La Sustituta de Nadie

La finca de la familia de Sofía era un mundo aparte. Lujo, gente con ropa cara y sonrisas falsas. Me sentí fuera de lugar desde el momento en que puse un pie allí.

Mateo me sujetaba la mano, pero su mirada recorría la multitud, buscándola.

Y entonces la encontró.

Sofía Montero era exactamente como la había imaginado. Elegante, con un aire de superioridad que no intentaba ocultar. Se acercó a nosotros, ignorándome por completo.

"Teo, mi amor, has venido."

Su voz era melosa. Se colgó de su brazo.

"Sofía, te presento a Isa. Mi... vecina."

Vecina. Después de seis años, eso era todo lo que yo era.

Sofía me dedicó una mirada rápida, una sonrisa condescendiente. "Ah, sí. La bailaora. Qué exótico."

La noche fue una tortura. Mateo intentaba dividir su atención, pero era obvio dónde estaba su corazón. O más bien, su obsesión.

El momento cumbre llegó cuando Sofía, después de varios cócteles, me acorraló cerca de la piscina.

"Así que tú eres la que lo ha estado entreteniendo," dijo, su voz ya no tan dulce. "¿De verdad pensaste que alguien como él se quedaría contigo?"

"No sé de qué hablas."

"Claro que lo sabes. Mateo es mío. Siempre lo ha sido."

Se acercó más, su perfume caro mareándome. De repente, tropezó, o fingió tropezar. La copa de jerez que llevaba en la mano voló por los aires y aterrizó directamente sobre mi vestido blanco.

"¡Oh, Dios mío!" gritó, llevándose las manos a la cara. "¡Mira lo que me has hecho hacer!"

Empezó a llorar, un sollozo dramático que atrajo todas las miradas.

Mateo corrió hacia nosotros. Ni siquiera me miró. Fue directo a Sofía.

"¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?"

"Ella... ella me ha empujado," sollozó Sofía.

Miré a Mateo, esperando, rezando para que viera la mentira.

Pero él solo me miró con furia. "¡Isa, qué demonios te pasa!"

Me empujó. Fuerte. Perdí el equilibrio y caí hacia atrás, torciéndome el tobillo. El dolor fue agudo, pero no tanto como la humillación.

Mateo ni se dio cuenta. Cogió a Sofía en brazos y se la llevó, mientras ella me miraba por encima de su hombro con una sonrisa triunfante.

Me quedé allí, en el suelo, con el vestido manchado y el corazón hecho pedazos. Nadie se acercó. Yo era invisible.

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