

«A él.»

Mi voz, aunque débil, resonó en el silencio atónito de la habitación.

«Elijo a Máximo Castillo.»

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