La traición en la noche de bodas: Un corazón que se apaga

—Inicia la transmisión —le dijo Damián al camarógrafo.

Jazmín se enfrentó a la cámara, con lágrimas rodando por sus mejillas perfectas.

—Solo quiero decir... Damián y yo somos como hermanos. Dejó su boda porque escuchó que tuve un accidente de coche. Solo estaba preocupado por mí. Por favor, no lo malinterpreten.

Catalina observó la actuación, sintiéndose entumecida.

—¿Un accidente de coche? No tienes ni un solo rasguño.

La compostura de Jazmín flaqueó por un segundo. Miró a Damián con impotencia.

Él intervino de inmediato.

—Los doctores la dieron de alta, pero sufre de estrés emocional. Por eso está aquí. —Miró directamente a la cámara—. Advierto a todos que dejen estos rumores sin fundamento. Si esto continúa, mi equipo legal tomará medidas.

Hizo una seña al camarógrafo para que detuviera la transmisión. La actuación había terminado.

Jazmín se volvió hacia Catalina, tomándole la mano. Su tacto se sintió como hielo.

—Cata, lamento mucho que esto haya pasado. Es todo culpa mía.

Catalina apartó la mano y soltó una risa seca y sin humor.

—No. Es culpa mía.

Miró a Damián.

—Me equivoqué. Me equivoqué al confiar en ti. Me equivoqué al creer que alguna vez podría ser suficiente para ti.

—Me voy a casa —dijo, con la voz plana.

—Te llevaré —ofreció Damián, un destello de culpa en sus ojos.

Justo en ese momento, entró una enfermera.

—Señorita Mora, es hora de su análisis de sangre.

Jazmín se encogió inmediatamente contra las almohadas.

—Oh, no. Damián, sabes que no puedo... Tengo fobia a las agujas.

Damián dudó, mirando entre Catalina y Jazmín. La elección estaba clara en su rostro antes de que la tomara.

Catalina no esperó su decisión.

—Está bien. Iré sola.

Se dio la vuelta y salió de la habitación. Mientras la puerta se cerraba detrás de ella, alcanzó a ver por última vez a Damián, sentado en el borde de la cama, sosteniendo la mano de Jazmín, consolándola.

Su corazón se sentía entumecido. Ya no podía distinguir si era dolor o solo decepción. Una resignación final y aplastante.

Tenía que irse. No solo de este hospital, sino de esta vida por la que había luchado tanto. Desaparecería. Completamente. Sin cuerpo, sin rastro. Simplemente se iría.

Esa noche fue la primera cena familiar desde la boda. Se suponía que era una celebración. Para Catalina, se sentía como un funeral.

Entró y los vio a todos en la sala. Bernardo y Carolina Luna reían con Jazmín, que estaba sentada entre ellos en el sofá. Damián estaba arrodillado en el suelo frente a Jazmín, masajeando su pantorrilla.

—Ah, ya llegaste —dijo Carolina cuando vio a Catalina. Su sonrisa se desvaneció. La calidez de la habitación bajó varios grados.

—Jazmín estuvo todo el día en el hospital para chequeos —explicó Damián, sin levantar la vista—. Le duele la pierna. —Miró a Catalina—. Los mayores están aquí. No hagas una escena.

—No lo haré —dijo Catalina en voz baja.

En la mesa, era invisible. Toda la atención, toda la conversación, todo el afecto se dirigía a Jazmín. Damián pelaba camarones y rompía pinzas de cangrejo para Jazmín, colocando la carne cuidadosamente en su plato. Era un acto de cuidado que solía reservar para Catalina.

Recordó la primera vez que había venido a esta casa a cenar. Los Luna habían sido educados pero fríos, su desaprobación era algo tangible en el aire. Había pensado que solo eran personas estiradas y reservadas. Ahora lo entendía. No eran fríos. Solo eran fríos con ella.

Comió en silencio, la comida sin sabor en su boca, cada bocado una lucha. El dolor en su pecho era un latido sordo y constante.

—Damián, ¿te importaría servirnos un poco de sopa a todos? —preguntó Carolina, sonriendo a su hijo.

Catalina recordó una vez que Damián cocinó sopa de pescado solo para ella, diciéndole que era su receta familiar secreta.

Jazmín hizo un puchero juguetón.

—Pero Damián, prometiste que tu famosa sopa de pescado era solo para mí.

—Esta es sopa de pollo, tontita —dijo Damián con paciencia, su voz increíblemente suave—. La sopa de pescado sigue siendo solo para ti.

Eso era. Esa era la verdad que había estado evitando. La intimidad casual y despreocupada, el tono suave, las promesas exclusivas. Ese era su verdadero amor. La ternura que le mostraba a Catalina era solo una pálida imitación.

—¡Yo te sirvo la sopa, Cata! —dijo Jazmín, levantándose con una sonrisa brillante y falsa.

—Puedo servirme yo —dijo Catalina, tratando de detenerla.

—No hay problema. Conozco esta casa mejor que nadie —dijo Jazmín, una clara declaración de su lugar aquí.

Entró en la cocina. El fuerte olor a caldo de pescado flotó hacia afuera, revolviéndole el estómago a Catalina.

Jazmín regresó, llevando un solo tazón.

—¿Sabías —dijo, su voz baja y destinada solo a Catalina— que Damián y yo teníamos un compromiso de la infancia? Nuestros padres lo arreglaron cuando éramos niños.

Las palabras golpearon el ya magullado corazón de Catalina.

—Las promesas de los hombres —añadió Jazmín con una sonrisa burlona—, no valen mucho, ¿verdad?

Un dolor agudo atravesó el pecho de Catalina. El ácido le subió por la garganta.

—¿Estás bien, Cata? —preguntó Jazmín, su expresión de falsa preocupación—. Deberías tomar la sopa. Damián está esperando.

Catalina intentó negarse, apartar el tazón, pero sus manos temblaban. La sopa caliente se derramó por el borde, manchando todo el frente de su vestido. Pero no fue Catalina quien gritó.

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