La Venganza de Sofía: Dinero y Traición

"No" .

La palabra salió de la boca de Sofía, firme y clara. Resonó en el silencio cargado de la joyería.

Luis la miró, incrédulo. La vendedora borró su sonrisa. Los curiosos se quedaron expectantes.

"No voy a comprarlo" , repitió Sofía, esta vez mirándolo directamente a los ojos. Su voz no tembló.

Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y caminó hacia la salida. No miró atrás. Sentía la mirada de Luis clavada en su espalda, una mezcla de furia y desconcierto. Salió a la calle, el aire fresco de la ciudad la golpeó como una bienvenida a la realidad.

Caminó sin rumbo por un par de cuadras, con el corazón latiéndole deprisa, una mezcla de rabia, humillación y una extraña sensación de liberación. Sacó su teléfono y marcó el número de su madre.

"¿Hija? ¿Qué pasa? Te oigo agitada" .

La voz preocupada de su madre al otro lado de la línea fue suficiente para que a Sofía se le quebrara la voz. Le contó todo, el brazalete, la petición descarada, la humillación pública.

Hubo un silencio del otro lado, y luego su madre habló, con una seriedad que helaba.

"Sofía, te lo he dicho desde el principio. Ese hombre no es trigo limpio. Las diferencias sociales no importan cuando hay amor de verdad, pero Luis no te quiere a ti, quiere lo que tienes. O lo que él cree que tienes. Ten mucho cuidado, por favor. Esta es una bandera roja enorme" .

"Lo sé, mamá. Creo que… creo que esta vez lo vi claro" .

"Más te vale, hija. Porque gente así no se detiene. Solo se vuelven más insistentes" .

Colgó el teléfono sintiéndose un poco más fuerte. El apoyo de su madre era el ancla que necesitaba. Siguió caminando hasta que llegó a un imponente edificio de oficinas en el corazón de Polanco. A diferencia de otras veces, no se detuvo en la entrada principal. Se dirigió a un acceso lateral, sacó una tarjeta magnética especial y entró por el estacionamiento privado.

El valet parking la vio y corrió a su encuentro.

"Señorita Sofía, buenas tardes. ¿Le traigo su coche?"

"No, gracias, Ramón. Solo subo a la oficina un momento" .

Subió por el elevador privado que la llevó directamente al penthouse. Al abrirse las puertas, no la recibió una oficina, sino un lujoso y espacioso apartamento. Su apartamento.

Esta era la verdad que Luis no conocía. Sofía no era solo una diseñadora de moda que trabajaba para una marca importante. Ella era la dueña de esa marca. Y no vivía en un modesto departamento en la colonia Roma que compartía con él, ese era solo uno de los varios inmuebles que poseía y que le había dejado habitar para mantener las apariencias. Ella era Sofía Garza, heredera de una de las familias más ricas del norte del país, una mujer que podría comprar esa joyería entera sin que su cuenta bancaria lo notara.

Había ocultado su verdadera identidad, su inmensa fortuna, como una prueba. Quería encontrar a alguien que la amara por ser simplemente Sofía, no por el imperio que tenía detrás. Y por un año, creyó que Luis era esa persona. Ahora, la cruda realidad le mostraba que él había fallado la prueba de la manera más espectacular. Ni siquiera sabía la magnitud de lo que intentaba pescar, y aun así, su codicia era desmedida.

Se sirvió un vaso de agua y miró por el enorme ventanal la vista de la ciudad. La rabia inicial comenzaba a ceder, dando paso a una profunda tristeza. Recordó los primeros meses con Luis. Él tocando la guitarra para ella en un parque, sus canciones que hablaban de un amor puro y sencillo. Recordó sus promesas de un futuro juntos, una vida sin lujos pero llena de arte y pasión. ¿Había sido todo una actuación? ¿Cada beso, cada caricia, cada "te amo" era parte del guion para llegar a su cartera?

La idea era tan dolorosa que una parte de ella se resistía a creerla. Quizás su madre tenía razón y él solo estaba presionado. Quizás su cultura familiar realmente le daba mucha importancia a esos gestos de opulencia. Su corazón, tonto y terco, buscaba excusas para no tirar por la borda un año de su vida. Se sentía dividida, confundida. Quería odiarlo, pero una parte de ella todavía albergaba la esperanza de que el Luis del que se enamoró existiera de verdad.

Justo en ese momento, su teléfono vibró. Era un mensaje de Luis.

"Mi amor, perdóname. No sé qué me pasó. Me sentí presionado por quedar bien con mi familia y actué como un idiota. Eres lo más importante para mí, más que cualquier regalo. Por favor, háblame. No puedo soportar que estés enojada conmigo" .

Un minuto después, llegó una notificación de su banco.

Transferencia recibida por $5,000.00 MXN. Remitente: Luis Hernández.

Y otro mensaje de él.

"No es mucho, pero es para que veas que mis intenciones son buenas. Es un adelanto que me dieron. Por favor, mi amor. Dame otra oportunidad" .

Sofía miró la pantalla del teléfono. Cinco mil pesos. Una miseria comparada con los doscientos mil que le había exigido. Era una táctica tan barata, tan transparente. Un pequeño hueso para calmar al perro que acababa de patear. Y, sin embargo, en su estado de vulnerabilidad, esa pequeña migaja de arrepentimiento, por falsa que pareciera, fue suficiente para reavivar su duda.

¿Y si de verdad estaba arrepentido?

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