El aire en la sierra era denso, cargado con el olor a pino y tierra mojada, pero para Alejandro, el líder del cartel, el aire estaba envenenado. Durante un viaje para asegurar un nuevo cargamento de droga, un chamán de un pueblo rival, con los ojos llenos de un odio antiguo, le lanzó una maldición.
Un hechizo de "amor forzado".
La maldición era simple y brutal, para sobrevivir, necesitaba tener intimidad con una mujer antes del amanecer, de lo contrario, su sangre herviría en sus venas hasta matarlo.
Cuando sus hombres lo trajeron de vuelta a la hacienda, Alejandro ya estaba consumido por la fiebre, su cuerpo se retorcía en las sábanas de seda y sus gritos de dolor resonaban en los pasillos de mármol.
Los médicos del cartel no podían hacer nada, era una cuestión de magia, no de ciencia.
La noticia corrió como pólvora.
Yo, Sofía, que lo había amado en silencio desde que éramos niños, sentí que el mundo se me venía abajo. Lo amaba con una devoción que rayaba en la locura, un amor que me había hecho rechazar a pretendientes mucho más amables y seguros. Alejandro era mi mundo.
Sin pensarlo dos veces, corrí a su habitación.
"Yo lo haré."
Mi voz tembló, pero mi decisión era firme.
"Yo seré su cura."
Sus hombres me miraron con una mezcla de lástima y respeto. Sabían de mis sentimientos. Sabían que este acto me ataría a él para siempre.
Esa noche, en la oscuridad de su habitación, entre sus delirios febriles y su piel ardiendo, me entregué a él. No hubo ternura, solo la desesperación de un hombre luchando por su vida. Pero para mí, era suficiente. Salvarlo era lo único que importaba.
A la mañana siguiente, el sol apenas se asomaba por la ventana cuando la puerta se abrió de golpe.
Isabella, la exnovia de Alejandro, irrumpió en la habitación, con el rostro bañado en lágrimas y el maquillaje corrido.
"¡Alejandro!"
Gritó, su voz era un lamento.
"¡Fui seleccionada en un sorteo! ¡Voy a ser la decimotercera esposa del jefe del cartel rival!"
Se arrojó al suelo, temblando.
"Ese hombre está enfermo, dicen que está terminal. ¡Le encanta comerse los cerebros de sus esposas para curarse! ¡No quiero morir, por favor, Alejandro, cásate conmigo!"
Alejandro, ya libre de la maldición, se sentó en la cama. Me miró a mí, envuelta en las sábanas, y luego a Isabella, que sollozaba en el suelo. Su rostro era una máscara de frialdad.
"Ya es tarde," dijo con voz grave. "Ya estuve con Sofía."
Hizo una pausa, su mirada se endureció.
"Mi cartel no permite concubinas. Solo puedo tener una esposa. Me casaré con Sofía."
El día de la boda, la iglesia estaba adornada con miles de flores blancas. Yo llevaba un vestido que costó una fortuna, pero me sentía como una prisionera caminando hacia el cadalso. La felicidad que había soñado se sentía hueca, manchada.
Justo cuando el sacerdote comenzó la ceremonia, un grito ahogado silenció a la multitud.
Desde una de las vigas del altar, pendía el cuerpo de Isabella. Se había ahorcado con un velo de novia.
El terror se apoderó de todos, pero Alejandro no parpadeó.
"Bajen el cuerpo," ordenó con una calma escalofriante. "Continuemos."
Nos casamos sobre la sombra de su muerte.
Pero la verdadera pesadilla apenas comenzaba.
En el novenario de Isabella, Alejandro organizó una carrera de caballos salvajes en los terrenos de la hacienda. Era un evento brutal, una demostración de poder.
Cuando los caballos más feroces estaban listos, me arrastró hacia el centro del campo.
"Tú," siseó, sus ojos inyectados en sangre, llenos de un odio que nunca antes había visto. "Si no te hubieras metido para curarme, habría esperado. ¡Isabella me habría encontrado! ¡Tú la mataste!"
Antes de que pudiera procesar sus palabras, ató las riendas de una docena de caballos alrededor de mi cuello.
"¡Te haré pedazos!"
El grito de Alejandro fue la última cosa que escuché antes de que los caballos se desbocaran. Fui arrastrada por kilómetros, mi cuerpo golpeando contra la tierra y las rocas. El dolor era insoportable, cada hueso rompiéndose, cada centímetro de mi piel desgarrándose.
Mi último pensamiento fue de absoluta confusión y traición.
Entonces, la oscuridad.
Y luego, luz.
Abrí los ojos. Estaba en mi habitación, el sol de la tarde entraba por la ventana. Mi cuerpo estaba intacto. No había dolor.
Escuché un alboroto en el pasillo. Los hombres de Alejandro hablaban en susurros urgentes.
"El patrón fue maldecido en la sierra. ¡Necesita una mujer o morirá!"
Mi sangre se heló.
Había regresado. Había regresado al día en que todo comenzó.
Esta vez, no habría sacrificio. No habría amor.
Solo venganza.
Me levanté de la cama, mi mente corriendo a una velocidad vertiginosa. No había tiempo que perder.
Salí corriendo de mi cuarto, ignorando las miradas confusas de los sirvientes. Sabía exactamente dónde encontrar a Isabella.
La encontré en el jardín, arreglando unas rosas, como si nada pasara. La tomé del brazo con una fuerza que no sabía que poseía.
"Isabella, ven conmigo. Alejandro te necesita."
La arrastré hacia la habitación de Alejandro, sus gritos de dolor ya se filtraban por la puerta.
La empujé hacia adelante.
"¡Tú serás su cura!" le dije, mi voz era hielo. "Y yo, yo seré la esposa del jefe del cartel rival."
Le metí en la mano un trozo de papel que saqué de mi bolsillo. Era una carta en blanco. Pero ella no lo sabía.
"Toma. Este es tu boleto para escapar de ese destino."
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