La Sustituta peligrosa

Alejandro Villanueva era un hombre rico, muy rico.

Tenía treinta y tantos años, arquitecto y empresario de éxito en Ciudad de México.

Pero el dinero no compraba la felicidad, ni borraba el pasado.

Sofía.

Su prometida, muerta hacía años.

Un accidente de coche, justo antes de la boda.

Desde entonces, Alejandro vivía a medias.

Era carismático, sí, pero reservado.

El dolor lo había encerrado.

Financió los estudios de diseño de interiores de Isabella Morales.

La ayudó a montar un pequeño estudio.

Le dio un estilo de vida lujoso.

Isabella era joven, estudiante universitaria, de origen humilde.

Trabajaba en una galería de arte para pagar sus estudios.

Y se parecía asombrosamente a Sofía.

Ese fue el anzuelo.

Alejandro la conoció en la galería.

El parecido lo golpeó.

Inició una relación.

Él daba, ella recibía.

Dinero, oportunidades, un penthouse.

Pero no había conexión real por parte de él.

Él veía a Sofía.

Una noche, la víspera de su suntuosa boda con Isabella, Alejandro estaba en la terraza del penthouse que le había regalado a ella.

Escuchó voces.

Ricardo Jiménez, amigo de la infancia de Isabella, estaba allí.

"Si te casas con él, me tiro de aquí," amenazó Ricardo.

Su voz era tensa, manipuladora.

Carmen, la madre de Isabella, y Mateo, su hermano, también estaban.

"Isa, cálmalo," suplicó Carmen. "Es uno de los nuestros."

"Sí, hermana, hazle caso," añadió Mateo, que se beneficiaba del dinero de Alejandro pero era leal a Ricardo.

Isabella lloraba.

Estaba atrapada.

Gratitud hacia Alejandro, confusión.

Lealtad a Ricardo, culpa.

Presión familiar.

Alejandro escuchó todo, oculto en las sombras.

Isabella cedió.

"No me casaré," le prometió a Ricardo. "Lo voy a humillar."

El corazón de Alejandro se hizo piedra.

Comprendió la farsa.

Isabella nunca sería suya.

Él mismo había vivido un engaño.

Ella era solo un eco, un intento desesperado de revivir a Sofía.

Sacó el teléfono.

Llamó a su madre, Elena, en Madrid.

"Cancela todo," dijo con voz muerta. "Me voy a España."

Necesitaba escapar.

De Sofía, de Isabella, de la Ciudad de la Furia.

Recordó a Sofía.

Pintora talentosa, llena de vida.

Su risa, sus ojos, su pasión.

El accidente. Un instante. Todo perdido.

Durante años, la buscó en otras caras.

En vano.

Hasta Isabella.

El mismo cabello, la misma forma de moverse.

Una ilusión.

Ahora, esa ilusión se rompía.

Isabella era solo una sustituta.

Y él, un tonto que había intentado comprar un fantasma.

Colgó.

Miró la ciudad.

Las luces parecían burlarse de él.

Decidió.

Se iría.

Dejaría atrás los preparativos, el vestido de novia carísimo, la hacienda reservada.

Todo era una mentira.

Isabella regresó al interior del penthouse.

No vio a Alejandro.

Pensó que se había ido a dormir.

No sabía que él lo había escuchado todo.

No sabía que su mundo estaba a punto de colapsar.

Alejandro la miró desde la puerta, antes de irse.

Fría, calculadora.

O quizás solo asustada, manipulada.

Ya no importaba.

Él había tomado una decisión.

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