La venganza de la heredera genio oculta bajo la máscara

"¿Qué te parece tan gracioso, Janice?", preguntó Laurie.

"Me río de lo estúpida que fui, de cómo una y otra vez he tenido que ceder para alimentar su ilimitada codicia", resopló ella.

"¿Codicia? Como hermana mayor, ¿no es tu deber ceder ante Delilah?", preguntó Laurie con moralismo. No se había dado cuenta de que la esperanza en los ojos de Janice se había extinguido hacía mucho.

Ésta respiró profundamente para tranquilizarse y declaró: "Todo este tiempo he retrocedido, esperando que mis sacrificios despertaran un poco de afecto en ti. Pero mis esfuerzos fueron en vano, han sido pisoteados como si no fueran más que fracasos".

Su voz resonó con fuerza en todo el lugar.

Janice se levantó del suelo con una postura desafiante. "Me prometiste una vida de opulencia si regresaba a la familia Edwards. ¿Y qué es lo que recibí? Ni siquiera son lo suficientemente amables como para darme una comida decente. Más allá de usarme y aplastarme, ¿alguna vez te has comportado con un poco de humanidad?".

Con las manos en su pecho, agregó: "¡Yo soy tu hija! ¿Alguna vez, así sea una, me has llamado cariño?".

Luego, lanzó una risa histérica pero triste.

Laurie frunció el ceño y espetó: "¿Haces todo esto solo para que te llame cariño? Muy bien. ¡Cariño! ¿Eso es lo que querías?".

Janice negó con la cabeza mientras seguía riéndose maniáticamente. "Señora Edwards, me da risa tu patético intento de fingir amor".

Luego, dejó de reírse abruptamente y su mirada se volvió penetrante. "Ya no anhelo tu afecto. A partir de ahora, rompo todos mis vínculos con la familia Edwards".

"¡Esto es una rebelión!", exclamó Laurie furiosamente mientras volvía a agarrar el látigo para arremeter contra Janice.

Pero ella lo agarró sin esfuerzo, con una expresión férrea. "¿Quieres seguir pegándome? Una vez fui tu hija y toleré que me disciplinaras como madre. Pero ahora no tenemos ninguna relación. ¿Con qué derecho quieres pegarme?".

Una sonrisa maliciosa crispó los labios de Janice. Su comportamiento gentil había sido reemplazado por un tono rebelde.

Le arrebató el látigo a Laurie y lo agitó en el aire. "Me acabas de golpear, así que lo justo es que te lo devuelva".

"¿Qué vas a hacer?". Laurie se tambaleó hacia atrás con una expresión sorprendida mientras veía a Janice convertirse de una víctima dócil a una mujer imponente.

Con un chasquido ensordecedor, el látigo golpeó a Laurie, dejando una marca ardiente en su cuerpo.

"¡¿Cómo te atreves a golpearme?!", bramó ella. Su rabia había llegado al punto de ebullición. "¡No podrás escapar de esto!".

"Janice, ¿cómo pudiste golpear a mamá?", exclamó Delilah.

Janice le lanzó una mirada tan escalofriante que ella se estremeció. Delilah no podía evitar sentirse angustiada ante su drástico cambio.

"Si estás tan preocupada, ¿por qué no recibes el castigo por ella?", espetó Janice.

Luego, agitó látigo y golpeó a Delilah con fuerza.

Ésta última lanzó un grito mientras un intenso dolor abrumaba sus pensamientos.

No podía creerlo. Janice tenía que haber perdido la cordura para golpearla.

"¡Janice, detén esta locura! ¡No permitiré que lastimes a Delilah!", rugió Laurie y se apresuró a protegerla con sus brazos, ignorando su propia agonía.

Pero Janice fue implacable y volvió a golpear a Laurie sin piedad una y otra vez.

Los gritos de la mujer resonaron en todo el lugar. Su cuerpo tembló y sus ojos se pusieron en blanco, como si estuviera a punto de desmayarse.

Pero esa agonía no se comparaba con el sufrimiento que Janice había sufrido durante un año. Ahora se estaba conteniendo; de lo contrario, Laurie ya habría muerto.

"¡Janice, por favor, detente! ¡Vas a matar a mamá! Todo es mi culpa. Golpéame si quieres, pero, por favor...", suplicó Delilah, pero fue interrumpida cuando Janice la apartó del abrazo protector de Laurie.

"¡Janice, suelta a Delilah!". A pesar de su sufrimiento, Laurie todavía estaba preocupada por ella. ¡Qué buena madre era!

"¿No eres alérgica al mango?", resopló Janice con una sonrisa siniestra.

"¿Qué demonios estás haciendo? ¡Suéltame ahora mismo! ¡Papá regresará en cualquier momento, y cuando se enteré de lo que le hiciste a mamá, te destrozará!". El corazón de Delilah latía fuertemente y sus manos temblorosas se congelaron mientras la veía horrorizada.

"Entonces, me aseguraré de que ya no estés aquí antes de que él pueda ponerme la mano encima".

Janice agarró el pudín de mango de la mesa y lo presionó contra los labios de Delilah.

Ésta última se contorsionó, pero Janice tenía un agarre de acero, dejándola ahogarse mientras introducía el pudín en su garganta.

"¡Detente, Janice! ¡La matarás!", bramó Laurie con terror. "¡Por favor, que alguien detenga esta locura!".

Los sirvientes se acercaron rápidamente a Janice.

No obstante, sin dudarlo, ella sacó el látigo y golpeó duramente a un sirviente. "¡Si dan un paso más, estarán jodidamente muertos!", declaró con una resolución escalofriante.

Los sirvientes se detuvieron en seco e intercambiaron miradas de incredulidad. ¿De verdad esa era la muchacha que siempre había sufrido en silencio?

"¡Delilah, por favor, háblame!". Con el rostro bañado en lágrimas, Laurie se arrastró hacia ella. "¡No me asustes!".

"Señora Edwards, tal vez sea hora de que veas cómo tu querida hija maneja sus reacciones alérgicas", resopló Janice antes de irse.

Ese lugar ya no se sentía como un hogar.

Los sirvientes se reunieron alrededor con una mezcla de angustia y confusión. No estaban acostumbrados a ver a Janice tan desafiante, ya que normalmente era mansa y complaciente.

El recuerdo de ella golpeando a Laurie y alimentando a la fuerza a Delilah con pudín de mango les provocó escalofrío.

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