A la mañana siguiente, el olor a café recién hecho y huevos con chorizo inundó la casa. Doña Elena salió de su cuarto, atraída por el aroma, esperando encontrar su desayuno servido. En cambio, vio a Sofía sentada sola en la mesa, comiendo tranquilamente de un plato bien surtido. Había preparado comida solo para una persona.
La cara de Doña Elena se descompuso.
"¿Y mi desayuno?" preguntó, su tono mezclando ofensa y exigencia.
Sofía ni siquiera levantó la vista de su plato.
"Si tienes hambre, la cocina está ahí."
Marco, que salía para ir a trabajar a los campos petroleros, escuchó el intercambio y suspiró con cansancio.
"Sofía, por el amor de Dios, ¿podemos tener una mañana en paz? Sírvele a mi madre, te tomará dos minutos."
Sofía levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de Marco. Había una dureza en ellos que él no reconocía.
"Dije que no."
Doña Elena comenzó su actuación. "Mijo, mira cómo me desprecia. Me voy a morir de hambre en esta casa. Esta mujer me odia."
"Sofía, es suficiente," dijo Marco, su paciencia agotándose. "Dale de tu plato si no quieres cocinar más."
Sofía miró su plato de huevos con chorizo, luego a Doña Elena, cuya boca se hacía agua con anticipación. Una sonrisa cruel y diminuta se dibujó en los labios de Sofía.
"Preferiría salir y dárselo de comer a los perros de la calle antes que darte un solo bocado a ti."
El insulto fue tan directo, tan brutal, que el silencio que siguió fue absoluto. Doña Elena ahogó un grito. Marco se puso rojo de ira.
"¡Se acabó!" gritó él, dando un paso hacia ella. "¡Si sigues con esta actitud, te juro que hoy mismo voy con el Juez de Paz y te pido el divorcio! ¡Veremos qué haces sola y sin el apellido de mi familia para protegerte!"
Sofía lo sostuvo la mirada, desafiante. "Hazlo. A ver si te atreves."
Marco se detuvo. No podía. Un divorcio sería un escándalo. Su trabajo, su estatus en el pueblo, todo dependía de la imagen de una familia perfecta y respetable. Su madre, a pesar de todo, era una figura importante en la comunidad, y la reputación lo era todo. Él retrocedió, derrotado.
"Bien," dijo entre dientes. "Como quieras."
Hizo una llamada rápida. Una hora después, una mujer mayor del pueblo, Doña Carmen, llegó a la casa.
"Ella cuidará de mi madre," anunció Marco. "Le pagaré para que le cocine y la atienda. Así no tendrás que molestarte." Pensó que había resuelto el problema.
Pero solo le había dado a su madre una nueva arma: una audiencia.
Doña Elena pasó todo el día lamentándose con Doña Carmen, contándole una versión distorsionada y maliciosa de cada evento.
"Esa Sofía es una mujer fría, Carmen," decía en voz lo suficientemente alta para que Sofía la escuchara desde su cuarto. "Perdió al bebé y se le secó el corazón. Dicen que las mujeres así se vuelven malas, amargadas. Mi Marco se merecía algo mejor."
"Pobre señora," le susurraba Doña Carmen, lanzando miradas de desaprobación a la puerta cerrada de Sofía.
La tensión alcanzó un nuevo pico esa tarde. Doña Elena estaba meciéndose en el porche, presumiendo su vientre ligeramente abultado. Había comenzado a decir en el pueblo que, por un milagro, estaba esperando otro hijo, un varón para continuar el legado familiar que Sofía no pudo darle.
"Y para mi nuevo niño," dijo Doña Elena en voz alta, sabiendo que Sofía estaba cerca, "necesitará las mejores cosas. Sofía tiene un collar de oro que era de su madre. Un objeto tan fino no debería estar guardado en un cajón. Sería un regalo perfecto para mi hijo, para protegerlo."
Sofía salió al porche, su rostro una máscara de furia. El collar de su madre era lo único de valor que le quedaba, un recuerdo sagrado.
"Jamás," dijo ella, su voz temblando. "Nunca tendrás nada que sea mío. Ni tú, ni ese supuesto hijo tuyo."
Miró el vientre de Doña Elena con un desprecio absoluto. Algo en esa historia del embarazo milagroso no cuadraba. Era una farsa, podía sentirlo. Y estaba decidida a descubrir qué escondía su suegra.





