Las 19 Humillaciones de Elena

Sofía Ramírez me miró con una sonrisa torcida, su voz era suave pero llena de veneno.

"Elena, querida, sé que llevas un año casada con Iván, pero él ni siquiera te ha tocado. Es hora de ponerle fin a esta farsa".

Sostenía una copa de vino tinto, el líquido rojo oscuro se arremolinaba mientras hablaba.

"Hagamos una apuesta. Te daré 19 oportunidades. Si logras que Iván se acueste contigo, aunque sea una sola vez, yo desapareceré de sus vidas para siempre".

Hizo una pausa, sus ojos brillando con malicia.

"Pero si fallas las 19 veces, firmarás los papeles del divorcio y te largarás de México sin decir una palabra. ¿Aceptas?"

Mi corazón latía con fuerza. Era una apuesta cruel, humillante. Pero yo era la esposa de Iván. Legalmente, legítimamente. Confiaba en nuestro vínculo, en el juramento que hicimos.

"Acepto", dije, mi voz más firme de lo que me sentía.

Ella sonrió, como si ya hubiera ganado.

"Perfecto. La apuesta comienza esta noche".

Mis primeros intentos fueron un desastre.

Esa noche, preparé una cena romántica. Velas, música suave, el mejor vino de la bodega de mi familia en La Rioja. Me puse el vestido que Iván me había elogiado una vez.

Él llegó tarde, oliendo a perfume de mujer. El perfume de Sofía.

Ni siquiera miró la mesa. Pasó de largo, directo a su estudio.

"Estoy cansado, Elena. No tengo tiempo para juegos".

Ese fue mi primer fracaso.

Los siguientes diecisiete intentos no fueron mejores. Intenté ser sutil, intenté ser directa. Le dejé notas de amor, le preparé su desayuno favorito, lo esperé en nuestra habitación con lencería nueva.

Cada vez, su reacción era la misma: una indiferencia helada.

"Ten un poco de dignidad, Elena".

"Tu desesperación es vulgar".

"Me das asco".

Sus palabras me herían, pero no entendía. ¿Por qué me trataba así? ¿Qué había hecho mal? No sabía que su lealtad no era conmigo, sino con la mujer que le había propuesto la apuesta.

En mi decimoctavo intento, la noche antes de la fecha límite, lo esperé en la cama. Cuando entró en la habitación, intenté abrazarlo.

Él me agarró las muñecas con una fuerza brutal, inmovilizándome contra el colchón. Su rostro estaba a centímetros del mío, sus ojos llenos de un desprecio que me congeló el alma.

"¿No te cansas de humillarte?", susurró. "Me repugnas".

Me soltó y se fue, dejándome rota y temblando en la oscuridad. Mi espíritu se quebró.

Era la última noche. La decimonovena oportunidad. La desesperación me llevó a hacer algo impensable.

Conseguí un potente afrodisíaco en el mercado negro, una pequeña botella con un líquido incoloro. Se lo puse en su vaso de agua, el único líquido que bebía.

Me puse la lencería más fina y cara que tenía, un conjunto de seda negra que contrastaba con mi piel pálida. Lo esperé en su habitación.

Cuando entró, supe que la droga estaba haciendo efecto. Su respiración era agitada, sus pupilas estaban dilatadas y un sudor frío perlaba su frente. Por un momento, vi un destello de deseo en sus ojos.

Pero entonces, su rostro se contrajo en una máscara de furia.

"¡Zorra!", gritó.

Me agarró del brazo y me arrojó fuera de la cama con una violencia que me dejó sin aliento. Caí al suelo, el dolor agudo en mi cadera me hizo gritar.

Él ni siquiera me miró. Salió de la habitación dando un portazo, sus pasos resonando por el pasillo. Escuché el rugido del motor de su camioneta de lujo al arrancar y alejarse a toda velocidad.

Sabía exactamente a dónde iba.

Iba a casa de Sofía. Ella era la única que podía "curarlo". La única persona a la que recurría cuando perdía el control.

Tumbada en el frío suelo de mármol, recordé la primera vez que lo vi. Fue en una feria internacional de licores en Madrid. Él estaba de pie, solo, en medio del bullicio. No bebía, no socializaba. Parecía un hombre íntegro, diferente a todos los demás. Me enamoré de esa imagen, de ese ascetismo que yo creía que era una muestra de su carácter.

Qué ingenua fui.

Esa imagen era una mentira. Una fachada para ocultar su devoción por la amante de su padre.

A la mañana siguiente, el sonido de un motor familiar me despertó de mi letargo. Miré por la ventana. La camioneta de lujo de Iván estaba estacionada frente a la mansión.

Pero no era Iván quien conducía.

Era Sofía.

Bajó del vehículo con una sonrisa triunfante, moviéndose con la confianza de la dueña de la casa. Entró sin llamar.

Me encontró en el salón, todavía con la lencería de la noche anterior, una manta barata sobre mis hombros.

Me arrojó una carpeta sobre la mesa de centro.

"Firma", dijo, su voz goteando satisfacción. "Perdiste".

Dentro de la carpeta estaban los papeles del divorcio.

Ella se inclinó hacia mí, su sonrisa se ensanchó.

"¿Recuerdas la feria de Madrid, Elena? ¿Hace tantos años? Tú nos viste".

Mi mente voló hacia atrás. El recuerdo me golpeó con la fuerza de un puñetazo.

Yo estaba allí, buscando a mi padre. Escuché ruidos extraños provenientes de un almacén. Curiosa, miré por una rendija en la puerta de madera.

Y los vi.

Iván y Sofía, sobre unos barriles de vino, enredados en un abrazo apasionado y prohibido. Él, el hombre que yo idealizaba, besándola con una desesperación que nunca me mostraría a mí.

Sofía me vio. Nuestros ojos se encontraron a través de la rendija. Y ella me sonrió. Una sonrisa maliciosa, triunfante. Sabía que yo estaba mirando. Y no le importó.

Ahora, en mi salón, su sonrisa era la misma.

"Él siempre ha sido mío, Elena. Tú solo fuiste un peón, un escudo conveniente".

Me sentí vacía. Derrotada. Toda la lucha, toda la humillación, todo había sido para nada.

Tomé el bolígrafo que me ofrecía. La tinta se sentía pesada en mis manos.

Firmé los papeles. Mi nombre, Elena Salazar, parecía el de una extraña.

"Tienes diez días para largarte", dijo Sofía, recogiendo los papeles. "Diez días para desaparecer de nuestras vidas".

Asentí, incapaz de hablar.

Decidí volver a La Rioja, a casa. A la bodega de mi familia. Lejos de México, lejos de Iván, lejos de esta vida que me había destrozado.

Tenía diez días para organizar mi partida y borrar todo rastro de mi existencia en la mansión Castillo.

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