El aire de la gala de la Fundación Nuevo Amanecer era espeso, cargado con el perfume caro y las sonrisas falsas de la élite de Bogotá.
Llevaba tres años enamorada de Alejandro Rojas.
Él era el jefe de seguridad de mi padre, Mateo Vargas, un hombre rudo, silencioso, un mundo aparte de los trajes y las copas de champán.
Esa noche, el éxito de la fundación de mi padre era mi éxito. Pero mi verdadero triunfo era el anillo en mi dedo. Alejandro me había pedido matrimonio.
Me tomó de la mano, su tacto firme y real en medio de tanta falsedad. Me guio hacia el centro del escenario, bajo la luz cegadora de los focos.
Pensé que iba a anunciar nuestro compromiso.
En cambio, sacó una placa de su chaqueta. Brillaba bajo la luz. DIJIN.
Su voz, de repente fría, desconocida, resonó en el micrófono, cortando el murmullo de la multitud.
"¿Recuerda el caso 734, Senador? ¿La masacre de los Montes de María?"
El mundo se detuvo.
Mi padre, el filántropo, el político respetado, se quedó helado. Su sonrisa se desvaneció.
"Usted está arrestado por narcotráfico y crímenes de guerra."
El caos estalló. Gritos, gente corriendo. Mi padre, mi héroe, era un monstruo. Y mi prometido, el hombre que amaba, era un policía encubierto.
Todo había sido una mentira.
En medio del pánico, vi a un hombre, uno de los leales a mi padre, sacar un arma. Apuntó a Alejandro.
No lo pensé. Me moví.
Un dolor agudo me quemó el hombro. El sonido del disparo retumbó en mis oídos. Caí al suelo, y lo último que vi fue el rostro de mi padre siendo esposado y la mirada vacía de Alejandro.
Ya en la ambulancia, el dolor del hombro no era nada comparado con el del pecho.
Le pregunté a Alejandro, cuya silueta se recortaba contra las luces parpadeantes.
"¿Todo fue mentira?"
Él no me miró. Su voz era un trozo de hielo.
"Sí. Todo fue parte de la misión."





