Las risitas de Carmen e Isabel se hicieron más audaces, convirtiéndose en carcajadas mal disimuladas que cortaban el aire tenso del salón.
"¡Es perfecto!" exclamó Carmen, sin molestarse en bajar la voz, "la tonta para el tonto, el universo siempre busca el equilibrio."
Isabel se tapó la boca con una mano, pero sus ojos brillaban de malicia. "Pobre Sofía, siempre supe que su destino era un chiste, pero no imaginé que sería tan bueno, hasta yo podría haber predicho esto sin mirar una sola mano."
La Primera Dama observó a Sofía con el mismo desdén con el que se mira a un insecto, su labio superior se curvó en una mueca de asco, para ella, esta chica insignificante no era más que una ofensa, una pérdida de tiempo en un momento tan crucial.
Sofía permaneció inmóvil en el centro de la habitación, sintiendo el peso de todas las miradas sobre ella, la humillación era como un manto pesado, pero debajo de él, la rabia que había cultivado durante años comenzó a hervir, clara y fría como el hielo. Levantó la cabeza lentamente, y por primera vez, sus ojos no buscaron el suelo, miró directamente a la figura moribunda en la cama.
Su voz, cuando habló, fue sorprendentemente clara y firme, sin un atisbo del temblor que todos esperaban, silenció las risas y atrajo la atención de todos en la habitación.
"No elijo a ninguno de sus hijos," dijo Sofía.
El silencio que siguió fue absoluto, tan profundo que se podía oír el zumbido de los aparatos médicos, las hermanas de Sofía la miraron con la boca abierta, confundidas, luego, con una calma que desafiaba toda lógica, Sofía dio un paso hacia la cama del Jefe.
"Lo elijo a usted, Jefe."
El impacto de sus palabras fue como una onda expansiva, Alejandro y Ricardo la miraron como si le hubiera crecido una segunda cabeza, la Primera Dama se puso pálida de ira, sus nudillos blancos de tanto apretar los brazos de su silla, incluso los guardias apostados en las paredes parecieron tensarse, sus manos moviéndose instintivamente hacia sus armas. ¿Era una broma? ¿Un acto de suicidio? Nadie desafiaba al Jefe, y mucho menos una muchacha insignificante y sin poder.
Carmen e Isabel intercambiaron una mirada de puro desconcierto, esto no era parte del plan, se suponía que Sofía aceptaría su humillación en silencio, que se casaría con el loco y desaparecería de sus vidas para siempre, esta audacia era algo nuevo, algo que no encajaba con la Sofía que ellas conocían y despreciaban.
El propio Jefe, que parecía estar a medio camino entre la vida y la muerte, pareció recibir una sacudida de energía, sus ojos hundidos se abrieron un poco más, fijos en la figura menuda de Sofía, luchó por incorporarse, apoyándose en un codo, el esfuerzo le provocó un acceso de tos seca.
Cuando pudo hablar, su voz fue un graznido áspero, un sonido que arañaba la garganta.
"Repite lo que dijiste, niña," ordenó el Jefe, y en esa simple frase había una amenaza mortal, una última prueba antes de que la paciencia del rey moribundo se agotara por completo.
La Primera Dama se inclinó hacia él, susurrando con urgencia. "Está loca, querido, no le hagas caso, es una insolente que no sabe cuál es su lugar, ordena que la saquen de aquí."
Pero el Jefe la ignoró, su mirada no se apartaba de Sofía, esperaba, con una intensidad que llenaba toda la habitación, la respuesta de la chica.
Sofía no retrocedió, no bajó la mirada, en lugar de eso, se acercó aún más a la cama, hasta que pudo ver el sudor en la frente del Jefe y oler el hedor a medicina y a muerte que lo rodeaba. Su calma era antinatural, inquietante.
"Dije que no quiero a sus hijos," repitió, su voz aún más firme, cada sílaba pronunciada con una precisión deliberada, "dije que quiero casarme con usted."
Miró al hombre más temido de México a los ojos, a un monstruo que había ordenado incontables muertes, y no había miedo en su rostro, solo una determinación de acero que nadie en esa habitación, especialmente sus hermanas, había visto jamás. En ese momento, Sofía dejó de ser la sombra silenciosa, se convirtió en un enigma, un desafío directo al orden establecido, y la pregunta que flotaba en el aire era si esa audacia la llevaría a la cima del poder o a una tumba sin nombre.





