La nota del simulacro de Selectividad llegó durante la cena.
Un 9.8 sobre 10. La más alta de la ciudad.
Mi padre, Ricardo, dejó caer los cubiertos sobre el plato, haciendo un ruido metálico que cortó el silencio. Mi madre, Laura, se quedó con la copa de vino a medio camino de sus labios.
Una pequeña sonrisa se dibujó en mi cara, un reflejo involuntario de alivio y orgullo.
Fue un error.
"¿De qué te ríes?", siseó mi prima Camila desde el otro lado de la mesa.
Sus ojos, hinchados de llorar, me miraron con un odio que ya me era familiar. Ella había suspendido. Otra vez.
"No me estoy riendo de ti, Camila", dije en voz baja, borrando la sonrisa de inmediato.
"¡Claro que sí!", gritó ella, y las lágrimas volvieron a brotar. "¡Lo haces para humillarme! ¡Para restregarme que yo soy una inútil y tú la hija perfecta!".
Mi padre se levantó de un salto. Su rostro estaba rojo de ira.
"Sofía, ya basta".
Su voz era dura, fría. No era la voz del padre que me leía cuentos de niña. Esa voz había desaparecido el día que Camila llegó a nuestras vidas, huérfana tras el terremoto que se llevó a sus padres. Un terremoto del que yo, milagrosamente, sobreviví siendo solo una niña.
Desde entonces, la culpa los carcomía. Una culpa que Camila explotaba cada día.
"No he hecho nada", susurré.
"¡Has hecho sonreír!", me espetó mi madre, como si fuera el peor de los crímenes. "Sabes que tu prima está destrozada, ¿y tú te burlas?".
"Solo estaba contenta por mi nota".
"Tu nota", repitió mi padre con desprecio. "Siempre tus notas, tus logros. ¿No puedes pensar en los demás por una vez? Tu prima lo ha perdido todo. Tú no eres más que un recordatorio constante de lo que ella no tiene".
Se acercó a mí y me agarró del brazo con fuerza.
"Vas a aprender a tener un poco de empatía. A la fuerza".
Me arrastró fuera del comedor, a través del salón lujoso que parecía una casa ajena. Camila nos seguía, una sombra sonriente detrás del telón de sus lágrimas falsas.
"Papá, ¿a dónde la llevas?", pregunté, el miedo empezando a anudarse en mi garganta.
No respondió. Abrió la puerta trasera que daba al jardín y me empujó hacia la noche.
Hacia el pequeño invernadero de cristal al fondo.
"Te quedarás ahí hasta que aprendas la lección", dijo.
Mi sangre se heló.
"Ahí no", supliqué. "Sabéis que tengo asma. El calor... no puedo respirar bien ahí dentro".
Mi madre apareció en el umbral, con los brazos cruzados. Su mirada era de hielo.
"Quizás un poco de falta de aire te aclare las ideas. A veces te viene bien dejar de pensar tanto en ti misma".





