Unos días después, mi madre me llamó por teléfono, su voz sonaba impaciente y autoritaria.
"Sofía, ven a la casa ahora mismo. Tu hermano quiere hablar con toda la familia" .
Sabía perfectamente de qué se trataba.
Cuando llegué, el ambiente era de una celebración anticipada y grotesca, Mateo había comprado botellas de tequila caro y bocadillos de una tienda gourmet, todo, por supuesto, fiado.
"¡Miren quién llegó! ¡La trabajadora!" , exclamó Mateo en cuanto me vio entrar, arrastrando las palabras con un tono burlón, "¿Qué se siente, hermanita, matarse trabajando en esa oficinita de mala muerte por unos cuantos pesos, mientras a otros la fortuna nos cae del cielo?" .
Hizo un gesto amplio, abarcando la vieja sala como si ya fuera un palacio.
"Es que hay gente que nace con estrella y otros que nacen estrellados, ¿verdad, mamá?" .
"Así es, mi hijo" , contestó mi madre de inmediato, dándole una palmada en la espalda, "Tú naciste para ser grande, para tener éxito. Otros… bueno, otros tienen que conformarse con su suerte" .
Su mirada se posó en mí, llena de lástima fingida.
"Sofía, viniste justo a tiempo para que aclaremos las cosas" , dijo Mateo, cambiando a un tono falsamente serio, "Sé que estás aquí para ver qué te toca, para pedir tu parte del pastel" .
Su esposa, a su lado, asintió con la cabeza, mirándome con superioridad.
"Pero tienes que entender, Sofía" , continuó mi hermano, "esto es mío, me lo gané por derecho de nacimiento, por ser el hombre de la casa. Tú ya tuviste tu oportunidad" .
Mi madre intervino, su voz volviéndose áspera.
"Tu hermano tiene razón. ¿No te acuerdas cuando te quise casar con Don Ramiro? Un hombre de dinero, viudo, te hubiera dado una buena vida, pero no, la señorita se nos puso digna, ¡quería casarse por amor con ese muerto de hambre de Carlos!" .
El recuerdo de Don Ramiro, un hombre viejo, gordo y con las manos sudorosas que siempre intentaba tocarme, me provocó una náusea repentina.
Mi madre había intentado venderme como si fuera ganado.
"Te ofrecimos un futuro, Sofía, y lo despreciaste" , sentenció mi madre, "Ahora no vengas a lloriquear. La vida le está dando a tu hermano lo que a ti te negó por terca. Así que no te atrevas a pedir ni un centavo. Esta fortuna es para compensar a Mateo por todo lo que ha sufrido" .
Me pregunté de qué sufrimientos hablaba, si Mateo nunca había trabajado un día en su vida, siempre viviendo a costa de mis padres.
"Además, ¿qué harías tú con tanto dinero?" , se burló la esposa de Mateo, mirándome de arriba abajo con desdén, "Seguramente se lo darías todo a tu maridito para que lo malgaste en sus porquerías. ¿Qué hace él? ¿Arregla computadoras? ¡Por favor! Mi Mateo va a ser un inversionista, un empresario" .
Mateo asintió, henchido de orgullo.
"Exacto, mi amor. Yo sí sé cómo hacer que el dinero trabaje para mí. No como otros que trabajan para el dinero" .
Los tres se rieron, una sinfonía de codicia y estupidez.
Me quedé callada, observándolos.
No sentía ira, ni tristeza.
Sentía una especie de fascinación morbosa, como ver un documental sobre animales extraños y poco inteligentes.
Dejé que hablaran, que se humillaran a sí mismos con cada palabra.
Dejé que construyeran su castillo de naipes en el aire.
Yo sabía que el viento del desengaño no tardaría en soplar.
Y yo iba a estar ahí, en primera fila, para disfrutar del espectáculo.
"No se preocupen" , dije finalmente, mi voz tranquila y serena, "no he venido a pedir nada. Solo vine porque mi madre me llamó" .
Mi calma pareció descolocarlos por un momento.
"Ah, bueno, pues ya que estás aquí, quédate a celebrar" , dijo Mateo, recuperando su compostura, "Para que veas lo que te perdiste por orgullosa" .
Asentí lentamente.
"Claro, hermano" , respondí, "Hay que celebrar tu buena suerte" .
Me senté en un rincón, aceptando el vaso de refresco que me ofrecieron, y me dediqué a observar.
A observar cómo se ahogaban en su propia fantasía, cómo brindaban por un futuro que nunca llegaría.
Y en mi interior, una pequeña y malvada parte de mí, sonreía.





