Mi prima Scarlett siempre ha tenido una obsesión: robarme todo lo que valoro. No importa si es un novio, un amigo o incluso un simple objeto, si yo lo quiero, ella tiene que tenerlo.
Ha sido así desde que éramos adolescentes.
Durante años, he sido su juguete, su víctima. Cada vez que iniciaba una relación, mi madre, en su afán de presumir, se lo contaba a toda la familia. Inevitablemente, la noticia llegaba a oídos de Scarlett.
Y entonces, el ciclo comenzaba de nuevo. Ella seducía a mi novio, lo exhibía como un trofeo y luego me humillaba públicamente.
Esta vez, sin embargo, las cosas son diferentes.
"Lina, ¿es cierto lo que dice tu mamá? ¿Estás saliendo con Máximo Castillo? ¡El heredero de los hoteles Castillo! ¡Qué suerte tienes!", gritó mi tía por teléfono, su voz llena de una envidia mal disimulada.
"Sí, tía, es cierto", respondí con calma, mirando mi reflejo en la ventana de mi apartamento en Bogotá.
"¡Ay, tienes que tener cuidado con Scarlett! Ya sabes cómo es. ¡No dejes que se le acerque!", advirtió.
Sonreí para mis adentros. "No te preocupes, tía. Esta vez, estoy preparada".
Colgué el teléfono. Sobre la mesa de centro, una invitación a una exclusiva subasta de arte yacía junto a una foto. En la foto, un hombre carismático y apuesto, Máximo Castillo, me rodeaba con su brazo. Parecíamos la pareja perfecta.
Pero todo era una mentira.
Esta vez, no soy la víctima. Soy la cazadora.
Y Máximo no es mi novio.
Es el cebo.
Una trampa meticulosamente diseñada para Scarlett, la depredadora que finalmente caerá en las garras de alguien mucho peor que ella.





