Andrés Ortega caminaba por la mansión, con los pies apenas tocando el suelo de mármol pulido. El aire acondicionado mantenía la temperatura perfecta, como siempre lo había deseado Margarita. La mansión era su refugio, un lugar donde nada le faltaba. Ropa de diseñador, coches deportivos, cenas elegantes. Era el sueño de cualquier hombre, pero había un precio.
El sonido de su teléfono lo sacó de sus pensamientos. Un mensaje de Clara. Sonrió mientras lo leía. Nadie más sabía lo que había construido en secreto. Nadie más entendía la pasión que compartía con Clara. Para Margarita, él era solo un accesorio, un rostro perfecto al lado de la mujer poderosa. Pero Clara, Clara era diferente.
- "Esta noche, como siempre." - Era un mensaje corto, pero suficiente. Andrés guardó el teléfono en su bolsillo y se preparó para el evento de esa noche, uno más de los que Margarita organizaba. Estos eventos siempre seguían el mismo guion: discursos, risas, sonrisas falsas. Todo para reforzar la imagen de la mujer poderosa que era Margarita Ferrer.
Esa noche, la gala se celebraba en un hotel de lujo. Andrés no quería ir. Sabía que tenía que acompañarla, pero la idea de pasar la noche observando cómo su esposa recibía elogios y admiración de otros empresarios lo agotaba. Él, en cambio, solo esperaba que todo pasara rápido, para poder volver a su vida privada con Clara.
En el camino hacia el evento, Margarita hablaba de los números, de las inversiones, de las estrategias que había implementado en su imperio. Andrés la miraba con atención, pero sus pensamientos estaban lejos, en otro lugar.
- Andrés, ¿estás escuchando? - le preguntó Margarita, notando que él no le respondía con la misma energía de siempre.
Andrés se sacudió mentalmente, regresando al presente.
- Claro, Margarita. Estaba pensando en todo lo que mencionaste. Es impresionante lo que has logrado.
Ella asintió, satisfecha con su respuesta, sin sospechar que sus palabras no llegaban al corazón de Andrés. Ella estaba en su mundo, mientras él se encontraba en otro completamente diferente.
El evento comenzó con una gran pompa. La gente se agrupaba alrededor de Margarita, halagándola por su éxito. Andrés permaneció cerca de ella, pero su mente se escapaba hacia los recuerdos más recientes con Clara. El sabor de sus besos, la suavidad de su piel. Todo era un contraste con la frialdad y el vacío que sentía con Margarita.
La gala transcurría como siempre. Las luces, la música, los aplausos. Pero Andrés solo veía a Margarita como un reflejo distante de lo que alguna vez había deseado. Su vida había sido un ascenso constante, pero no por mérito propio, sino por la mano firme de Margarita. Y a pesar de que ella había sido la que le permitió vivir como lo hacía, no podía evitar sentirse atrapado.
Al terminar el evento, Margarita se acercó a Andrés, su rostro perfectamente maquillado y una sonrisa congelada.
- No quiero que te pierdas entre la multitud esta vez - dijo ella, tomando su brazo con firmeza. - Me gustaría que estuviéramos juntos en todo momento.
Andrés la miró, sonriendo de manera forzada, sin tener intención de complacerla.
- Lo haré, Margarita. Pero estoy agotado. Solo quiero descansar después de esto.
Ella no respondió, pero su mirada fue suficiente para saber que algo no estaba bien. Margarita conocía bien a su esposo. Sabía que había algo que no le decía. Sin embargo, no podía molestarse por cada detalle. Había cosas más grandes en las que pensar.
Ya en la madrugada, cuando todo terminó y la mansión se sumió en el silencio, Andrés caminó hacia su despacho. A través de la ventana de su oficina, veía las luces de la ciudad brillando a lo lejos. Se permitió un momento de paz, hasta que el teléfono vibró. Un mensaje de Clara.
- "Voy a estar esperándote. No tardes."
Andrés no dudó ni un segundo. En menos de media hora, estaba en su coche deportivo, dirigiéndose hacia el lugar secreto donde se encontraban. Clara vivía en un apartamento modesto, lejos de los lujos que Andrés había comenzado a dar por sentados. A pesar de la diferencia de mundos, la conexión entre ambos era palpable. No había poder ni dinero, solo el deseo crudo y la pasión.
Cuando llegó, Clara lo estaba esperando en la puerta. No hubo palabras, solo un abrazo intenso. Andrés cerró los ojos mientras la sentía cerca, como si fuera la única que realmente lo entendía. A diferencia de Margarita, Clara no le pedía nada más que su presencia. No esperaba nada a cambio. No había demandas, solo momentos robados.
- Te he echado de menos - murmuró Clara, tomando su rostro con delicadeza.
- Yo también - respondió Andrés, besándola con una intensidad que no sentía con Margarita.
Pasaron la noche juntos, y aunque Andrés sabía que nada de esto podía durar, no podía evitar perderse en la sensación de libertad que Clara le ofrecía.
Al amanecer, cuando la luz comenzaba a colarse por las cortinas, Andrés se levantó lentamente. Sabía que tenía que regresar a su otra vida, a la que Margarita había construido para él. La vida en la que era un accesorio, un hombre que nunca podría ser más que eso.
Clara lo miró desde la cama, su expresión suave y triste.
- ¿Vas a seguir con ella? - preguntó en voz baja.
Andrés la miró, buscando las palabras correctas. No quería herirla, pero no podía prometerle nada.
- No lo sé. Pero tú eres lo único que realmente me hace sentir algo, Clara.
Ella asintió, aceptando sus palabras. No esperaba promesas, solo momentos. Pero Andrés sabía que esa relación, aunque apasionada, no podía durar. Él estaba atrapado entre dos mundos: el de Margarita, que le ofrecía todo lo que quería en términos materiales, y el de Clara, que le ofrecía algo que no podía comprar: libertad.
Cuando regresó a la mansión, Margarita ya estaba en la sala, esperando. Andrés intentó evadir su mirada, pero ella lo detuvo con una sola palabra.
- Andrés.
Se giró hacia ella, su corazón latiendo más rápido de lo normal. Margarita lo observó fijamente, como si pudiera leerlo todo.
- ¿Dónde estabas? - preguntó, su voz tranquila pero firme.
Andrés no podía mentirle. No podía seguir con el juego, al menos no por mucho tiempo más. Pero no quería destruir todo lo que había logrado, así que eligió el silencio.
- Solo salí a dar una vuelta - dijo finalmente, sin mirarla a los ojos.
Margarita lo estudió por un largo momento. Sus ojos se entrecerraron, pero no dijo nada más. Andrés respiró aliviado, aunque sabía que su mentira no duraría mucho.
Esa noche, Margarita no le dio espacio para salir. Estaba decidida a mantener el control, y Andrés, aunque cansado de la vida que llevaba, no podía hacer nada para cambiarlo.





