Yo flotaba sobre el brillante escenario del auditorio, una sombra invisible en el segundo aniversario de mi muerte. Abajo, Isabela, mi supuesta mejor amiga, estaba a punto de recibir el premio "Corazón de Oro" por su labor social. Las cámaras transmitían su rostro sonriente a todo el país.
La presentadora, Ana María, una periodista de mirada aguda, la entrevistaba. En un movimiento, sus notas se deslizaron de sus manos y cayeron al suelo. Entre los papeles, un viejo smartphone se deslizó por el escenario pulido, deteniéndose justo frente a la cámara principal.
Mi teléfono.
El espíritu de Lucía, yo, se estremeció. Ese teléfono era mi diario, mi tumba, la única prueba de la verdad.
Mateo, mi hermano adoptivo, estaba sentado en primera fila. Su rostro, el mismo que yo había amado en secreto, se contrajo con asco.
"Quiten esa basura de ahí", dijo con voz fría, lo suficientemente alta para que el micrófono la captara, "las cosas de una muerta como ella solo traen mala suerte".
En la pantalla gigante detrás del escenario, los comentarios en vivo explotaron.
"Mateo tiene razón, ¡qué asco!".
"Esa mujer era una plaga, ¿por qué muestran sus cosas?".
"Isabela es una santa por haber sido amiga de alguien así".
Ana María recogió el teléfono con calma. La pantalla se encendió, mostrando la foto de perfil de mi blog privado. Era un retrato que Mateo me había dibujado, una tarde de verano en que éramos felices.
"Un retrato hecho por ti, Mateo", señaló Ana María, su voz neutra.
Mateo desvió la mirada, avergonzado. "Era una obsesa. Siempre me acosaba".
Isabela se llevó una mano al pecho, fingiendo un dolor profundo. "Por favor, no hablen así de ella. A pesar de todo, era mi amiga. Sufrió mucho... y nos hizo sufrir mucho a todos".
Su actuación fue perfecta. Consolidó mi imagen de persona problemática y la suya de mártir. El público la aplaudió, conmovido por su "gran corazón".
Mateo la miró con adoración, con un amor que una vez fue mío.





